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A 31 años del adiós a Isaco Abitbol

No es fácil olvidar que el 6 de marzo de 1994 nos dejaba Don Isaco Abitbol, quien partió a los 76 años, víctima de un cáncer intestinal. Junto a Damasio Esquivel se lo puede considerar uno de los artistas más longevos del ámbito chamamecero.

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Tuve el honor de conocerlo a comienzos de la década de los "80, cuando trabajaba junto a Heraclio Pérez en Sadaic. Fue en ese momento cuando entró al recinto y muchos de los presentes no dudaron en acercarse a saludarlo. Casi todos lo reconocían con un solo calificativo: "maestro".

Cuando conversábamos sobre sus grandes éxitos musicales, él, con total humildad, mencionaba "La Calandria". No solo por la trascendencia de esa obra, sino porque me señalaba que los correntinos siempre estamos marcados por el vuelo de los pájaros. Me recordó que, desde finales del siglo XIX, temas como "El Mainunbí", "El Carau" o "La Palomita", entre otros, siempre han sido parte de nuestra identidad.

Recuerdo haberle preguntado sobre sus inicios en la música. Entre risas, me contaba que quizás todo comenzó como una excusa para escapar de las clases de Toledo en la escuela. Recordaba con cariño a una profesora de Música que trataba de enseñarle el Himno Nacional Argentino. También me habló de su familia y del negocio de su padre, "La Liquidadora", que tenía un amplio stock de artículos, aunque sus favoritos siempre fueron los relacionados con la música.

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Cuando venía a Buenos Aires se hospedaba en el hotel Sol y Luna, en el barrio de Constitución. Ahí lo encontraba yo, siempre listo para escuchar sus historias musicales: sobre Chamorro, el Cuarteto Santa Ana, el nacimiento de la revista Iverá, su compadre Cocomarola, y sus temores y decisiones al lanzarse en solitario con sus tríos, cuartetos y quintetos. Aunque no mencionaba a todos los músicos que lo acompañaron, recordaba con cariño a Samuel Claus, El Campiriño Pedro, Valenzuela, los Hermanos Cejas, Repiso, los Zamudio, Úbeda Chávez, Julio Restituto Chapo y Julio Loorman.

Me hablaba también de sus primeras actuaciones en "La Favorita Correntina" en el barrio de La Boca, donde se irradiaban discos de 78 rpm del sello Víctor. No era el único, también recordaba con afecto a Montiel, Ambrosio Miño, Marcos Ramírez, Eustaquio Miño y otros. Fue allí donde, reconociendo el público potencial, germinó la idea de los primeros salones bailables. Recordaba haber actuado en el Salón Yugoslavo, Los Bomberos Voluntarios y el Salón Verdi.

Muchas veces fui testigo de sus actuaciones. Siempre me impresionaba cómo, tan pronto como sonaban sus primeras notas, ya fuera con Gómez Florentín, Roberto Galarza o Pancho Cué, el público quedaba en silencio, observando cada movimiento, cada gesto o comentario que, sin duda, quedarían grabados en sus mejores recuerdos.

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Estando de vacaciones en Puerto Tirol, mi amigo Fermín Ibarra me avisó sobre la delicada situación de Isaco. Fui rápidamente a Corrientes, y al llegar a la terminal de ómnibus supe de su fallecimiento. Mientras hacía la fila para ingresar al velorio, recordé el homenaje que le había rendido a Heraclio Pérez en la Casa del Chaco. Ese homenaje se iba a realizar un sábado, pero cuando me enteré de que también el viernes y sábado se le rendiría homenaje a Isaco en el Teatro San Martín, decidí asistir el viernes, acompañado por Polito Castillo y Marcianita Ávalos. Disfruté profundamente de cada interpretación del Trío Pancho Cué y del conjunto de Héctor Chávez (Gabino, Arias y Héctor). Ese día, en su presencia, se estrenó el tema "El Último Horcón", dedicado a él. Al terminar, le comenté que el sábado también le rendiría homenaje a Heraclio, a lo que Isaco, disculpándose, me dijo que tenía que asistir al suyo. Sin embargo, el sábado apareció de improviso, acompañado por Paquito Úbeda, para estar con su amigo Heraclio.

El Teatro Oficial Juan de Vera abrió sus puertas a las cinco de la mañana para comenzar la ceremonia de su velatorio. Hubo muchos oradores ese día. Recuerdo a Norniella, Pololo Silva y a quien en los días anteriores le había administrado el sacramento de la extremaunción en el Hospital Escuela, Julián Zini. La mayoría coincidía en resaltar su bonhomía, sus peculiares silencios y su inmensa humildad. La Orquesta Folclórica de la Provincia, acompañada por varios ejecutantes de aerófonos, rindió homenaje a Isaco con "Paraje Bandera Bajada", mientras se intercalaba la poesía chamamecera en la voz de Sheman. Cerca de las 11 de la mañana, su cuerpo fue trasladado al Cementerio San Juan Bautista, donde en su capilla se celebró un oficio religioso de despedida.

En el recorrido final desde Corrientes hacia Misiones, por la Ruta 12, fueron muchas las muestras de reconocimiento por parte de su público chamamecero, que tanto le debía por haber expresado el alma musical de su pueblo. En Misiones, el destino final fue El Palacio del Mate, en Rivadavia y Bolívar, donde, además del pueblo que deseaba despedir al gran intérprete, se encontraban sus amigos más cercanos, como Pololo Silva, Beto Silva (quien le brindó su hogar por casi 20 años), Adelio Suárez, los hermanos Cavia, Carlos Báez y muchos otros músicos. Cerca de las 8 de la mañana, el cortejo fúnebre se dirigió al Cementerio de Alvear, donde descansaría para siempre, como él mismo lo había pedido, en su tierra natal.

Uno de los homenajes en vida que más me marcó fue el realizado en Chajarí, y especialmente el 20 de octubre de 1990, cuando se erigió una estatua en su honor en la ciudad de Virasoro. Ese día, con un agradecimiento sincero y sencillo, Isaco expresó: "Señoras, señores y juventud argentina, la verdad es que hoy me siento más chico que una hormiga, pero mi más profundo agradecimiento al pueblo de Virasoro, a Juancito Rodríguez y a las autoridades por permitirme estar junto a ustedes". Siempre se consideró un hombre afortunado por la cantidad de amigos que había cosechado a lo largo de su carrera, y solía decir: "Soy millonario porque tengo tantos amigos".

Isaco falleció y se fue en silencio, como siempre lo hizo, tal como cuando se levantaba diciendo: "Enseguida vuelvo".

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