La parentalidad como deuda: culpas, sacrificios y mandatos
Como padres, dar en exceso o recordar lo resignado para tener una familia es un mensaje que transmite a los hijos la sensación de que su existencia es una deuda que debe ser saldada.

En el complejo universo de las relaciones familiares, algunos padres ejercen la parentalidad no desde el amor y el deseo, sino bajo una lógica de intercambio implícito. Como sostiene el psicoanalista Adrián Liberman, estos padres, muchas veces sin ser plenamente conscientes, transmiten a sus hijos la sensación de que su existencia constituye una deuda que debe ser saldada. Esta dinámica se hace evidente en expresiones directas como: "Yo te di la vida, ¿y vos no podés hacerme este favor?" o en comentarios más sutiles, pero igualmente cargados de significado: "Si no fuera por vos, mi vida sería muy diferente". Incluso frases dichas en tono de broma o con sarcasmo, como: "Al menos podrías darme una alegría, ya que bastante me quitaste", pueden esconder un trasfondo real. Detrás de estas palabras subyace una realidad afectiva más profunda: el hijo no es percibido como el fruto de un deseo genuino, sino como el origen de una pérdida que debe compensar.
Los sacrificios como narrativa de control
Desde la infancia, los hijos pueden captar, incluso sin que se lo digan explícitamente, que no fueron concebidos desde un deseo pleno, sino como resultado de una imposición social, un mandato familiar o, en algunos casos, un accidente. Aun cuando el acto de ser padre fue voluntario y deseado, ciertas circunstancias —como problemas económicos o el nacimiento de un hijo con una condición de salud complicada— pueden transformar ese deseo inicial en resentimiento. En estos casos, el sacrificio se convierte en la narrativa central. Los padres recuerdan constantemente lo que dejaron de hacer, lo que resignaron o lo que perdieron al convertirse en padres. Esta narrativa, lejos de ser inocente, está cargada de expectativas de retribución. Aunque algunos lo expresen de manera directa, como la madre de Oz en la serie El Pingüino, en otros casos el mensaje es más sutil pero igualmente presente: el hijo debe "compensar" la pérdida.
La deuda se cobra en momentos de crisis
Aunque esta lógica de intercambio puede mantenerse implícita durante años, suele manifestarse en momentos de crisis. Cuando un padre atraviesa una viudez, problemas económicos o una etapa de soledad, la expectativa de retribución se vuelve evidente. En estas situaciones, se exige la presencia del hijo, ya sea para que brinde cuidados, apoyo económico o compañía. Un ejemplo ficticio, pero verosímil, ilustra este punto: Damián, un hombre de 35 años, ha construido una vida independiente en otra ciudad. Tras la muerte de su esposo, su madre comienza a recordarle constantemente lo que sacrificó por él: "Yo dejé mi carrera para criarte, ahora que estoy sola, necesito que estés más presente". Este discurso apela al deber y activa un profundo sentimiento de culpa en el hijo, quien siente la presión de regresar a su ciudad natal, aunque eso implique renunciar a sus propios proyectos.

Dar para controlar
En algunas familias, no hace falta que los padres exijan explícitamente una retribución. En su lugar, han creado un sistema en el que, a través de actos constantes de generosidad, el hijo se siente en deuda de manera automática, aunque esta obligación no sea consciente. Estos padres suelen "dar mucho": regalos, educación, oportunidades, apoyo económico. Sin embargo, ese dar no es inocente, sino que genera una deuda simbólica que opera en los vínculos de manera inconsciente. Desde el psicoanálisis, cualquier acto de dar nos coloca en una dinámica simbólica de reciprocidad. Cuando aceptamos algo que el otro nos da gratuitamente, nos sentimos interpelados por una obligación: la de devolver, de alguna forma, lo recibido. Esto no implica necesariamente un intercambio material o inmediato, pero sí inscribe una deuda en el vínculo, ya que, como señaló Lacan, estamos atravesados por el orden simbólico, que establece las reglas de intercambio en las relaciones humanas. En este contexto, aunque los padres no verbalicen sus expectativas, el hijo percibe que no es completamente libre de tomar decisiones que puedan contrariar lo que cree que ellos esperan de él. Así, el amor y el apoyo terminan funcionando, no intencionalmente, como una forma de control.
La paradoja amor y deuda
Independientemente de que los padres demanden explícitamente que sus hijos "paguen" lo recibido, el simple hecho de nacer ya los coloca en deuda. Desde el momento en que ingresan al mundo del lenguaje y lo simbólico, los hijos sienten que deben algo. Incluso si los padres son amorosos y no les exigen nada, ese amor genera en el hijo una sensación de deuda. Paradójicamente, cuanto más amor reciben, mayor puede ser la carga de esa deuda, aun cuando los padres solo deseen su libertad.
¿Cómo romper con este ciclo de culpas y deudas? Quizás el ciclo no pueda romperse por completo, pero sí es posible aliviar la carga de culpa que pesa sobre los hijos, permitiéndoles vivir con mayor libertad. Es responsabilidad de los padres no incrementar esa culpa recordándoles constantemente los sacrificios que hicieron por ellos. Tampoco deberían restringir su libertad llenándolos de regalos y favores que, de manera inconsciente, funcionan como una herramienta de control. Un paso crucial es que los padres reconozcan que sus hijos no son extensiones de sí mismos, sino individuos con deseos propios. El amor parental no debería estar condicionado ni cargado de expectativas. Esto no significa que no puedan desear cosas para sus hijos o pedirles ayuda cuando la necesiten, sino que estas peticiones no deben convertirse en mandatos implícitos ni en mecanismos de culpa. Cuando el apoyo se brinda libremente, sin la carga de la obligación, los hijos pueden responder con mayor generosidad y compromiso. Un hijo que ayuda desde la culpa no lo hace plenamente desde el amor, sino desde una carga afectiva que, con el tiempo, puede generar resentimiento y frustración. A largo plazo, esto erosiona la relación entre padres e hijos, al punto de que es el propio hijo quien termina reprochando a sus padres el haber tenido que sacrificar su vida por ellos. La parentalidad no debería concebirse como un intercambio implícito. Si lo fuera, se asemejaría más a un contrato laboral que a un vínculo afectivo genuino. Ser padre no es un trabajo con una retribución esperada, tampoco puede entenderse como un contrato temporal o una parentalidad "de alquiler".

Construcción de límites saludables
¿Qué pueden hacer los hijos ante esta dinámica? Una clave es trabajar en la construcción de límites. Aprender a decir "no" a ciertas demandas parentales no significa rechazar a los padres, sino priorizar el propio bienestar. También es importante saber rechazar, cuando sea necesario, ciertos obsequios o beneficios que, aunque parezcan expresiones de amor, pueden funcionar como una trampa que refuerza la cadena invisible de la culpa. En algún momento, los hijos deben dejar de esperar recibir constantemente de sus padres. Se trata de aprender a diferenciar cuándo una petición de los padres responde a una necesidad genuina y cuándo es una forma encubierta de control. Decir "no" en estas situaciones no es un acto de ingratitud, sino una manera de preservar la autonomía emocional.
Padres e hijos deben ser conscientes de las dinámicas simbólicas que se activan en cada intercambio. Solo reconociéndolas es posible liberar, en la medida de lo posible, a los vínculos de estas cadenas implícitas de culpa y deuda. Un amor más libre y menos condicionado permitirá relaciones familiares más sanas y auténticas.
(El autor es psicólogo psicoanalista M.P. 777)
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