Impacto de crisis climática en zonas urbanas
Según el Reporte Mundial de las Ciudades 2024 del Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat), para 2040 más de dos mil millones de personas que actualmente viven en ciudades estarán expuestas a nuevos aumentos de temperatura. De acuerdo con las estimaciones del organismo, se produciría un incremento de al menos +0,5 °C, con lo que más de un tercio de la población urbana habitará en zonas donde la temperatura media anual supere los 29 °C.
El aumento de temperaturas en el planeta es el resultado de múltiples factores interconectados. En primer lugar, la pérdida progresiva de zonas verdes en las ciudades ha debilitado uno de los principales mecanismos naturales de regulación térmica. En efecto, según datos de la ONU, mientras que en 1990 el 19,5 % del suelo urbano estaba cubierto de vegetación, diez años más tarde, en 2020, esta cifra se redujo al 13,9 %. Esta disminución agravó el efecto conocido como isla de calor, empeoró la calidad del aire, redujo la biodiversidad y aumentó la vulnerabilidad frente a inundaciones y desastres naturales.
Por otro lado, la rápida urbanización no planificada en muchos lugares es otro elemento clave a tener en cuenta. Expertos de la ONU observan que, en regiones como Asia, África y América Latina, el crecimiento urbano ha sido explosivo, muchas veces en ausencia de planificación y con un aumento importante de asentamientos informales. Estas áreas, que –a nivel global– ya albergan a más de 1100 millones de personas, carecen en su mayoría de servicios adecuados, infraestructura verde y materiales de construcción que ayuden a enfrentar el calor. Esto expone a millones de personas a condiciones ambientales extremas, y especialmente a los más vulnerables, es decir, niños, ancianos y personas con enfermedades crónicas.
Este fenómeno representa uno de los mayores desafíos para las sociedades actuales, porque afecta de forma desproporcionada a quienes menos responsabilidad tienen en la generación de gases de efecto invernadero, y porque refleja cómo las decisiones de desarrollo urbano, muchas veces orientadas al crecimiento económico rápido, han ignorado la sostenibilidad ambiental y el bienestar humano.
Un ejemplo de esta problemática se da en América Latina y el Caribe, donde más del 80 % de la población vive en áreas urbanas. En muchas de estas ciudades, los problemas derivados del aumento de temperatura ya son visibles, y se expresan a través de olas de calor más frecuentes, mayores tasas de enfermedades respiratorias, y un aumento del consumo energético para refrigeración, lo que, paradójicamente, agrava el problema al aumentar las emisiones de gases contaminantes.
Ante este panorama, ONU-Habitat propone una serie de medidas urgentes y necesarias. Entre ellas se encuentran los sistemas de alerta temprana para olas de calor, el suministro adecuado de agua para mantener la vegetación urbana, y la implementación de "techos frescos", que reflejan la luz solar y reducen la temperatura interior de los edificios. Estas iniciativas, aunque simples en apariencia, pueden tener un impacto significativo si se aplican de forma coordinada y a gran escala.
Asimismo, se promueve el diseño en las ciudades de las denominadas "salas de estar verdes" y espacios urbanos con vegetación nativa, que ayudan a reducir el calor y al mismo tiempo favorecen la salud mental, la cohesión social y el bienestar general. Estas soluciones basadas en la naturaleza son las más efectivas, ya que combinan beneficios ambientales, sociales y económicos.
No obstante, es importante reconocer que el problema del calor urbano no puede abordarse de manera aislada. Está estrechamente vinculado a la crisis de la vivienda, al déficit en inversión pública y a la creciente desigualdad social. De hecho, la actual crisis habitacional afecta a más de 2800 millones de personas en todo el mundo, mientras que la inversión en vivienda social ha disminuido drásticamente. En este contexto, los desplazamientos internos –motivados por conflictos y desastres naturales– también están presionando aún más las ya saturadas zonas urbanas.
En este siglo XXI el aumento de las temperaturas en las ciudades es una advertencia climática, que obliga a repensar cómo se construyen y se habitan los entornos urbanos. La adaptación al cambio climático requiere en primer lugar acciones técnicas, pero también voluntad política, inversión sostenida y participación ciudadana.










