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La productividad

El motor silencioso que la Argentina no logra arrancar

Cuando se habla de competitividad, muchas veces el debate queda atrapado en discusiones sobre el dólar, los impuestos o el costo laboral.

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   Laura Caullo, investigadora responsable Área de Empleo y Política Social de la Fundación Mediterránea, señala que hay un actor clave que suele quedar fuera del foco y que, sin embargo, es el que verdaderamente impulsa a los países a largo plazo: la productividad, es decir cuánto valor genera cada trabajador en promedio.

   "Imaginemos una fábrica de bicicletas. Si con diez trabajadores se producen cien bicicletas por semana, y al año siguiente los mismos trabajadores producen ciento veinte, eso es un aumento de productividad", explica Caullo. "Significa que se están aprovechando mejor el tiempo, el conocimiento, las herramientas. Ahora bien, ¿qué pasa si, en vez de avanzar, nos vamos estancando o retrocediendo? Eso es exactamente lo que viene ocurriendo en la economía argentina".

   Según datos del Banco Mundial, la productividad laboral en la Argentina cayó un 12% entre 2011 y 2023. Mientras tanto, países como Singapur o Corea del Sur la aumentaron en más del 15%. "Incluso Chile y Brasil, con desafíos económicos similares, mostraron mejores desempeños. Esta caída local no es solo una estadística: es una señal de alerta sobre nuestra capacidad para crecer, exportar, generar empleo formal y mejorar salarios", remarca Caullo.

Una economía con freno de mano

   La productividad puede compararse con el motor de un auto. Si el motor es potente, el vehículo puede avanzar con menos esfuerzo. Pero si el motor está viejo, mal mantenido o sobrecargado, no importa cuánto aceleres: no va a responder. En la Argentina, ese motor está funcionando por debajo de su capacidad. Caullo aclara que "No se trata de que la gente no trabaje: se trata de que el entorno, las herramientas y las condiciones no están ayudando a que ese trabajo rinda".

   Y la investigadora se explaya: "Parte del problema es la falta de inversión en capital físico y humano. Muchas empresas siguen produciendo con maquinaria antigua, procesos ineficientes o sin acceso a crédito. A esto se suman trabas logísticas, burocráticas y normativas, que afectan sobre todo a las PyMEs. El resultado es un parque productivo que se va quedando atrás, como una bicicleta con los frenos trabados compitiendo contra motos".

Un país, muchas velocidades

   Otro gran obstáculo es la enorme desigualdad entre sectores y regiones. "Algunas áreas, como la economía del conocimiento o el sector energético, tienen niveles de productividad comparables a los de países desarrollados. Pero conviven con sectores informales, de baja calificación y escasa tecnología, que emplean a una gran parte de la población. Es como si un mismo equipo de fútbol tuviera jugadores de Champions League en ataque y amateurs en defensa: no importa cuánto brillen algunos, el rendimiento general sufre", ilustra Caullo.

   Además, esa heterogeneidad territorial hace que las mejoras no se distribuyan. "Hay provincias o municipios donde la productividad sigue en niveles muy bajos, lo que también alimenta la desigualdad social y económica".

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Educación: el semillero que no germina

   Caullo abunda en que "A esto se suma un factor estructural y preocupante: el deterioro de la formación básica y técnica. La reciente prueba Aprender 2024 reveló que más de la mitad de los estudiantes secundarios no alcanza el nivel básico en matemática, y solo el 14% logra un desempeño satisfactorio. Estas falencias en habilidades fundamentales como el cálculo o la comprensión lectora no solo afectan el presente escolar, sino que impactan directamente en el mundo del trabajo".

   Cuando los jóvenes llegan al mercado laboral sin las herramientas necesarias, las empresas tienen más dificultades para capacitarlos y adaptarlos a tareas cada vez más tecnológicas y globalizadas. "Además, -remarca Caullo- las rigideces normativas y la falta de incentivos para la formación continua hacen que muchos perfiles laborales se vuelvan obsoletos con rapidez".

¿Cómo salir del laberinto?

   "La solución no es mágica, pero tampoco imposible –dice la investigadora-. Requiere pensar la competitividad como un proceso de desarrollo integral, no como una carrera para bajar sueldos o eliminar impuestos. Hay que invertir en infraestructura productiva y modernizar procesos, reducir la carga burocrática que asfixia a muchas PyMEs, facilitar el acceso al crédito y a la innovación tecnológica, mejorar los sistemas de formación y capacitación laboral, y atacar la informalidad laboral para que más trabajadores accedan a empleos de calidad".

   Finalmente, Caullo advierte que "Todo esto necesita de una macroeconomía estable como base, pero también requiere políticas activas, que reconozcan las diferencias entre sectores y regiones, y apunten a cerrar esas brechas. Porque al final del día, la productividad es como una planta: necesita buenas raíces (educación), tierra fértil (inversión), y cuidado constante (políticas públicas sostenidas). Si no se la atiende, no florece. Y sin productividad, no hay crecimiento posible que se sostenga en el tiempo".

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