Resistencia23°Min. 20° • Max. 31°

El hábito de aceptar lo inaceptable

Un editorial reciente de la revista norteamericana Science Advances advierte sobre un fenómeno psicológico tan común como peligroso, que es la capacidad humana para habituarse a cambios graduales, incluso cuando estos son perjudiciales. En su columna titulada "¿Nos acostumbraremos al declive de la democracia?", la neurocientífica Tali Sharot y el jurista Cass R. Sunstein exploran cómo este mecanismo cerebral puede estar facilitando el debilitamiento paulatino de los sistemas democráticos, especialmente en Estados Unidos.

La habituación (o, si se prefiere, lo que se vuelve costumbre) es un proceso neuropsicológico por el cual el cerebro reduce su respuesta a estímulos que se repiten o que cambian lentamente. Es el motivo por el que una persona deja de oír el ruido constante de un aire acondicionado o de notar un olor persistente. Aunque este mecanismo permite concentrarse en lo novedoso o urgente, también puede desensibilizar frente a peligros que se instalan lentamente, como la erosión de libertades de la ciudadanía o la normalización de conductas autoritarias.

En el plano político, este fenómeno puede tener consecuencias graves. En ese sentido, Sharot y Sunstein explican que el juicio relativo —otro rasgo característico de la mente humana— hace que evaluemos el presente en comparación con el pasado inmediato. Así, cada nueva transgresión democrática se percibe menos escandalosa que la anterior. Esta gradualidad desactiva la alarma social y genera una aceptación silenciosa, incluso cuando los hechos son graves.

Uno de los ejemplos citado por los autores es el ataque sistemático a periodistas. En democracias saludables, la prensa libre es esencial para garantizar la transparencia y la rendición de cuentas. Sin embargo, en los últimos años se ha registrado en los Estados Unidos -y también en nuestro país- un aumento en la hostilidad hacia los medios. "La gente no odia lo suficiente a los periodistas", escribió el presidente Javier Milei en su cuenta de X. Lo que antes hubiera provocado un escándalo nacional, ahora muchas veces pasa inadvertido, porque se ha vuelto parte del "ruido de fondo".

Otro síntoma del deterioro democrático es el rechazo sistemático de la ciencia. Según el editorial de Science Advances, la marginación del conocimiento científico —ya sea en el ámbito del cambio climático, la salud pública o la educación— deteriora la capacidad del Estado para tomar decisiones informadas. Cuando se sustituye la evidencia por la ideología, se desestabiliza la deliberación democrática, se distorsiona la realidad compartida y se debilita la rendición de cuentas. Este fenómeno se ha exacerbado durante el gobierno de Trump y, como señalan los autores, ya no genera el asombro ni la indignación de antes.

A esto se suma el desfinanciamiento de las universidades públicas (una práctica que también está presente en Argentina). La reducción constante de presupuestos debilita la producción de conocimiento, excluye a sectores vulnerables del acceso a la educación superior y limita la formación crítica de los ciudadanos. A medida que esta tendencia se vuelve normal, la sociedad pierde de vista su gravedad y la posibilidad de revertirla se hace más difícil.

Este proceso de "normalización de las violaciones" no es casual. Se trata de una estrategia eficaz para instalar ideas autoritarias sin provocar resistencia. Un descenso lento, paso a paso, desactiva las defensas colectivas. Como advierten Sharot y Sunstein, uno de los grandes peligros es que la ciudadanía llegue a aceptar la ausencia de democracia del mismo modo en que toleramos el ruido del tránsito: como algo molesto, pero no urgente.

Según el Índice de Democracia de The Economist, Estados Unidos ya no es considerado una "democracia plena", sino una "democracia defectuosa". El Proyecto Variedades de Democracia (V-Dem) habla de una etapa de "autocratización sustancial" en el país del norte.

Frente a esta situación, los autores proponen una solución: la deshabituación. Esta consiste en dejar de comparar el presente con el pasado reciente y empezar a hacerlo con los ideales democráticos más ambiciosos. Es necesario recuperar la memoria de lo que una democracia puede y debe ser, y no resignarse a lo que ha llegado a ser.

Recordar lo extraordinario en lugar de aceptar lo ordinario. Esa es, según Sharot y Sunstein, la clave para evitar que la democracia muera lentamente ante nuestros ojos, sin que siquiera lo notemos. Solo manteniendo viva la conciencia crítica, cuestionando lo que se vuelve rutinario y recuperando aspiraciones democráticas, se podrá frenar cualquier deriva autoritaria antes de que sea irreversible.

Te puede interesar