¿Qué es insurgencia educativa?
Frente a la colonización del concepto "educación" se hace necesaria una "insurgencia" que ubique a la educación en el lugar central que debe tener como columna vertebral de un proyecto de país.

Para estar a tono con los tiempos que corren, quienes hablan de "educación" parecieran creer que deben referirse también a "tecnología", y de ser posible a"neurociencia".
La colonización del concepto "educación" por esos significantes implica un triunfo para la cultura neoliberal, en la medida en que establece unas coordenadas que derivan los complejos problemas inherentes al derecho social a cuestiones meramente operativas, o técnicas, muy alejadas de procesos emancipatorios, o de pedagogía crítica.
Se hace necesario, entonces, una "insurgencia" que ubique a la educación en el lugar central que debe tener como columna vertebral de un proyecto de país.
El divorcio entre ambos ocurrió tras la crisis del modelo oligárquico del siglo XIX –para el cual constituyó un engranaje central–, ya que la tensión posterior, debida a que la pugna de modelos iniciada a mediados del siglo XX, también atrapó a la educación.
Son las vertientes nacionales las que encuentran siempre más obstáculos para incluir en las agendas de transformación a los derechos de las mayorías, en tanto las corrientes liberales que expresan el poder, tanto desde lo económico y lo social, como desde lo institucional, encausan la proyección de esos derechos y las agendas en general, según sus intereses.
En nuestra provincia durante los últimos años, pasamos por distintas experiencias, desde administrar el sistema educativo, hasta pretender avanzar –a prueba y error– en su actualización.
Podemos concluir que ambas opciones conducen al mismo destino de divorcio con los objetivos que la comunidad deposita en su sistema de educación: ya sea porque no incluye a todos, porque excluye a la rica diversidad cultural que caracteriza a la provincia, porque no logra vincular a la educación y el trabajo, porque en definitiva no expresa una planificación estratégica que contribuya al desarrollo local y regional.
Por tanto, esto dista de ser un reclamo; la Insurgencia Educativa es en realidad la declaración fundamental de que la educación debe recuperar un lugar material y simbólico sustraído a través de múltiples formas, que operan desde la desfinanciación hasta la manipulación de las conciencias, y la propaganda que "vende" nuevos espejos de colores para una ciudadanía acrítica.
Dejar a la educación en manos de la "política" cuando esto no significa definirla como política pública trascendental, termina por prefigurar dos tipos de modalidades: la más peligrosa del ajuste neoliberal, o la neo desarrollista, que ingresa al sistema a través de planes de obras públicas, para caer en manos de la "innovación" que vincula al mercado con el Estado.
La verdadera alternativa para la educación, dentro de un capital simbo, es poner en marcha una "Campaña de 100 días", en la que entre a la cancha todo el capital simbólico de la Argentina.
Escuela por escuela, barrio por barrio, gobierno y comunidad, la voluntad de la nación está –lo demostró la marcha de hace un año por la financiación de las universidades–; falta definir la orientación.
La insurgencia late en la comunidad, mientras una dirigencia mediocre retrasa las respuestas y posterga la convocatoria ciudadana.
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