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Retroceso de la clase media

Un reciente informe del Centro de Estudios para la Recuperación Argentina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) advierte sobre el acelerado deterioro del poder adquisitivo de la clase media. Se trata de una transformación que tiene un fuerte impacto en esta franja de la población y en el mapa social del país, porque el centro de esta dinámica se encuentra el llamado "efecto tijera", como se denomina al fenómeno por el que los ingresos de los hogares, aunque nominalmente en alza, son ampliamente superados por aumentos desproporcionados en los precios de servicios esenciales como el transporte, la electricidad y el gas.

Según el informe, este efecto es el resultado directo de la política económica adoptada por el gobierno nacional encabezado por Javier Milei. En particular, se señala que las medidas de "sinceramiento de precios relativos" y la estrategia de "licuación" —es decir, permitir que los precios suban sin actualizar proporcionalmente el gasto público— han sido los motores del ajuste. El gasto público, congelado en términos absolutos, perdió valor real frente a una inflación que no ha dado tregua. Sin políticas de contención específicas, la clase media ha quedado fuera tanto de las redes de protección como de los beneficios focalizados que alcanzan a sectores más vulnerables.

La semana pasada se publicaron en el Boletín Oficial las medidas por las cuales se instrumenta el aumento que dispuso el Ejecutivo nacional en la energía mayorista que, en el Chaco, tendrá repercusión en las boletas de Secheep para clientes domiciliarios y comerciales y que se traducirá en una modificación sustancial en los hábitos de consumo. Según la UBA, el 59% del presupuesto de los hogares durante el primer año de gestión de Milei se destinó a servicios, lo que implica una suba de 10 puntos porcentuales respecto al año anterior. Este desplazamiento forzoso reconfigura las canastas familiares y relega consumos que históricamente caracterizaban a la clase media, como la carne vacuna, la indumentaria o el esparcimiento. En consecuencia, se erosiona el poder de compra y la identidad misma de la clase media, que se ve obligada a resignar calidad de vida.

El estudio de la UBA señala que la aparente mejora salarial registrada en el último trimestre de 2024 no alcanza para revertir esta tendencia. Si bien algunos indicadores pueden sugerir una leve recuperación nominal, en términos reales la clase media continúa perdiendo terreno. El informe subraya que el deterioro no solo es económico, sino también simbólico, es decir, los sectores medios se enfrentan a una redefinición forzada de su estilo de vida y de sus aspiraciones. Se trata de un proceso de retroceso social, donde lo que alguna vez fue sinónimo de estabilidad y progreso ahora se convierte en sinónimo de incertidumbre y precariedad.

En esta línea, el especialista en consumo Guillermo Oliveto sostiene que la clase media argentina atraviesa una profunda fragmentación. Ya no puede hablarse de un bloque homogéneo, sino de una estructura quebrada por una creciente brecha entre una clase media alta que aún conserva cierto margen de maniobra, y una clase media baja que ha caído en la vulnerabilidad. La pérdida de símbolos tradicionales como la vivienda propia o las vacaciones anuales cede paso a objetivos de corto plazo, como "tener la heladera llena", expresión que sintetiza una resignación colectiva frente al deterioro sostenido del bienestar.

Esta fractura, observan analistas de la realidad nacional, tiene consecuencias no solo económicas, sino también políticas y culturales. La dificultad para caracterizar a la "nueva clase media" plantea desafíos para el diseño de políticas públicas inclusivas. A diferencia de los sectores más empobrecidos, la clase media no cuenta con una red de contención específica, ni es contemplada por el sistema de transferencias. Sin respaldo estatal ni capacidad de ahorro, este grupo social queda atrapado entre el ajuste fiscal y el abandono institucional.

La situación de la clase media en la Argentina actual plantea un problema de cohesión social, de pérdida de horizonte y de ruptura del contrato implícito que alguna vez unió esfuerzo, educación y movilidad ascendente. Frente a este escenario, el desafío pasa por repensar el rol del Estado en la protección de sectores que hoy están desprotegidos, y recuperar una visión de futuro que devuelva a la clase media su papel como motor de progreso.

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