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El punto de quiebre que dolarizó la Argentina

Se cumplieron esta semana cincuenta años del "Rodrigazo" por el que la Argentina aún arrastra las consecuencias de aquel terremoto económico que transformó profundamente la relación de la sociedad con su moneda, erosionó el contrato social del peronismo clásico y encendió la mecha de una inestabilidad crónica que sigue vigente. Fue un episodio bisagra que inauguró la inflación persistente y consolidó la preferencia de los argentinos por el dólar como refugio frente al colapso recurrente del peso.

El 4 de junio de 1975, el ingeniero Celestino Rodrigo, designado ministro de Economía por Isabel Perón, anunció un paquete de medidas que sorprendió por su crudeza. Una devaluación del 100% del tipo de cambio comercial, tarifas de servicios públicos incrementadas hasta un 180% y precios liberalizados, mientras se establecía un tope salarial del 45%. El resultado fue inmediato. Sobrevino una explosión inflacionaria que llevó la tasa mensual al 34,7% en julio, una caída abrupta del salario real y un desabastecimiento que vació góndolas y bolsillos.

Fue la consecuencia acumulada de desequilibrios que ya se gestaban desde la vuelta del peronismo al poder en 1973. El Pacto Social de José Ber Gelbard –basado en aumentos salariales, congelamiento de precios y suspensión de paritarias– logró una inicial estabilidad y crecimiento económico. Sin embargo, su sostenibilidad se desmoronó frente a la crisis internacional del petróleo, el aumento del déficit fiscal y una inflación que resurgió con fuerza en 1974. La respuesta de Rodrigo, bajo la influencia del ideólogo ultraliberal Ricardo Zinn, fue aplicar un ajuste de shock al que la sociedad no estaba preparada ni dispuesta a aceptar.

El Rodrigazo, en los hechos, significó un cambio de paradigma. Por primera vez, un gobierno peronista enfrentó una huelga general de la CGT. La clase trabajadora, que hasta entonces había sido el pilar del peronismo, se sintió traicionada. Las medidas no solo empobrecieron a los sectores populares, sino que también sacudieron a la clase media, que comenzó a ver en el dólar un resguardo ante la inestabilidad. Esta "dolarización de hecho", que ya venía insinuándose con la proliferación del mercado paralelo de divisas, encontró en el Rodrigazo su punto de inflexión. En otras palabras, la confianza en el peso quedó rota.

El impacto económico fue devastador. La inflación anual trepó al 335%, el salario real se desplomó un 30%, el PBI cayó un 1,4% y las reservas internacionales se redujeron a la mitad en cuestión de meses. La crisis también precipitó el colapso político del gobierno de Isabel Perón. Rodrigo duró apenas 49 días en el cargo; su mentor, José López Rega, debió huir del país; y el gabinete fue reestructurado en medio de huelgas, saqueos y violencia creciente. El gobierno quedó a la deriva, sin conducción, en una espiral de ingobernabilidad que desembocaría, menos de un año después, en el trágico golpe de Estado del 24 de marzo de 1976.

El Rodrigazo marcó el fin del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) y consolidó un modelo regresivo de redistribución del ingreso. La clase trabajadora perdió poder de negociación, la informalidad laboral se expandió, y el tejido social se resintió. Pero quizás el legado más persistente sea cultural: la percepción de que el peso argentino no es confiable. Desde entonces, la dolarización emocional de la sociedad –reflejada en el atesoramiento, las transacciones inmobiliarias y los precios de referencia– ha condicionado cualquier política económica.

Algunos economistas encuentran en el Rodrigazo una matriz que se repite en otras crisis argentinas, como la de 2001 o la de 2018: desequilibrios fiscales y cambiarios, pérdida de reservas, ajustes abruptos que deterioran los ingresos reales y disparan la conflictividad social. Es el círculo vicioso de la desconfianza, donde las medidas correctivas, en lugar de estabilizar, profundizan el daño estructural.

A medio siglo del Rodrigazo, la historia sigue escribiéndose en la misma clave. La inflación continúa siendo una enfermedad crónica, el dólar sigue siendo el termómetro del miedo y la confianza en la moneda nacional, más que una variable económica, es una cuestión cultural. Este pasado explica, al menos en parte, la llegada de Javier Milei a la Casa Rosada.

El desafío para el futuro es también simbólico. La Argentina necesita recuperar la fe en que una moneda nacional puede ser estable y creíble. Para eso, como enseñó el Rodrigazo, no basta con ajustar cuentas: hace falta reconstruir el contrato social roto entre el Estado, el mercado y la sociedad.

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