Crónicas de una provincia del imperio estadounidense
La UE opera en la actualidad como una maquinaria violenta, imponiendo a su ciudadanía una austeridad lunática contra los derechos fundamentales, y optando en el exterior por la guerra y el genocidio.

(Por Marco d"Eramo*) - La Europa carolingia cruje. Impresiona ver cómo los ambiciosos planes de ampliación de la UE (a Ucrania, a Georgia, quizá mañana al europeísimo Tayikistán) van de la mano de la crisis interna de un proyecto basado en el duunvirato de Francia y Alemania, que han sido los pilares de esta Unión desde su nacimiento.
Hace sonreír que la asociación de los países acreedores, que durante más de medio siglo impuso una férrea disciplina crediticia a sus antiguas (solo de nombre) colonias, se denominara el "Club de París". Ahora, el diferencial de la deuda pública francesa respecto a los bonos alemanes es superior al diferencial griego y se acerca al de Italia, respecto a la cual Francia se halla más desindustrializada.

Además, la práctica totalidad de sus antiguas colonias han expulsado a Francia de África: ¿cuánto cuentan las acciones del Grupo de Wagner en el Sahel para explicar el repentino ardor antirruso del muy tambaleante presidente francés Emmanuel Macron, que en 2022 era un correveidile entre París y Moscú para evitar la guerra?
¿Y Alemania? Es la gran derrotada de la guerra ruso-ucraniana, porque ha visto aplastada la línea estratégica perseguida durante más de medio siglo, desde que el entonces canciller alemán Willy Brandt inaugurara la Ostpolitik en 1970. Es como si, a modo de efecto colateral de la guerra ucraniana, Washington hubiera querido volver a realinear a Berlín y sus ambiciones de gran potencia económica, barriendo su eje preferente con China y amputando Alemania de su hinterland estratégico, Rusia: véase el sabotaje del gasoducto Nord Stream II, que los alemanes habían perseguido contra vientos y mareas (del Atlántico Norte). Y vaya que si la han realineado, sumiendo de paso al país en una crisis no solo económica, sino también de proyecto e incluso de doctrina.
Frente a esta crisis, que podríamos llamar la reconfiguración de la marca Europa en el ámbito del imperio estadounidense, merece la pena recapitular algunos de los rasgos más destacados del proyecto europeo.

Entretanto, hay que reconocer una cosa a EEUU y se trata de la mayor deuda que nosotros europeos tenemos con este país: si la potencia estadounidense no hubiera impuesto su desmedida presencia en la escena internacional, alemanes y franceses seguirían, como han hecho durante siglos, causando millones de muertos por un par de casamatas en el Rin y en el Mosela: únicamente tras la destrucción de la II Guerra Mundial, el imponente tamaño de nuestro vecino de ultramar hizo que París y Bonn se dieran cuenta de que "ils ne avaient fait pas le poids", "no habían sido capaces de hacerlo", como se dice en francés.
La toma de conciencia de que eran pesos mosca en el nuevo ring mundial estuvo estrechamente ligada a la Guerra Fría, a la presencia inexpugnable de eeuu en Europa, a las divisiones blindadas soviéticas y a la perspectiva de una batalla «en la llanura avanzada" (expresión muy de moda entonces y que quizá vuelva a estarlo ahora).
No resulta casual que los primeros tratados de una embrionaria unidad europea se remonten a 1948, el año anterior a la creación de la OTAN
Pero esta es tan solo una parte de la historia. La otra es que, mientras las ya no grandes potencias europeas dejaban atrás siglos de discordia y odio precisamente por razones de "no potencia", por esas mismas razones se les impedía cualquier posibilidad de competir con la nación que había surgido como la potencia hegemónica de la II Guerra Mundial.
