Límites de la desregulación en políticas sanitarias
El argumento del ministro de Desregulación del Estado, Federico Sturzenegger, según el cual "sin mecanismos de control la gente está más protegida, porque confía menos y toma más precauciones", puede parecer en un primer momento una exaltación de la responsabilidad individual. Sin embargo, al analizarlo más profundamente y extrapolarlo a otros ámbitos de la vida cotidiana, se revela cómo el funcionario público promueve una lógica peligrosa y contradictoria.
La premisa parte de una visión en la que la ausencia de regulaciones o protecciones fomenta la prudencia individual. Pero esto ignora un principio básico del funcionamiento social: la convivencia y el bienestar común no se sostienen solo en la iniciativa personal, sino también en estructuras colectivas de cuidado y prevención. Esos "mecanismos de control" —cuando son legítimos, transparentes y bien diseñados— no están hechos para adormecer la conciencia individual, sino para proteger a las personas de riesgos que, muchas veces, ni siquiera pueden anticipar.
Si llevamos esta lógica al extremo se debería entonces eliminar semáforos bajo el argumento de que los peatones mirarían mejor antes de cruzar, quitar las barandas de los balcones de los edificios para que nadie se acerque al borde, o prescindir de los airbags en los autos, porque así se conduciría más despacio. Todo esto no solo es absurdo, sino irresponsable.
El rol del Estado y de las políticas públicas es precisamente equilibrar el margen de acción individual con mecanismos que reduzcan los riesgos en la comunidad. La confianza ciega en que todas las personas actuarán siempre con racionalidad, cautela e información completa es una fantasía que desconoce las desigualdades sociales, los impulsos humanos y la complejidad de la vida real.
Más que proteger, la eliminación de controles y mecanismos de prevención suele dejar a los sectores más vulnerables aún más expuestos. La historia muestra que los grandes avances en salud pública, seguridad vial y calidad de vida surgieron no de la ausencia de regulación, sino de la construcción de marcos normativos para proteger a las personas.
El argumento de Sturzenegger, cuando se lo lleva a su lógica final, no es una invitación a la libertad, sino una renuncia al cuidado común. Una sociedad que desmantela sus sistemas de protección no se vuelve más responsable, sino más desigual y más peligrosa.
La reflexión del funcionario público sobre la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica, el organismo del Estado encargado de controlar y fiscalizar productos relacionados con la salud humana, como medicamentos, alimentos, productos médicos y cosméticos, para asegurar que estos productos sean seguros, eficaces y de calidad –"Si no estaba ANMAT, me hubiera cuidado mejor"– es insólita y peligrosamente simplista. Parte de una lógica inversa: como un organismo falló en su función, entonces es mejor eliminarlo. Pero este razonamiento no se aplicaría jamás en otros ámbitos esenciales. Si un puente colapsa por falta de mantenimiento, nadie sugeriría que lo mejor es dejar de construir puentes, sino revisar y reforzar los controles. En lugar de desmantelar organismos de regulación, lo lógico sería mejorarlos, hacerlos más eficientes, más transparentes, y dotarlos de mayor independencia frente a intereses privados o políticos.
La tragedia del fentanilo en Argentina –con casi un centenar de víctimas fatales contabilizados hasta ahora– deja al descubierto que la desregulación tiene consecuencias directas sobre la vida y la muerte de los argentinos. Reducir el presupuesto y limitar las competencias de la ANMAT en nombre de una supuesta eficiencia o libertad individual significa abandonar la salud pública a merced del mercado y del azar.
Sturzenegger traslada toda la responsabilidad a los individuos, incluso en contextos donde la información técnica, la capacidad de análisis y la vigilancia sistemática son imposibles de asumir a título personal. ¿Qué ciudadano promedio está en condiciones de evaluar la calidad de un medicamento o de auditar a un laboratorio farmacéutico? ¿Cuántos tienen acceso a información médica fidedigna, herramientas de laboratorio o formación científica? La existencia de organismos como ANMAT no reemplaza la prudencia individual, pero sí la complementa con estándares de seguridad y calidad.
Además, culpar a la ANMAT por su supuesto "fracaso" sin reconocer que ese fracaso fue inducido por los mismos recortes que él impulsó, es una maniobra que raya en la irresponsabilidad política. Es como incendiar el cuartel de bomberos y luego quejarse de que no llegaron a tiempo al incendio. El Estado no debe ser omnipresente, pero sí debe estar presente donde importa: en la protección de la vida y la salud de las personas.










