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Las tecnologías no son neutrales

Durante mucho tiempo se ha sostenido la idea de que la tecnología es una herramienta neutra, que su valor y efectos dependen exclusivamente del uso que las personas le dan. Sin embargo, esta concepción resulta insuficiente para comprender el impacto real de la tecnología en nuestras vidas y en las sociedades actuales. Las tecnologías no son neutras porque, desde su diseño hasta su implementación, están atravesadas por sesgos, decisiones, valores, intereses y prioridades que reflejan el contexto social, político y económico en el que surgen.

La idea de neutralidad tecnológica puede tener sentido desde una perspectiva estrictamente técnica, si se considera a la tecnología como una simple herramienta. Pero en la práctica (sobre todo en el mundo actual), toda tecnología es el resultado de un proceso humano, cultural y político. Quienes la diseñan y financian toman decisiones sobre su funcionalidad, su propósito, las reglas éticas que la guiarán y los objetivos que buscan alcanzar. Por lo tanto, estas decisiones imprimen valores e intenciones que condicionan el comportamiento de la tecnología y sus efectos en el mundo.

Un ejemplo de esto, por citar sólo uno de tantos, es el uso de teléfonos celulares en las escuelas. Durante años se pensó que incorporar dispositivos móviles en el aula sería una revolución educativa. Sin embargo, el debate actual no debería reducirse a permitir o prohibir los teléfonos, sino a reflexionar sobre qué tipo de tecnología se está utilizando y con qué fines fue creada. Como advierte la periodista Mariana Moyano, los dispositivos digitales no son neutros, no dependen únicamente del uso que les damos, sino que ya traen una intencionalidad incorporada desde su concepción. Preguntarnos qué intereses políticos y económicos están detrás de una tecnología debería ser parte fundamental de cualquier política educativa.

Este enfoque se refuerza al observar cómo las grandes empresas tecnológicas se articulan con otras esferas de poder. El caso reciente de altos ejecutivos de compañías como Meta, OpenAI y Palantir (una empresa estadounidense que se especializa en plataformas de software para vigilancia masiva) que fueron incorporados al Ejército de Estados Unidos como tenientes coroneles de la potencia del norte confirman esa alianza. Esta integración entre la industria tecnológica y el ámbito militar marca una orientación estratégica, con el objetivo de que el desarrollo de tecnologías avanzadas como inteligencia artificial y minería de datos sea usado con fines militares. Esta relación estrecha evidencia que la tecnología no es producto de una voluntad neutral, sino de intereses bien definidos que buscan influir en el orden geopolítico global.

La especialista Flavia Costa plantea que las tecnologías digitales, y especialmente la inteligencia artificial, no son simplemente herramientas, sino que constituyen un "mundoambiente", es decir, un entorno que habitamos, que regula nuestra vida y nuestras relaciones. Estas metatecnologías —porque operan sobre otras tecnologías— tienen una capacidad de transformación profunda. Los algoritmos que gestionan redes sociales o plataformas de contenido, por ejemplo, no solo reaccionan a nuestras preferencias, sino que también las moldean, priorizando ciertos contenidos y dejando otros fuera del radar. Esto influye directamente en nuestra percepción del mundo, en nuestras opiniones y en nuestras decisiones.

Cuando se piensa que la tecnología es neutral, se omite su capacidad de estructurar la realidad. Una herramienta tecnológica no solo facilita determinadas acciones, sino que también restringe otras. Un sistema de reconocimiento facial, por ejemplo, puede aumentar la seguridad, pero también puede reforzar sistemas de vigilancia y control estatal o corporativo. Un algoritmo que decide qué noticias leemos puede ayudarnos a acceder rápidamente a la información, pero también puede encerrarnos en burbujas informativas que refuercen sesgos preexistentes.

Aceptar que la tecnología no es neutral implica asumir una responsabilidad como sociedad. No alcanza con "usar bien" las herramientas, es necesario comprender los sistemas que las producen, los marcos éticos que las rigen y los efectos sociales que generan. Esto es especialmente importante en un contexto de acelerada digitalización y creciente dependencia tecnológica.

Por todo esto, es fundamental desmitificar la idea de la neutralidad tecnológica. Las tecnologías están cargadas de valores desde su diseño y tienen un impacto estructurante sobre nuestras sociedades. Analizar críticamente su origen, su desarrollo y su implementación es una tarea para poder decidir, como ciudadanos y como comunidades, qué tipo de mundo queremos construir.

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