Entretanto, también a causa de la Guerra Fría, fue EEUU quien empujó activamente a los europeos en pro de una forma de integración económica bajo la égida estadounidense. No resulta casual que los primeros tratados de una embrionaria unidad europea se remonten a 1948, el año anterior a la creación de la OTAN. Y no es precisamente casualidad que los gobernantes que de repente sintieron este arrebato europeísta fueran todos ellos anfitriones de bases militares estadounidenses [1], cuando no de bombas atómicas estadounidenses. En otra época se habría dicho que el imperio ocupante presionaba en pro de una mayor integración de las provincias súbditas a fin de garantizar una mayor cohesión frente al imperio contrario, el soviético.

Fuerzas opuestas
Desde su nacimiento, la integración europea ha estado sometida, por lo tanto, a dos vectores motrices opuestos, uno proveniente de los países que habían dejado de ser potencias, que, uniendo sus fuerzas, pretendían recuperar su presencia en la escena geopolítica, y el otro, que deseaba convertir esa integración objetivamente en una herramienta complementaria de la hegemonía estadounidense, en una especie de corolario de la Alianza del Atlántico Norte. Así pues, desde el principio, asistimos a un régimen de doble verdad.
Una, la verdad de la política concreta, que pretendía mantener el Mercado Común, la Comunidad Económica Europea, la Unión Europea (y todas las demás siglas que esta construcción ha ido tomando poco a poco) en tanto que un gran mercado único fiel a las directrices procedentes del otro lado del Atlántico. La otra, la verdad del discurso oficial europeo, que proclamaba que el proyecto aspiraba a la creación de una especie de EEUU de Europa, de una "gran nación europea" insuflada de "valores europeos" y de "civilización europea" (ambos bastante ridículos cuando se pronunciaban entonces sobre las ruinas de la ii Guerra Mundial y hoy sobre los restos de los migrantes que se dejan ahogar en el Mediterráneo).
El ingreso de Gran Bretaña en 1973 no hizo sino exacerbar esta ambigüedad, precisamente por el peculiar estatuto de este país en el orden de posguerra, que vio la reconstitución de una Commonwealth (exclusivamente blanca), formada por EEUU, el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, pero ahora ya no bajo el liderazgo británico, sino bajo la égida estadounidense, ejemplo clásico de la antigua colonia que se hace cargo del imperio de la antigua potencia colonial: al hilo de la totalidad de los diversos tratados posteriores (UKUSA, 1947), Five Eyes y Echelon en la década de 1960 y de otros horribles acrónimos como AUSCANNZUKUS (Australia, Canadá, Nueva Zelanda, el Reino Unido y EEUU) estos cinco países de la anglosfera se han convertido en realidad en una sola entidad geopolítica y militar.

Esta fue la razón por la que el general Charles De Gaulle –el único político europeo que creía en (o se engañaba a sí mismo sobre) una posible independencia del imperio– se opuso obstinadamente a la entrada del Reino Unido (al que veía como un caballo de Troya estadounidense). Esta entrada se produjo finalmente en 1973, cuando el poder en Francia había pasado a una facción más atlantista de la clase dirigente, personificada por Valéry Giscard d"Estaing (una familia enriquecida por el Banco de Suez y después muy pétainista). De Gaulle tenía razón, al menos a juzgar por la irritación con la que en 2016, casi medio siglo después, EEUU saludó el Brexit, que le privaba de una "cabeza de puente" en la Unión Europea.
Sin la URSS
En todo caso, desde un punto de vista geopolítico, las razones de EEUU para la integración europea parecieron desaparecer con la desintegración de la Unión Soviética. La desaparición del enemigo parecía liberar a las potencias que habían dejado de serlo de la esclavitud de la Guerra Fría y (posiblemente) también de la esclavitud del poder imperial, lo cual les insuflaba la esperanza/ilusión de que, si lograban construir una Europa unida, podrían dejar de ser comparsas en el teatro de la política mundial.
