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Bailar para seguir siendo feliz

La historia de Esther Gigli, una maestra que se niega a dejar la pista

Enseñó folclore durante más de cinco décadas, formó a generaciones de bailarines y sigue moviéndose como un dogma de vida. Esther Gigli es madre, docente y bailarina. Fue compañera de Manolo Duarte y hoy ve en su hijo, Santiago, la continuación del legado. Su historia es un homenaje al amor por enseñar y por nunca quedarse quieta

A los 73 años, la profesora Esther Gigli no solo acumula décadas de danza en las piernas: también guarda en la memoria los nombres, rostros y anécdotas de generaciones enteras que pasaron por sus clases de folclore. Nacida en Presidencia Roque Sáenz Peña y radicada en Resistencia desde 1970, empezó a bailar desde muy chica, cuando el folclore todavía no era una carrera ni un título, pero sí una pasión que crecía con cada zapateo. Fue maestra de grado, directora de academias, profesora de música, bailarina y formadora de bailarines. Se convirtió en referente en la capital chaqueña, donde dedicó su vida a enseñar y a bailar sin pausa: "Primero soy docente, después bailarina".

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Una escuelita, un barrio, un compromiso

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Corrían los años 70 cuando Esther llegó a Resistencia y "detrás del Tiro Federal", empezó a enseñar en la escuelita del barrio. Primero como suplente, luego como titular. Todos los sábados a la mañana, abría las puertas para dar clases gratuitas de folclore a los chicos de la zona. "La directora le decía a la portera que me abra la escuela. Yo me tomé ese compromiso. Dos horitas todos los sábados, durante años".

Estuvo 28 años en esa escuela. Formó el coro escolar, preparó los actos patrios y, sobre todo, sembró la semilla de la danza tradicional. Fue docente en distintas instituciones y siempre con el mismo espíritu: transmitir, compartir, enseñar desde el cuerpo.

De Huellas Argentinas al legado familiar

En 1979, ingresó a la emblemática escuela de danzas Huellas Argentinas, de la mano de su compañero de vida: el recordado Manolo Duarte. Allí comenzó como una de las pocas profesoras mujeres, en una época en la que los espacios escénicos folclóricos eran dominados por varones. 

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Fue una de las primeras profesoras mujeres en integrar cuerpos de danza como Huellas Argentinas y la Asociación de Peñas de Barranqueras. Un título nunca fue su mayor fuente de sabiduría, sino que poseía – y aun la conserva - una pasión inagotable y una vocación de enseñanza que la volvió indispensable.

"En el ‘79, Manolo pidió profesoras mujeres y ahí entramos con Negrita Maciel. No había muchas, y menos que se animaran a enseñar. Yo ya venía trabajando en escuelas, en peñas, en barrios. Siempre me gustó meterme donde hiciera falta una profesora mujer que enseñe con respeto y alegría", recuerda. Lo suyo fue abrir camino sin hacer ruido, hasta que ese camino se volvió costumbre.

Esther no solo enseñó: formó grupos de adultos cuando nadie creía que era posible, impulsó a alumnas y alumnos que luego se convirtieron en docentes, y creó espacios para que todas las edades pudieran expresarse a través del folclore. "¿Por qué los adultos no iban a poder bailar? Yo siempre creí que sí".

Su hijo, Santiago Duarte, creció entre zapateos, ensayos y pañuelos. A los 17 años, frente al cajón de su padre, le prometió seguir el legado. Y lo hizo: hoy dirige su propia academia – Duartango - y es uno de los referentes del folclore local. "Antes tenía un director, ahora tengo otro", bromea Esther con ternura.

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La profesora eterna

Después de jubilarse como docente en el 2011, sintió que el mundo se le venía abajo. Acostumbrada a una vida llena de actividad, el silencio le resultaba insoportable. Hasta que Santiago la invitó a dar clases en su academia. Y así comenzó otra etapa: la de la profesora que sigue enseñando a los 70, que se anima a la zumba, al ritmo latino, a las muestras, a seguir con la energía viva.

