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El impacto de las guerras en la infancia

En el transcurso de 2024, el mundo ha presenciado un aumento de los conflictos armados, cuyos efectos han recaído sobre los niños y niñas. Según un análisis de Unicef, la situación registra niveles sin precedentes. Se estima que más de 473 millones de chicos viven en zonas afectadas por conflictos, es decir, uno de cada seis menores a nivel mundial. Estas cifras revelan la existencia de una catástrofe silenciosa para toda una generación que está creciendo entre escombros y violencias.

Los derechos de la infancia figuran entre los primeros que se ven sistemáticamente vulnerados en contextos de conflictos armados. Decenas de miles de niños y niñas han sido asesinados, mutilados o víctimas de desplazamientos forzados de sus familias. Además, muchos han sido separados de sus hogares, reclutados por grupos armados o expuestos a violencia sexual. En efecto, según Unicef, los conflictos actuales generan aproximadamente el 80% de todas las necesidades humanitarias en el mundo. Esto se traduce en una interrupción masiva de servicios esenciales como el acceso a agua potable, alimentos y atención médica.

Por otra parte, uno de los efectos más devastadores de la guerra sobre la infancia es la crisis educativa. Más de 52 millones de niños y niñas en zonas de conflicto están actualmente sin escolarizar. Esta situación impide su desarrollo intelectual y social, y perpetúa un ciclo de pobreza y exclusión del que difícilmente podrán salir. En regiones como Gaza, Sudán y Siria, las escuelas han sido destruidas o utilizadas con fines militares, dejando a millones de menores sin un espacio seguro para aprender. En consecuencia, muchos de ellos pierden la oportunidad de educarse y de recuperar un mínimo sentido de normalidad en medio del caos.

Además de la falta de acceso a la educación, los niños en zonas de conflicto enfrentan condiciones sanitarias deplorables. Aproximadamente el 40% de los niños no vacunados en el mundo vive en países afectados por guerras. Esto los hace especialmente vulnerables a enfermedades como el sarampión y la poliomielitis, cuya propagación se ve facilitada por la falta de servicios médicos y las condiciones insalubres en campamentos de desplazados. Por otro lado, la desnutrición infantil alcanza niveles críticos en las regiones afectadas. Y es que la guerra destruye los sistemas alimentarios, obstaculiza la llegada de ayuda humanitaria y obliga a las familias a huir de sus hogares, dejando a millones de niños en riesgo de hambre extrema. En países como Sudán, ya se ha declarado una hambruna, afectando principalmente a la población infantil.

Otro aspecto a tener en cuenta, y que no es menor, es el impacto psicológico de la guerra en los menores. La exposición constante a la violencia, el miedo y la pérdida de seres queridos tiene consecuencias profundas en la salud mental de los niños. Muchos de ellos sufren trastornos de ansiedad, estrés postraumático, insomnio y depresión. De hecho, estos efectos emocionales pueden acompañarlos durante toda su vida, interfiriendo con su capacidad de aprender, relacionarse y desarrollarse como individuos. En este contexto, las guerras no solo destruyen cuerpos, sino también infancias enteras.

Por si fuera poco, la situación se agrava para las niñas y para los menores con discapacidad. Las niñas, en particular, son víctimas frecuentes de violencia sexual y explotación, como ha sucedido en Haití, donde los casos de violencia sexual contra menores se han incrementado, según denuncias distintas organizaciones no gubernamentales. A su vez, los niños con discapacidad enfrentan mayores obstáculos para acceder a la ayuda humanitaria y se encuentran desprotegidos ante la violencia.

Para colmo, y a pesar de esta realidad desgarradora, la atención internacional disminuye. La normalización del sufrimiento infantil en zonas de conflicto es un peligroso precedente que amenaza con invisibilizar a millones de chicos. Es necesario que la comunidad internacional adopte medidas para proteger a los niños y niñas atrapados en medio de los conflictos armados.

Cada niño que muere, que deja de aprender, que pierde a su familia o que vive con miedo, representa un fracaso de la sociedad. Revertir esta situación es una obligación moral ineludible. Como bien señala Unicef, no se debe permitir que una generación entera se convierta en víctima colateral de guerras descontroladas. La comunidad internacional debe sumar esfuerzos y actuar sin demoras.

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