Fue en febrero de 1992 (el año siguiente a la caída de la URSS), cuando se firmó el Tratado de Maastricht, que incluía las correspondientes cláusulas sobre cooperación en los ámbitos de la política, sobre política exterior y sobre seguridad, además de contemplar la unificación judicial. Nacía entonces la "Unión Europea" a tres velocidades (y se eliminaba el adjetivo "económica" del acrónimo): la Unión en sentido amplio, que llegaría a tener veintiocho miembros (ahora veintisiete, debido al Brexit); en su seno, el espacio Schengen, que asegura hoy en teoría, aunque no siempre en la práctica, la libre circulación de personas entre veintitrés de los veintisiete Estados miembro (otros países que no forman parte de la Unión también se han adherido al Tratado de Schengen); y nacía también un espacio de doce países, convertidos después en veinte, que en 2002 adoptaron el euro como moneda común.
El euro no era la camisa de fuerza monetaria soñada por François Mitterrand, sino la prisión monetaria en la que Alemania encerró a los demás países europeos
El nacimiento del euro se formalizó en 1995, uno, como alternativa al dólar y, por lo tanto, como instrumento de independencia política (de hecho, Gran Bretaña nunca quiso participar en la moneda única) y, dos, como medio de contener la prepotencia continental de la recién reunificada Alemania. Como podemos ver hoy, treinta años después, ninguno de esos dos objetivos fue alcanzado:
• (1) el dólar tiene tras de sí no solo la potencia económico-financiera estadounidense, sino también su potencia militar (en cierto sentido, su arsenal atómico es la parte más importante de sus reservas de oro), un poder al que el euro no tenía ni tiene nada que oponer;
• (2) el euro ha aumentado las desigualdades entre los países que se han adherido a él, porque al imponer una moneda única ha revalorizado las monedas débiles y devaluado la fuerte, el marco. De este modo, los bienes producidos por la industria alemana se han vuelto asequibles para clientes que antes no podían permitírselos, y Francia, España e Italia han visto hundirse su industria automovilística y su sector de producción de bienes electrodomésticos: en la década de 1990 se veían muy pocos BMW y Mercedes y Audis por las calles de estos países, mientras que hoy están llenas de ellos, al igual que los hogares rebosan de frigoríficos Miele, lavadoras Bosch y cocinas AEG, etcétera. Retrospectivamente, el euro no era la camisa de fuerza monetaria soñada por François Mitterrand, sino la prisión monetaria en la que Alemania encerró a los demás países europeos.

Ampliaciones ambiciosas
Mientras tanto, como corolario del final de la Guerra Fría, la Unión Europea se ampliaba a pasos agigantados, anexionando los países (felizmente) huérfanos del Comecon y del Pacto de Varsovia, y así en 2004 ingresaron la República Checa, Estonia, Letonia, Lituania, Malta, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia y Hungría, siendo en 2007 el turno de Bulgaria y Rumanía y en 2013 el de Croacia.
Esta ampliación planteaba evidentemente un problema de cohesión e iba en contra de la voluntad, públicamente afirmada, de proceder a una verdadera unión política: cuanto más numerosos y heterogéneos fueran los Estados en términos de cultura, historia y situación económico-social, más difícil sería proceder a una verdadera integración.
Y la integración europea no era poca cosa, como todavía hoy podemos comprobar, y ello no únicamente para las diferentes burguesías y clases dirigentes nacionales, muy reacias a ceder parte de sus poderes locales, lo cual nos invita a recordar que el feudalismo fue la forma más duradera y "resiliente" de localismo y descentralización administrativa, como se dice hoy primorosamente.
El proyecto de defensa común europea, por ejemplo, siempre había chocado y choca todavía hoy con la negativa de Francia a compartir el control de su arsenal atómico con otros Estados (en particular con Alemania); mientras que Alemania siempre se había negado y todavía se niega hoy a proceder a la integración económica para mantener su supremacía basada en una concepción mercantilista de la economía y la sociedad, que mide la potencia mirando la balanza comercial: la libre circulación se limita a las mercancías, pero la libre circulación de capitales ya es bastante problemática, como han demostrado a su costa los extranjeros que querían hacerse con el control de los bancos o las compañías de seguros alemanas.
