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Memorias de Resistencia

La esquina de mi barrio

Era el lugar de reunión nocturna.

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Una esquina como las tantas de la ciudad, que tienen sus pequeñas grandes historias. La casa era del exintendente de Resistencia, Higinio González Gonzalito. Y hoy se mantiene tal cual era. Únicamente que en su planta baja hay una fiambrería. 

Como vecino de siempre de la muni –como la llamábamos en el barrio– crecí y me crié junto a ella, con la complicidad de mis hermanos (Osvaldo, Neco y Gelo) y mis primos (Emilio Rossi, Quito, Ricardo y Tuncho Juan), los amigos del barrio chico Luis y Tato Alarcón, el Beto Pastorini, el Flaco Binda, los hermanos Hotes, los Giménez Nanchi y Oveja, los dos Bellagamba, los Kees (Jorge y el Comandante), Eduardito Viyerio, Genioto Ramírez, Antonio Taboada, el Tatú Rivas, Panchi Ferreyrra, Guillermo Gesling, José Manuel Corchuelo, Lito Bovadilla, pero nuestra estrella máxima era el Cabezón Brizuela, ganador de Si lo sabe cante, cante con Galán y también ascendido a zorro gris.  De todos ellos, ya hay varios que no están, pero me quedan grabados en la memoria. 

Una de las vivencias más importantes sucedió a principio del año 1966, cuando la gran inundación de ese año llegó hasta sus puertas, convivimos con ella más de un mes, con el agua en la calle. Me acuerdo como anécdota, de haber pescado desde el frente de mi casa y de trasladarnos en canoa cuando teníamos que salir. 

Las clases habían sido suspendidas porque las escuelas eran usadas de albergue. La nota más simpática es que con mis hermanos criábamos tortugas, que las traíamos de la Laguna Argüello; en ese momento teníamos una muy grande, de por lo menos 50 cm. y esta salía a pasear y a nadar hasta la esquina y luego regresaba a nuestra casa.

La esquina del barrio era el lugar de reunión nocturna, la casa de Gonzalito Higinio Gonzalez, exintendente de la ciudad de Resistencia. 

Cuando no podíamos ir al cine siempre estaba un amigo que te contaba la película. Nosotros teníamos el privilegio de ser amigos de Luis y de Tato Alarcón. Con sus relatos –sentados en la ochava, con la única iluminación del foco de la esquina– las películas se volvían reales y con las de terror teníamos miedo de volver a casa.

La familia Alarcón vivía frente a la Municipalidad por Yrigoyen, delante de donde cargaban agua los camiones aguateros; con mis hermanos fuimos muy amigos de Chichita, Tato y Luisito. La vida nos llevó por distintos lugares, pero siempre encontrarnos es pegar el afecto, el tiempo no alteró aquello que está intacto desde la niñez. 

Poen y Aída, sus padres, eran de una raza muy especial: actores desde los huesos hasta la piel; su vida, su naturaleza, era el teatro, y su casa una gran escenografía donde respirabas y palpabas un mundo de utopías.

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