Por qué una radiografía completa puede ser un error peligroso
Cuando Mateo, de 9 años, acudió al médico tras sentir dolor lumbar después de jugar al fútbol, su pediatra solicitó una radiografía completa de columna.

El estudio reveló una leve escoliosis, pero también expuso al niño a una dosis de radiación comparable a la de 100 radiografías de tórax. Tres años más tarde, Mateo fue diagnosticado con un carcinoma papilar de tiroides, un tipo de cáncer relacionado con la exposición a la radiación durante la infancia.
Este caso refleja una preocupación creciente entre los especialistas: las radiografías de columna completas no deberían ser el primer recurso ante un dolor de espalda infantil.
Un estudio español reciente, RADPED-2024, publicado en JAMA Pediatrics y liderado por el doctor Carlos Miró del Hospital Sant Joan de Déu, analizó 2.500 casos de dolor de espalda en menores de 16 años.
Los resultados son contundentes: apenas el 4% de las radiografías completas detectaron una patología relevante, mientras que el 100% de los niños fueron expuestos a radiación innecesaria. En contraste, el 78% de los diagnósticos finales se establecieron únicamente mediante la historia clínica y la exploración física. Para Miró, pedir una radiografía completa desde la primera consulta es tan desproporcionado como encender una vela con un lanzallamas.

Existe una idea errónea y peligrosa: que si la radiación no se siente, no hace daño. Sin embargo, una sola radiografía completa de columna puede equivaler a seis meses de exposición natural a la radiación ambiental, a setenta radiografías de tórax o incluso a mil doscientos vuelos transatlánticos.
Las consecuencias a largo plazo no son despreciables. Diversos estudios señalan que los niños que reciben tres radiografías de columna completas antes de los 15 años tienen un riesgo 42% mayor de desarrollar cáncer de tiroides y un 30% más de posibilidades de padecer leucemia. Según la Dra. Elena Vargas, radiofísica del Hospital La Paz, los cuerpos en crecimiento absorben la radiación con mucha mayor intensidad que los adultos, lo que incrementa su vulnerabilidad.
Frente a este panorama, el estudio RADPED-2024 propone un nuevo enfoque basado en cuatro pasos. En primer lugar, se debe realizar una historia clínica detallada. Luego, una exploración física neurológica completa permitirá evaluar si existen signos de alerta, conocidos como "banderas rojas".
Si no aparecen indicios graves, se recomienda un tratamiento conservador durante entre cuatro y seis semanas. Solo si el dolor persiste o se agrava, se justificaría el uso de técnicas de imagen más específicas como una ecografía o una resonancia magnética.

Las "banderas rojas" que sí justifican estudios de imagen incluyen dolor nocturno que despierta al niño (posible señal de tumor), fiebre acompañada de dolor (posible infección), déficits neurológicos como pérdida de fuerza o reflejos, traumas recientes de gran magnitud o el hecho de que el paciente tenga menos de cinco años.Según el doctor Javier Ortega, ortopedista infantil del Hospital Niño Jesús, la gran mayoría de los dolores en niños tienen causas posturales o mecánicas y solo un porcentaje ínfimo —alrededor del 0,3%— se deben a tumores.
Frente al uso indiscriminado de radiografías, existen alternativas seguras y efectivas. La ecografía muscular dinámica puede detectar desgarros y contracturas sin generar ninguna exposición a la radiación y con un costo menor que una radiografía. La termografía infrarroja permite visualizar inflamaciones y asimetrías posturales, mientras que los sistemas de análisis postural en 3D, como el PostureScan, logran una precisión del 98% en la detección de escoliosis en apenas veinte segundos. Algunos hospitales pioneros, como el Vall d’Hebron, han logrado reducir el uso de radiografías innecesarias en un 80% gracias a estas tecnologías.
El caso de Lucía, una niña de siete años que sufrió una caída en patinete, ilustra bien esta alternativa. En urgencias le propusieron una radiografía completa, pero su madre, física nuclear, se negó tras calcular que la dosis de radiación sería superior a la que ella misma recibiría en un año trabajando en Fukushima. Optaron por una ecografía, que reveló un simple hematoma. Tres semanas después, Lucía ya no tenía dolor.

Más allá del daño a la salud, el uso excesivo de radiografías implica también un costo económico elevado, y su uso indiscriminado representa un gasto anual de millones para el sistema sanitario. A esto se suman los costes asociados al tratamiento de cánceres secundarios, también millonarios. El impacto emocional en las familias y la ansiedad generada por estudios innecesarios es incuantificable.
Pero ¿por qué los médicos siguen solicitando estas pruebas? Entre las razones, se destacan la presión de los padres que exigen respuestas inmediatas, el miedo de los profesionales a omitir un diagnóstico y enfrentar consecuencias legales, la falta de tiempo para hacer una evaluación clínica exhaustiva y el desconocimiento generalizado sobre los verdaderos riesgos de la radiación.
Ante este escenario, algunos centros de salud ya han comenzado a aplicar el protocolo "Cero Radiación Inicial", basado en tres fases: una primera con educación postural y fisioterapia, una segunda con ecografía si no hay mejoría, y solo una tercera que contempla la resonancia magnética en caso de banderas rojas. Entre 2020 y 2024, este enfoque redujo en un 76% las radiografías innecesarias, un 40% las derivaciones a traumatología y no se registró ningún caso de diagnóstico tardío de patologías graves.
Para los padres, el camino también implica un rol activo. Lo recomendable es preguntar siempre si una radiografía es realmente necesaria, exigir una evaluación clínica completa antes de cualquier prueba, buscar centros que cuenten con ecógrafos pediátricos y registrar cada estudio radiológico en un carné específico. La información es clave: como afirma Clara Montes, presidenta de la Asociación de Padres por la Seguridad Radiológica, el mejor escudo contra la radiación es un padre informado.
En definitiva, el dolor de espalda en la infancia rara vez requiere una radiografía desde el primer momento. En cambio, la exposición acumulativa a la radiación sí representa un verdadero problema de salud pública. Como advierte el doctor Miró, cada radiografía evitada puede significar un cáncer menos en el futuro. En medicina pediátrica, el conocimiento, el juicio clínico y la prudencia deben pesar más que la prisa por obtener una imagen. Porque cuidar de verdad es también saber cuándo decir que no.
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