La integración se topaba y se topa con la venganza del largo plazo sobre el corto plazo. De hecho, ello parece indicar que las pulsiones de separación de las comunidades humanas son eficaces ya en el corto plazo, mientras que las pulsiones en pro de la unión tardan mucho más en manifestarse. Bastaron cuarenta años de separación política para trazar un surco casi infranqueable entre alemanes del Este (Ossi) y alemanes del Oeste (Wessi), mientras que setenta años de mercado común, treinta y cuatro años de unión aduanera y casi veintitrés años de unión monetaria han dejado a Europa más dividida que nunca.
Pero, ¿por qué es tan difícil hacerse europeo?
No es que una mañana de 1948 los dirigentes de Francia, Alemania e Italia se despertaran de repente y borraran de un plumazo siglos, por no decir milenios, de discordias, guerras y odios mutuos. Como decía Fernand Braudel, la larga duración moldea las mentalidades: y no se hizo nada para crear una nueva "mentalidad europea". Hay que admitir que era una misión casi imposible hacer que los "rital" (los italianos, también conocidos como "macaronì" o "Spaghettifresser"), los "boches" (los alemanes para los franceses), los "frog eaters" (los franceses para los ingleses), los "polacken" (los polacos para los alemanes), los "piefke" (los alemanes para los austriacos) se sintieran como un solo pueblo. Sobre todo, porque no se había hecho nada para implicar a los ciudadanos de los distintos países.
Se podría decir que la Unión Europea es la institución más antidemocrática del periodo posterior a la II Guerra Mundial. La introducción del euro fue un acto de despotismo tecnocrático: mientras que históricamente es el Estado el que crea (acuña) la moneda, aquí se decidió que fuera la moneda la que acuñara el Estado sin haber emprendido antes una política económica común para todos los Estados miembros. Pero el autoritarismo de los dirigentes europeos también se aprecia en los detalles más nimios: Bruselas decide con un clic de ordenador que las ostras ya no se venden por docenas (como desde hace siglos), sino por kilos o que los bocadillos en Grecia no deben pesar más de 80 gramos.
Pero si la democracia o, al menos, un régimen republicano electivo, significa que los representantes elegidos deben representar a los votantes como ciudadanos de un Estado (los sicilianos y venecianos votan como italianos, no como sicilianos o venecianos), entonces la Unión Europea nunca ha sido tal, porque durante casi setenta años sus ciudadanos y ciudadanas han seguido sintiéndose belgas, españoles, irlandeses... y nunca han conseguido actuar como europeos: durante los primeros veintidós años, porque no hubo elecciones y luego, durante los cuarenta y cinco años siguientes, porque los habitantes de los distintos países miembros únicamente han votado a una asamblea cuasi decorativa, en el sentido de que proporciona un ornamento de representatividad desprovista de todo poder sustantivo que, por el contrario, se hallaba y se halla en manos de una Comisión, cuyas decisiones el Parlamento tan solo puede ratificar.
Esto por el lado de los representados. Del lado de los representantes, en cambio, nunca ha habido ningún partido europeo, ninguna persona elegida en una lista europea, ninguna campaña electoral europea, sino que siempre se ha tratado tan solo de campañas nacionales, listas nacionales, candidatos nacionales, y nacionales han sido siempre los envites en juego políticamente, habiendo sido siempre, pues, los diputados europeos tan solo delegados locales enviados a una dieta.
Gobiernos, no pueblos
Los sujetos de la Unión Europea han sido siempre únicamente los Estados o, más exactamente, los gobiernos nacionales, nunca un (fantasmático) pueblo europeo: al contrario, se puede decir que los Estados nacionales han remado contra el proyecto europeo llevado a cabo por sus propios gobiernos, precisamente porque este proyecto quitaba prerrogativas a los aparatos que son la columna vertebral de estos Estados.
Esta situación ha producido un sistema similar al de la asamblea de las Naciones Unidas, donde formalmente el voto de Vanuatu (335.000 habitantes y un PIB de 1, 1 millardos de dólares) vale tanto como el de Japón (124 millones de habitantes y un PIB de 4,2 billones de dólares). Y donde, bajo esta pretendida igualdad formal, se estructura un sistema jerárquico similar al de las castas indias, donde en este caso la casta se halla constituida por la nacionalidad. Y en una dimensión todavía más profunda, nunca ha existido un movimiento social de verdadera dimensión y liderazgo europeos: nunca los sindicatos han proclamado una huelga continental, nunca han luchado por reivindicaciones de alcance uniformemente europeo.
