Sobre la disolución de la comisión investigadora del caso $Libra
El presidente Javier Milei cerró este lunes por decreto la Unidad de Tareas de Investigación (UTI) creada en febrero para indagar la posible participación de su gobierno en la criptoestafa $Libra, movimiento que genera controversia y cuestionamientos sobre la transparencia de la gestión.

El 19 de febrero, el Poder Ejecutivo lanzó una investigación exprés mediante el Decreto 114/2025, que ordenaba a la UTI —dependiente del Ministerio de Justicia— recopilar información sobre $Libra, un supuesto "criptoactivo" que, según denuncias judiciales en EEUU y crónicas periodísticas, operaba como un esquema Ponzi que defraudó a miles de inversores.
La unidad, presidida por la titular del Gabinete de Asesores del Ministerio de Justicia nacional, fue instruida para coordinar con organismos clave como la UIF, el BCRA, la Cancillería y hasta la Casa Militar, con el objetivo de entregar pruebas al Ministerio Público Fiscal.
¿Una UIF que no pregunta?
La Unidad de Información Financiera (UIF) es uno de los principales organismos encargados de prevenir el lavado de activos y la financiación del terrorismo en la Argentina. En términos sencillos, su funcionamiento se basa en detectar operaciones sospechosas y, en muchos casos, hacer una pregunta clave: "¿De dónde salieron esos dólares?".
Esa lógica, sin embargo, parece entrar en tensión con declaraciones recientes del presidente Javier Milei, quien aseguró que su gobierno no seguirá indagando sobre el origen del dinero en el ámbito privado.
Las palabras del mandatario generaron confusión e inquietud entre expertos y funcionarios del sistema financiero. Porque si, como dice Milei, el Estado dejará de cuestionar el origen de los fondos privados, entonces la UIF se vería limitada —si no directamente impedida— de cumplir con la tarea que le asigna la ley.
Este desencuentro conceptual fue expuesto en redes sociales por un funcionario que intentó aclarar que la UIF "sí" seguirá operando como hasta ahora. Pero si se toma al pie de la letra el discurso presidencial, entonces esa afirmación resulta, cuanto menos, contradictoria.
La UIF no actúa de forma arbitraria. Su accionar se activa muchas veces a partir de reportes que surgen desde el sector privado, en especial bancos, que al detectar movimientos de efectivo inusuales —por ejemplo, depósitos que no se condicen con el perfil económico del cliente— pueden pedir comprobantes del origen de esos fondos. Si la respuesta no resulta convincente o no se presenta documentación válida, se genera un Reporte de Operación Sospechosa (ROS). Ese informe es el punto de partida para una posible investigación por lavado de dinero (LA) o financiación del terrorismo (FT).
Este engranaje está lejos de ser un invento local. La UIF argentina responde a estándares internacionales definidos por el Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), un organismo intergubernamental del cual el país es miembro. De hecho, los compromisos asumidos con GAFI forman parte de las evaluaciones que organismos como el FMI o el Banco Mundial realizan sobre la transparencia y estabilidad del sistema financiero argentino.
En esa línea, no deja de llamar la atención que este mismo gobierno haya implementado en los últimos meses regulaciones específicas para los activos virtuales (criptomonedas), justamente a pedido de GAFI, a través de la UIF. Incluso se mencionó que dicha medida fue impulsada para cumplir con exigencias del Fondo Monetario Internacional (FMI).
La pregunta cae de madura: ¿cómo puede ser que, por un lado, se endurezca el control sobre criptoactivos para satisfacer a organismos internacionales, y por el otro se promueva una política que iría en contra de los mismos estándares —como sería dejar de generar ROS— que esos organismos exigen?
Este escenario se vuelve más complejo si se tiene en cuenta que las normativas contra el lavado no sólo sirven para investigar delitos económicos, sino que son una herramienta clave para combatir el narcotráfico, la corrupción y el financiamiento de redes delictivas transnacionales.
El ejemplo del blanqueo de capitales es ilustrativo: aunque se permite declarar fondos no registrados, el proceso exige firmar una declaración jurada que acredite el origen lícito del dinero. Si más adelante se demuestra que ese origen era ilícito —narcotráfico, estafa, robo—, el blanqueo queda sin efecto.
En definitiva, si los reportes de operaciones sospechosas desaparecieran o perdieran su razón de ser por una decisión política, no sólo se pondría en riesgo el funcionamiento de la UIF, sino también el cumplimiento de compromisos internacionales. A la larga, eso podría traducirse en sanciones, pérdida de confianza externa y trabas para el financiamiento internacional, por no mencionar la posibilidad de copamiento del sistema financiero por parte de capitales provenientes de actividades ilegales.
Las declaraciones públicas importan, sobre todo cuando vienen del Presidente. Más aún cuando chocan con la estructura institucional que, desde hace años, sostiene la lucha contra delitos financieros en la Argentina.
Milei y el control de la agenda institucional
Este episodio refuerza la percepción de un gobierno que prioriza decisiones ejecutivas sobre el diálogo con otros poderes. Aunque el decreto 332/2025 afirma que "la tarea fue cumplimentada", la opacidad sobre los resultados y la rápida disolución de la UTI alimentan especulaciones sobre posibles encubrimientos.
La polémica trasciende lo jurídico y toca la esfera política: en un contexto de crisis económica y desconfianza hacia las élites, el caso $Libra pone a prueba la promesa de "transparencia radical" de Milei. Mientras el gobierno celebra el cierre como un éxito burocrático, para sus críticos es un recordatorio de que, en la Argentina, las investigaciones sobre el poder suelen terminar antes de comenzar.
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