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El sol del 25 de Mayo en la memoria de un pampeño

PAMPA DEL INFIERNO (Agencia). Martín Guzmán es un hombre que casi vio crecer a la localidad con su andar cansino y forma parte de la historia de la localidad. Una estampa de pasado, de pueblo, con su arboleda, calles anchas y viento norte.

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Martín Guzmán es un hombre que casi vio crecer a la localidad y forma parte de la historia de la comunidad.

Recorrió toda su vida a pasos del pueblo, incansable, luchador de causas justas, profesor, escritor, andariego, conocer de los rincones de la localidad. Cuando Pampa del Infierno asomaba como pidiendo permiso al progreso, el caminaba ya sus calles.

Un caballero de la localidad. Recordamos un poco su vida, y las fiestas patrias, con especial énfasis en el 25 de Mayo. "Mis padres me alojaron un tiempo en la casa de un tío para ingresar en debido tiempo al primer grado de la Escuela Nacional 111, ubicada entre H. Yrigoyen y San Martín donde daba el frente, al fondo del terreno cruzando la calle en diagonal estaba la plaza central", contó.

"Ahí conocí al doctor Ramallo Mendoza que fue reemplazado por el doctor Vermout en la década del 60, a los dos los conocí muy bien porque les atendí el jardín, el patio y los pájaros, hasta que me fui a continuar mis estudios Sáenz Peña", dijo.

"Al doctor Vermount lo conocí una noche de esas que todos concurríamos a pasear a la espera del tren de pasajeros cuando veo bajar un hombre que pintaba canas con cara de asustado y vestido de blanco me acerco y pregunto ¿Ud. es el nuevo médico del pueblo?". "Cómo te diste cuenta?, pregunta y le respondo: "Lo estábamos esperando, y como trabajé con el médico que se fue sabía de su pronta llegada". Entonces dijo: "Dime cómo es la gente de este pueblo". "Quédese tranquilo, le respondo, acá la gente es amable, todos dormimos en el patio por el calor reinantes y a nadie le ocurre algo malo". "Entonces tú puedes acompañarme a un lugar seguro". "Claro que sí", le respondí y lo llevé al hotel de Plácido Sánchez, cuyo edificio aún se conserva. Me pidió que al día siguiente lo acompañe al hospital dijo y allí fuimos", recordó.

En su relato vuelve a la vieja escuela

"El director era un maestro porteño, el señor Ernesto Diorio, que inició y terminó su carrera docente en ese lugar, él tenía por costumbre que ante la proximidad de las fiestas patrias nos reunía en un aula a cantar a viva voz el himno nacional y algunas otras marchas patrióticas", comentó. "Porque el día del festejo patrio salíamos de la escuela cantando la marcha San Lorenzo y agitando los banderines que construíamos al efecto y en perfecto orden ingresábamos al centro de la plaza, era la única institución educativa del medio", agregó.

"Particularmente yo, guiado por el Diorio debajo de una enorme tipá del patio de la escuela armaba la imprenta con el programa del festejo que se imprimía en unos volantes que nos entregaba la Comisión de Fomentos y más tarde la Municipalidad, que se creó, para repartir en el pueblo el programa. De un año para el otro difería poco, casi siempre decía lo mismo: Salva de bombas a la salida del sol. Izamiento del pabellón Nacional. Ofrendas florales al pie del busto del Padre de la Patria (cada institución colocaba la suya, Policía, Hospital, Correo, etc.).

Discurso a cargo de una Autoridad, Poesía a cargo de un alumno, Desconcentración", recordó.

JUEGOS EN LAS FIESTAS PATRIAS

"Ahí venía lo que esperábamos nosotros, los jugos infantiles: Carrera pedestre alrededor de la plaza, Carrera de embolsados, La carretilla, donde un niño apoya las manos en el suelo y otro lo toma de los pies para correr unos veinte metros, Carrera con un huevo en la cuchara, Y los mayores se divertían en las carreras de sortijas a caballo", comentó. "Así transitaba la mañana y pasábamos al almuerzo, asado con cuero servido en unos tablones a la sombra de unos árboles en el patio trasero de la comisaría, entonces ubicada en la calle Malvinas", agregó.

"Luego la fiesta continuaba con partido de futbol en la cancha del Club Obreros Unidos que estaba al frente de la comisaría, donde hoy está la iglesia. Siempre nos visitaban equipos de los pueblos lindantes de más lejos no venían por la falta de transporte automotor, (acá después había dos camiones y dos autos de alquiler)", explicó. "Terminado el fútbol nos preparábamos para el baile popular, amenizado musicalmente por algún acordeonista que andaba de paso y una guitarra, más tarde apareció un amplificador de sonidos a válvulas que cuando se calentaba demasiado dejaba de fusionar, más parecía una estufa que un equipo de sonido, pero la gente se divertía y homenajeaba a la Patria", recuerda.

EL FERROCARRIL PROTAGONISTA

En la década del 40, cuando Pampa del Infierno tendía unos 400 a 500 votantes; el pueblo estaba dividido por los rieles del ferrocarril que se extiende de Este a Oeste. Conforman el centro hacia el Norte y el barrio Sur constituido por nueve manzanas, extendidas junto con el alambrado del ferrocarril que estaba rodeado por cinco hilos de alambres sostenida postes de madera. Y sobre las vías, en el medio la estación de trenes, había una calle al Sur que permitía las cargas en los vagones y terminaba en un portón grande, que por las noches estaba cerrado para que los animales que paseaban por todo el pueblo no entren solos porque quedaba un molinete peatonal habilitado.

El barrio Sur, llamado entonces barrio "la Hilacha", se encontraba rodeado por lado el ferrocarril y al Sur la ruta nacional 16 y cruzando la ruta te encontrabas con un grueso monte de árboles corpulentos. "Llegué al barrio donde actualmente permanezco desde 1946, el motivo fue ingresar a la escuela, en esa época encontrabas escuela en Monte Quemado, Pampa del Infierno y Sáenz Peña", concluyó. Tras la charla don Martín siguió con sus tareas cotidianas y nos despedimos cordialmente.

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