En ocasiones la UE se volvió contra sus propios ciudadanos
Y en la misma línea, en ocasiones la Unión Europea se ha vuelto contra sus propios ciudadanos. Hemos tenido al menos dos ejemplos flagrantes de ello. El primero fue el referéndum para aprobar una Constitución europea que, en realidad, estaba pensada más como un Estatuto monárquico otorgado concedido a los pueblos que como una constitución popular.
El referéndum se celebró en 2005. Los franceses y los holandeses votaron en contra [2]. Votaron, por lo tanto, en contra de las normas propuestas en aquel proyecto constitucional. Normas que, sin embargo, fueron sancionadas dos años más tarde por el Tratado de Lisboa en el que se reinsertaron como «enmiendas», entrando así en vigor pese a haber sido rechazadas por dos Estados miembros fundadores.
Aún más flagrante fue el comportamiento de la Unión hacia uno de sus Estados miembros, Grecia, y especialmente hacia los griegos y griegas a quienes la canciller alemana Angela Merkel, en un vergonzoso discurso pronunciado en 2011, describió como "vagos" y, por los tanto, necesitados de disciplina –"vigilados y castigados"– para obligarles a ser más animosos.
Para ello, con el fin de obligarles a honrar una deuda pública fuera de control, se les sometió a la dictadura de la Troika (una tríada formada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional), que prescribió la cura de caballo habitual que el "Club de París" había endilgado a los países deudores durante décadas, una cura caracterizada por una austeridad, unos recortes de gastos y un despido de funcionarios públicos de tal calibre, que impedía cualquier crecimiento económico (y es bien sabido que cualquier empresa solo puede honrar su deuda si crece).
Hubo que hacer pagar a la ciudadanía griega las culpas de sus dirigentes, privándola de atención médica, de educación y de sus pensiones de vejez. Esta amarga medicina se impuso con el método habitual: "o la sopa o la ventana", es decir, amenazando con expulsar a Grecia de la eurozona. Si nos detuviéramos un momento a reflexionar sobre el método utilizado en este caso, nos daríamos cuenta de la naturaleza autoritaria y antidemocrática de la Unión Europea: ¿han visto alguna vez a EEUU amenazar a Luisiana o a cualquier otro estado con su expulsión de la Unión, si no hacía frente a su deuda?
Más vergonzosa aún es la actitud de las distintas izquierdas europeas, principalmente las mediterráneas: ni una sola de ellas se atrevió a expresar su solidaridad con el pueblo griego en 2011, ni uno solo de sus exponentes acudió a Atenas para apoyar a la izquierda griega, sino que todos cruzaron los dedos y tocaron madera, esperando que no corriera la misma suerte Italia, Portugal y, tal vez mañana, Francia.
Por otra parte, la trayectoria de la izquierda europea, en particular la italiana, es curiosa: tras un rechazo inicial de Europa en la década de 1950 por motivaciones esencialmente prosoviéticas, cayeron después en una aceptación supina de la Unión, sustrayéndola a su propio debate interno y entregando cualquier crítica al proyecto europeo a la retórica derechista y soberanista: un proyecto que, por consiguiente, nunca fue criticado por su carácter antidemocrático, por la artificialidad de la unión monetaria, por la falta de un verdadero europeísmo, sino siempre y únicamente en nombre de las prerrogativas nacionales.
Todavía más abominable fue el comportamiento de la Unión Europea en 2015 cuando, para castigar a al pueblo griego por haber llevado al gobierno a un partido de izquierda, Syriza, convirtió en papel mojado el referéndum popular que había rechazado abrumadoramente el diktat de la Troika [3]. Estuve en Grecia durante la campaña del referéndum y las palabras "γράφουμε ιστορία" destacaban en las librerías y en las calles: ese "estamos escribiendo la historia" sigue conmoviendo hoy por la esperanza que expresaba, por la ingenuidad de la fe en la democracia.
