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Jóvenes sin rumbo

En una sociedad globalizada, con crisis de valores, donde el escaso tiempo y calidad disponible por parte de muchos padres, más la deficiencia de los sistemas educativos, son algunos de los factores negativos para poder acompañar los cambios generacionales que exigen nuestros jóvenes.

Estos factores especialmente hacen que el cerebro de mucho de nuestros adolescentes presente poco desarrollo de sus capacidades, debido a un escaso estimulo o ejercicio mental desde muy temprana edad.

Esto se materializa, de acuerdo a la neurociencia, en un deficiente tendido de conexiones neuronales entre las distintas áreas del cerebro en desarrollo, dando como resultado una disminución de la velocidad de procesamiento, la memoria, la atención y la capacidad de aprendizaje: Como resultado una alteración de su comportamiento social.

Además, si consideramos los cambios en la estructura y funcionamiento de los sistemas familiares, donde se ha perdido el modelo de familia ampliada, donde convivían en estrecha relación abuelos, tíos, primos, padres y hermanos.

Donde la trasmisión generacional de los conceptos de crianza, valores, límites y respeto se realizaba naturalmente, fortaleciendo a los padres primerizos en la educación de sus niños. Sabemos que la familia es la organización social más importante para el desarrollo mental del niño, que cumple su función desde la educación emocional hasta la cognitiva y es la primera fuente vincular de afecto y amor de todo ser humano.

Además, los factores biológicos y genéticos son muy importantes en el comportamiento humano. Los estudios científicos han demostrado que los rasgos de personalidad como la timidez y la extroversión tienen una base biológica. También algunas patologías mentales como la esquizofrenia o el trastorno bipolar tienen una clara relación con la biología y la genética.

La ciencia nos enseña que la acción de la biología y la genética en la conducta humana pueden ser modificadas por acción de la cultura, el ambiente y la experiencia de vida. El hábitat o ecosistema donde crecemos y nos desarrollamos pueden influir significativamente en nuestro comportamiento: favoreciendo o perjudicando nuestra manera de ser. Ellos pueden afectar nuestra forma de pensar, sentir y comportarnos en distintas situaciones sociales.

Las experiencias de vida en particular, pueden dejar una huella profunda en nuestro cerebro. Especialmente las vivencias tempranas durante la infancia, como las relaciones vinculares, afecto, cariño y contacto personal con el niño, determinan el buen modo de las relaciones interpersonales saludables; en cambio las experiencias traumáticas, como el abuso, violencia o abandono, pueden conducir a problemas de salud mental y comportamiento inadecuados (transgresiones), como así también las necesidades básicas insatisfechas o la marginación social.

El modelo de jóvenes que nos está brindando la posmodernidad, nos muestra la gran deficiencia y vulnerabilidad, propensos a conductas inadecuadas o de riesgo. Funcionan sin límites necesarios para las relaciones humanas; deficientes de respeto, empatía y solidaridad. Criados bajo un sistema de protección donde el sacrificio y el esfuerzo para lograr sus objetivos no existen. Favorecido por todos los derechos legales, sin cumplir ninguna de sus obligaciones.

"El quiero ya" funciona permanentemente; los niños crecen sin poder experimentar la angustia del tiempo de espera, o la elaboración de la frustración de lo prohibido. No hay límites que marquen el camino por donde transitar, de acuerdo a la edad y responsabilidad desarrollada en el autocuidado. Las leyes no son para los jóvenes, las ignoran.

Los adultos no son capaces de frenar su energía natural y sus deseos de experimental, por temor a discutir, pelear o simplemente incomodarlos. Los padres desean para ellos una felicidad absoluta, completa y permanente, donde el dolor, el sufrimiento y la ausencia no existan.

Lastimosamente el mundo no es un jardín de rosas, donde frecuentemente aparecen fisuras y malestares que necesitamos afrontar, para lo cual debemos aprender y ejercitar, estar preparados; de lo contrario por ignorancia o inexperiencia nos produce mucha angustia, dolor y depresión que nos condiciona. Allí surge el joven inexperto que creyó que el mundo cubriría todos sus deseos y necesidades, y ve derrumbar progresivamente todas sus ilusiones.

Estas experiencias desagradables los impulsan a utilizar como tratamiento, algunas "soluciones mágicas" para cambiar su realidad. El consumo de sustancias o la utilización de tecnología adictivas son herramientas inadecuadas para solucionar el problema. Sin experiencia, sin acompañamiento familiar y sin educación adecuada, surge el joven individuo con conductas trasgresoras y de riesgo. Aparece la violencia, el consumo de drogas, la marginación y la incomprensión de un mundo en crisis.

En realidad, somos responsables los adultos y una sociedad indiferente, de los actuales modelos de crianza y del resultado de una educación deficiente e inadecuada. Muchos jóvenes que no pueden integrarse a la sociedad actual, por una carencia crónica en su formación educativa y formativa, viviendo una orfandad afectiva y una marginación social.

Debemos proponernos que las futuras generaciones reciban una adecuada crianza, acorde a las necesidades de una sociedad en permanente cambio. Que reciban las herramientas necesarias para poder proyectar su vida y forjar un futuro mejor, y que los padres puedan brindarles una infancia feliz, con mucho afecto y cariño, pero también con una responsable contención, acompañamiento y límites."Debemos escuchar que necesitan nuestros jóvenes, y guiarlos".

El autor es médico pediatra, especialista en salud integral del adolescente terapeuta familiar y master en prevención y asistencia de las adicciones

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