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La amnesia del proteccionismo trumpista

La historia se repite con otros nombres: hace casi un siglo, el proteccionismo agravó la Gran Depresión. Hoy, bajo la retórica nacionalista de Trump, Estados Unidos reincide en la guerra comercial, pero el mundo ya no es el mismo: China no deja vacíos y se perfila como el nuevo arquitecto del orden global.

Uno siempre tiende a pensar que su momento es distinto y su contexto es particular. Que los consejos del padre no valen porque el mundo cambió y su experiencia perdió actualidad. Y así va el hijo a tropezar con la misma piedra cegado por una especie de soberbia intergeneracional, pensando que a él no le va a pasar.

En este sentido, la historia vendría a ser como la acumulación de la experiencia de millones de padres que tratan de indicarte donde están las piedras con las que ellos ya tropezaron para que no hagas lo mismo. Sin embargo, allí vamos a repetirnos una y otra vez.

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Trump desató la guerra arancelaria

Esta no es la primera guerra arancelaria iniciada por Estados Unidos

La Gran Depresión de 1929, fue la crisis económica más profunda y devastadora del siglo XX. Aunque su origen inmediato fue el estallido de la burbuja crediticia y bursátil en Estados Unidos, las decisiones posteriores en materia de política comercial agravaron dramáticamente la recesión y arrastraron al mundo entero a una caída sin precedentes. 

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¿Una historia que se repite?

En junio de 1930, el Congreso de la Unión, impulsado por el senador Reed Smoot y el congresista Willis C. Hawley, aprobó una ley arancelaria con la intención de proteger a los agricultores y a la industria nacional frente a la competencia extranjera. Esta legislación incrementó los aranceles sobre más de 900 productos importados, elevándolos a niveles récord para la época. Fue una de las leyes más proteccionistas de la historia moderna estadounidense, y tuvo efectos catastróficos.

Los países afectados —entre ellos aliados importantes como Canadá, Francia y Reino Unido— respondieron con medidas similares, lo que desató una guerra comercial global. Entre 1929 y 1933, el comercio internacional cayó más de un 60%. Las exportaciones e importaciones de Estados Unidos se redujeron alrededor de 40%. Lejos de proteger empleos, la ley destruyó fuentes de trabajo al golpear con dureza a sectores exportadores y agrícolas que dependían de los mercados externos.

Un ingenuo podría imaginar que Smoot y Hawley tenían buenas intenciones y no imaginaron la magnitud del colapso que provocarían. Que estaban defendiendo puestos de trabajo sin dimensionar lo interconectado que estaba el mundo ya en esa época. Pero no fue así.

Más de mil economistas advirtieron por carta que la medida sería contraproducente. Y aun así, el congreso presionó al presidente Herbert Hoover hasta firmarla. Tiempo después, él mismo admitiría que fue un error.

Trump y la repetición de la historia


Fruto de la globalización, en las últimas décadas grandes empresas estadounidenses llevaron sus fábricas a otros puntos del planeta para abaratar costos. Ciudades enteras perdieron sus fábricas, y con ellas, sus empleos. Ese descontento acumulado fue uno de los motores que impulsaron las victorias electorales de Donald Trump. 

Cuando Trump asumió la presidencia, uno de sus principales blancos políticos fue el sistema de comercio internacional. Denunció que Estados Unidos estaba siendo "estafado" por China, México y Europa, y prometió recuperar los empleos industriales perdidos. 

La guerra comercial con China y la suba arancelaria actual responden a una lógica casi idéntica a la de 1930: proteger al trabajador estadounidense, sobre todo en los estados del Rust Belt, donde el proceso de deslocalización industrial había dejado cicatrices profundas y se concentra su electorado duro. 

Pero si a Smoot y Hawley no les funcionó eso de levantar barreras para "proteger puestos de trabajo", mucho menos va a funcionar ahora. No sólo porque el mundo está mucho más interconectado que en la década del treinta, y las trabas al comercio complican cadenas de suministro de las mismas empresas americanas que busca proteger. Sino también porque hoy existe otro país que pacientemente espera el declive de Estados Unidos para tomar su lugar.

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China no deja vacíos y se perfila como el nuevo arquitecto del orden global

Transición hegemónica: la disputa detrás del conflicto

China hoy puede producir casi lo mismo que Estados Unidos, pero más barato. De hecho, gran parte de las marcas que deslocalizaron sus fábricas de Estados Unidos las llevaron allí, Apple por ejemplo. 

Al levantar barreras arancelarias, Estados Unidos solo logra aislarse. Subió los costos de acceso a su mercado para las exportaciones de otros países, pero también lo hizo para su integración en cadenas globales de valor. Se convirtió en un socio más caro y no solo económicamente. 

Al recurrir al proteccionismo, Estados Unidos debilita su credibilidad como arquitecto del sistema multilateral que él mismo creó, y acelera su pérdida de liderazgo. China, por el contrario, no se aísla. Negocia, invierte, lidera proyectos de infraestructura global como la Iniciativa de la Franja y la Ruta, y ocupa los espacios que Estados Unidos deja vacíos.

Es un gesto muy importante que el paladín del libre comercio abandone su dogma. Es como el chico que se enoja porque va perdiendo y se quiere llevar la pelota. "Andá tranquilo que jugamos con la nuestra" dicen los chinos.

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