Feroces imposiciones
La adhesión total de la Unión Europea al ordoliberalismo alemán, su adoración fanática del concepto de "frugalidad de los Estados" implicaba tácitamente esa ferocidad en las relaciones sociales que está implícita en toda visión neoliberal de la que el ordoliberalismo alemán es sólo una variante. Ferocidad hacia los pensionistas griegos, pero ferocidad aún más macroscópica hacia los migrantes.
¿Qué es, si no una ferocidad sin precedentes, que primero la Unión Europea permita que decenas de miles de seres humanos, mujeres y niños, se ahoguen en el Mediterráneo y luego, a los que se salvan, los encierre en lagers llamados simpáticamente Centros de Internamiento de Extranjeros o en Italia Centri di permanenza temporanea o Centri di permanenza per i rimpatri?
Desde 2014 hasta finales de 2024, el número de personas ahogadas ha ascendido a 30.861, es decir, una media de más de 3000 al año, entre ocho y nueve ahogados al día[4]. Luego nos asombramos de que los alemanes fueran ciegos y sordos ante las deportaciones y matanzas de judíos. Nosotros no estamos ni ciegos ni sordos, porque se nos informa a diario y con todo lujo de detalles de estos asesinatos, que, sin embargo, aceptamos como normales, viéndolos en la televisión mientras cenamos.
Pero lo más revelador es que Europa ni siquiera puede unirse en la ferocidad. Cada Estado tiene que improvisar su propia ferocidad soberanista, con su propio alambre de espino, cada uno con sus propias detenciones preventivas, sus propios planes de deportaciones a Albania y quizá mañana a Somalia (después de que la izquierda italiana ya los hubiera aparcado en Libia): y mira por dónde, por pura casualidad, estos centros de deportación siempre se hallan ubicados en antiguas colonias.
Incluso aquí el espectáculo ofrecido por la llamada izquierda es ridículo, cuando no trágico: la primera visita al extranjero que hizo Keir Starmer, primer ministro del nuevo gobierno laborista británico (el primero tras catorce años de liderazgo conservador), fue para ser aleccionado por la ultraderechista primera ministra italiana Giorgia Meloni sobre cómo deportar migrantes al extranjero para ser «repatriados» (todo pura fachada, dado el fracaso italiano de las deportaciones a Albania precedidas por las deportaciones a Ruanda del anterior gobierno conservador británico).
La desunión sustancial de la Unión Europea se confirmó ulteriormente durante el brote de la Covid-19, cuando cada país procedió por su cuenta, imponiendo sus propias prohibiciones y medidas. Todavía no se puede evaluar el efecto de los 806,9 millardos de euros asignados por la Comisión al Plan de Recuperación y Resiliencia en vigor entre 2021 y 2027. En cambio, hemos podido constatar cómo la parte del plan concerniente a Italia, que aquí denominamos PNR (Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia) y que asciende a 194,4 millardos de euros (122,6 millardos en concepto de préstamos y 71,8 en concepto de subvenciones), ha sido solicitada y luego aceptada por la clase dirigente italiana.
Leyendo la prensa nacional, viendo las tertulias y escuchando las declaraciones de los dirigentes políticos, el asunto del PNRR parece toda una historia de éxito. Todo el mundo se felicita por «haber conseguido arrancar a Europa» una deuda adicional, todo el mundo celebra la subvención como una ganancia inesperada, un maná caído del cielo, igual que hacen los mendigos que han recibido una limosna mayor de la que esperaban.
Fue precisamente la guerra la que desplazó el centro de la toma de decisiones de la Comisión Europea al alto mando de la OTAN
Pero sobre los planes de recuperación y reactivación se abatió el golpe de la guerra de Ucrania. Durante décadas, EEUU había presionado a Europa para que redujera su dependencia energética de Rusia y la aumentara de Estados Unidos, que entretanto se había convertido en el primer productor mundial gracias al gas de esquisto extraído con la tecnología altamente contaminante del fracking.