"A mí no me mandes a cocinar, pero sí a bailar", dice riéndose. Se define como "exquisita" con su futuro: si algún día necesita una silla de ruedas, que al menos tenga cambios y se pueda manejar. Mientras tanto, se sigue anotando en cumpleaños, encuentros y ensayos. "No quiero que mis hijos me empujen, quiero estar activa".

Su legado

Cuando le pregunté por cómo quiere ser recordada, no duda: "Yo no me puedo quejar. La gente me quiere, y eso me lo demuestran. Me hace feliz ver a todos esos adultos que alguna vez fueron mis alumnos, que me dicen ‘yo bailo por vos’. Esa es mi mayor satisfacción".

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Muchos nombres de la danza chaqueña pasaron por sus clases y todos la reconocen como una pieza fundamental del folclore local.

A Esther Gigli no la mueve el ego. La mueve el amor a sus alumnos, a sus recuerdos, al folclore. Otra de las preguntas que le hice fue qué canción elegiría para resumir su vida, menciona sin dudar: Volveré siempre a San Juan. Porque eso hace siempre: volver. A la danza, a su historia, al escenario. Y siempre con una sonrisa que parece decir: "Seguí siendo feliz".

Una familia con raíz folclórica

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Esther conoció a Manuel Duarte a través del folclore, pero lo que los unió no fue solo la danza: fue la pasión compartida, el trabajo conjunto y una forma de ver la vida desde el arte y la entrega comunitaria. "Él me enseñó a amar el folclore", dice con los ojos llenos de gratitud. Vivieron juntos muchos años, se acompañaron en el escenario y en la casa, y formaron una dupla que marcó una época en la cultura popular del Chaco.

Cuando Manolo falleció, el 13 de septiembre de 2007 —el mismo día en que había muerto "El Chúcaro", y que luego sería declarado Día del Folclorista—, Santiago, su hijo, tenía apenas 17 años. Rodeado de compañeros de su padre, frente al cajón, hizo una promesa que cambiaría su vida: "Voy a seguir tu legado, viejo, si todos estos que vos armaste se comprometen".

Y así fue. Santiago se convirtió en profesor, coreógrafo y director de su propia academia. Pero para Esther, más allá de lo artístico, su hijo es hoy su gran orgullo. "Me emociona el triunfo de mi hijo", dice con una sonrisa que lo resume todo. En él ve reflejados los gestos, las palabras y hasta las posturas de su padre. "A veces hace cosas que son tan de Manolo, que me quedo mirándolo en silencio. Esas pequeñas cosas que se heredan sin saber".

Y aunque ya no lo acompaña en cada clase, sigue presente. Desde la platea, desde la casa, desde el corazón. "Antes tenía un director, ahora tengo otro", dice entre risas, con ese amor que no necesita coreografía para conmover.

Pero Esther no deja de lado a su hijo mayor, Claudio, su amor de mamá es mayor que toda pasión por la danza y la docencia. Aunque reconoce que su primogénito no pertenece al ambiente artístico, pero siempre acompaño y está presente en cada evento. 

Una vida en movimiento

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A los 73 años, Esther dice que este año se toma un descanso. Pero el "descanso" es ir a zumba dos veces por semana, planear anotarse en un taller de teatro y seguir yendo a las peñas a aplaudir a sus alumnos. Sabe que no puede bailar como antes, que la artrosis le pide ciertos límites, pero también sabe que, en realidad, jamás dejó de moverse.

Porque bailar no es solo estar sobre un escenario. Bailar es tener las rodillas listas para una samba o el corazón dispuesto para enseñar. Bailar es sostener un legado, como lo hace cada vez que ve a Santiago dar clase con los gestos de Manolo. Bailar es no dejar de ser parte.

"Seguí siendo feliz", dice que le susurran el cuerpo y el alma cada vez que suena una chacarera. Y ahí va, con su ropa liviana, su pañuelo en la mano y su convicción intacta: que cualquiera puede bailar, que nunca es tarde para moverse, y que mientras haya alegría, siempre habrá pista.

"No hay edad para bailar. Lo único que se necesita son ganas. Yo bailo desde hace más de 50 años, y si hoy sigo moviéndome, es porque ahí soy feliz. No me manden a cocinar, mándenme a una pista."
— Esther Gigli
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