Además, el cierre, si bien temporal, de las cadenas de suministro disparó la inflación, provocando un estancamiento del consumo y al mismo tiempo la subida de los tipos de interés por parte de los bancos centrales (BCE y Fed) y, por consiguiente, la paralización de las inversiones, lo cual provocó un frenazo tanto de la demanda como de la oferta, que tuvo su epicentro en Alemania para luego extenderse a los países vecinos (gran parte de las empresas del valle del Po trabaja esencialmente para sector el sector de componentes de automoción de la industria automovilística alemana).
Fue precisamente la guerra la que desplazó el centro de la toma de decisiones de la Comisión Europea al alto mando de la OTAN (pensar que en 2019 Macron había dicho que «la OTAN se halla en estado de muerte cerebral»). La UE se ha convertido en la correa de transmisión de la OTAN, cuando no en la rueda de repuesto, respecto a la totalidad de los asuntos esenciales, empezando por el gasto militar y el suministro de armas. La presidenta de la UE, Ursula von der Leyen, y los sucesivos secretarios generales de la OTAN, Jens Stoltenberg y Mark Rutte, compitieron entre sí para ver quién podía prometer más misiles, más tanques, más bombas.
Vista desde fuera, la guerra de Ucrania ha sido un drástico menosprecio de Europa por parte de EEUU, una reafirmación perentoria del imperio y del servilismo europeo. Servilismo que hace risibles, o hipócritas, todas las preguntas desconsoladas y sentidas, oídas una y otra vez: "¿Por qué Europa no tiene una política exterior común?", "¿Por qué no tiene una defensa común?", "¿Por qué no habla con una sola voz (por ejemplo, sobre Gaza)?".
El servilismo de Europa a eeuu nunca ha sido tan claro como en la transición entre los gobiernos de Biden y Trump: precisamente porque los miembros de la Unión Europea se habían sumado con diligencia y entusiasmo a la guerra y le habían prodigado armas, miles de millones y credibilidad política a la misma, se han visto desplazados por el giro de 180 grados que el presidente electo Donald Trump había declarado que daría a la guerra, encontrándose así en la incómoda posición beligerante de quienes es más papista que el papa.
Ya han aparecido las primeras grietas y en la campaña electoral el gobierno alemán ha insinuado con recato que quería "intentar una solución diplomática". En la nueva Guerra Fría, la Unión Europea ha vuelto a ser en un sentido más profundo y decisivo lo que había sido en la primera, es decir, la rueda de repuesto de la OTAN y, en última instancia, de EEUU: la Unión Europea es su antecámara.
Cuando para defender los "valores de Occidente" (algunos de los cuales hemos enumerado más arriba), el imperio, llamado recatadamente "bloque occidental" o más herméticamente "Occidente", quiere separar a un país del bloque contrario y no puede anexionarlo formalmente a la Alianza Atlántica, lo invita a ingresar en la Unión Europea: así se ha intentado para Ucrania, para Georgia y mañana ¿quién sabe? Y esta invitación los países miembros de la Unión Europea la formalizan con celo (no se sabe si meneando el rabo). Pero las antecámaras siempre las guardan los mayordomos.
*Publicado en Micromega
[1] Entonces también Francia albergaba veintinueve bases militares estadounidenses. La última base se abandonó en 1967, después de que el presidente Charles De Gaulle retirara a Francia de la estructura militar integrada de la OTAN.
[2] Es interesante observar que los agricultores franceses, que son uno de los grupos sociales que más se benefician de Europa, también votaron mayoritariamente en contra de la Constitución Europea: lo que demuestra la hostilidad que suscita la Unión incluso en quienes se benefician de ella.
[3] A quienes no vivieron aquellos años hay que recordarles que los representantes de la Troika enviados entonces a Atenas tuvieron que refugiarse en garajes subterráneos para evitar ser linchados por la muchedumbre enfurecida.
[4] Statista, "Number of recorded deaths of migrants in the Mediterranean Sea from 2014 to 2024", 17 de enero de 2025.
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