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Una política ejercida desde la insensibilidad social nos conduce a la catástrofe

Hace unos días el Papa Francisco, refiriéndose a la inhumana y vergonzosa política migratoria del presidente americano Trump, había dicho: "esto termina mal".

En una dura crítica hacia esta política de exclusión tan inhumana, el Papa instó a los obispos de Estados unidos a salir en defensa de los migrantes y a oponerse de manera firme a la consideración de "criminales" a los ciudadanos no americanos por el solo hecho de estar indocumentados.

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Como correlato, el cardenal Rossi, en la ciudad de Córdoba, afirmó en relación a nuestra política doméstica, que el presidente Milei está profundizando cada vez más una práctica del poder caracterizada por la insensibilidad social y que esta, según el cardenal, "no es solo anticristiana, sino también inhumana". Estos conceptos de la iglesia universal dados por el papa Francisco, y en nuestro caso particular por el cardenal Rossi en Argentina, demuestran lo incomodo que le resultan a la iglesia estos lineamentos políticos, de sesgo ultra conservadores y con características cuasi dictatoriales; ya que pareciera, que ni el presidente Trump, ni el presidente Milei, se ajustaran al derecho que impone el marco jurídico institucional de sus respectivos estados. 

Tales lineamentos políticos violentan marcos constitucionales y pactos internacionales, ya que, como es evidente, no es la ley la que prevalece en estos dirigentes a la hora de tomar decisiones que inciden drásticamente en el destino de millones de seres humanos. Pareciera prevalecer, más bien, la arrogancia, soberbia, intolerancia y hasta la insania mental de quienes tienen en sus manos el poder de decidir sobre la vida de tantas personas. Y esto sin un ápice de responsabilidad moral sobre las dolorosas y trágicas consecuencias que implican tales decisiones. 

Se impone como ejercicio del poder, la insensibilidad e indiferencia frente al sufrimiento del otro y de manera cruel y burlesca, se grafican tales decisiones políticas bajo el eufemismo de "motosierra" o "guillotina" como si esto no significara en la realidad, angustia, drama y dolor e incertidumbre para tanta gente.  Lo cierto es que la suerte de una nación y de un pueblo está echada de antemano cuando "lo que se construye es sobre la base de la fuerza y no sobre la base de la verdad de la igual dignidad de todo ser humano".  Decisiones tomadas desde estos parámetros, y no sobre la base del derecho, la dignidad y la libertad de las personas, advierte el Papa Francisco: "comienza mal y termina mal". 

Los argentinos deberíamos tomar nota de estas advertencias porque tenemos, aunque desde realidades diametralmente distintas, acciones políticas que se emparentan demasiado con la política americana, solo que nosotros somos Argentina y Estados unidos es el poder económico y militar imperial más poderoso del planeta. En este sentido, las consecuencias negativas de las políticas equivocadas, en uno y otro lado, son, obviamente, muy distintas.

El ejercicio de una política de la generalización y estigmatización, que es intelectual e ideológicamente muy pobre como concepto, no solo violenta a las masas intentando suprimirlas, sino que pretende imponerse como vía de solución a lo que ellos suponen "el mal de la civilización", simplemente por no coincidir con la construcción de la idea que tienen de la sociedad y del mundo. Desde esa mirada, fundamentalista y unilateral, se pretende construir un progreso humano, económico, social y cultural a costa de la exclusión de los millones que sienten, creen y piensan de una manera diferente. Y la historia, como un deja vu, vuelve a repetirse universalmente y en particular en la Argentina.

En el contexto del nazismo naciente en Europa, todos miraban para el costado porque "la cuestión judía", era un problema y había que encontrarle una solución. La solución fueron los campos de exterminio donde se suprimieron millones de vidas ante la mirada indiferente de Europa, que después cuando se puso en evidencia tamaña aberración salieron a rasgarse las vestiduras, pero ya era demasiado tarde. Millones de niños, ancianos, mujeres, discapacitados, de gente de opciones sexuales diferentes, habían caído bajo el odio homicida del nazismo que aniquiló millones de inocentes simplemente porque creían, pensaban y se expresaban de manera diferente. La misma generalización nos llevó a los argentinos a la noche más oscura de nuestra historia como Nación. La dictadura militar creció y fue avalada bajo la indiferencia cómplice de una sociedad enferma de odio, que miraba impávida como desaparecían y asesinaban personas bajo sus propias narices, justificando tal barbarie con el perverso eufemismo de: "en algo raro debían andar". Ese eufemismo avaló la masacre de inocentes, mujeres torturadas, violadas, jóvenes, niños, líderes sociales e intelectuales, todos, masacrados por un poder militar que fue justificado por una sociedad que miró para el costado avalando con eso la supresión y desaparición de miles de argentinos. Después, como sucedió con la Europa del holocausto, salimos como sociedad a rasgarnos las vestiduras para proclamar ruidosamente nunca más.

¿Nunca más? Si miramos nuestro presente y escuchamos los discursos de odio y de generalizaciones inadmisibles y las políticas de crueldad que anónimamente está masacrando inocentes, pareciera que los argentinos, ya nos hemos olvidado de ese conmovedor nunca más. 

En semejante contexto universal y particular, ¿podemos seguir mirando para el costado y negar el sufrimiento de tantos inocentes? ¿Podemos, como en el caso de la búsqueda de la solución de la cuestión judía, en nuestro caso, avalar la barbarie en ciernes que amenaza a la argentina?, ¿Podemos mirar indiferentes como se cercenan derechos, se aniquilan a los viejos y se vuelve invisible a los más frágiles que no cuentan para la sociedad, discapacitados, indigentes, enfermos oncológicos, entre otros, en nombre de una idea que solo mira el riesgo país, el déficit cero y no el drama real de las personas?; ¿Podrá tanto el odio ideológico, social y racial ante decisiones que están haciendo añicos el futuro de la patria,  destruyendo a destajo, la educación pública la ciencia y la tecnología, y el federalismo, ha quedado reducida solo a una oficina en la calle Balcarce, de la ciudad de Buenos Aires, y a un avión que va y que viene a cada rato Estados unidos?, ¿Qué nos pasó? ¿Cómo ha pasado que todo un país parezca anestesiado? El "Ay Patria mía" de Mariano Moreno, en mi caso, mira con angustia también desde el exilio, como se enriquecen los que aplauden a quien los está volviendo cada vez más ricos, a costa de los pobres y ante una dirigencia servil a la que lo único que le interesa es solo hacer negocios.  

¿Hasta cuándo tendrá que soportar el pueblo, tanta desidia e inmoralidad?  ¿Podremos algún día encontrarnos con la grandeza moral de líderes que por fin escuchen el clamor de los niños inocentes, de los ancianos y de los pobres y desde ese clamor de justicia levantarse y rebelarse en favor de los indefensos?  Está claro que no podemos perder las esperanzas porque Dios mismo siempre abre caminos de esperanza y de restauración. Pero eso no sucederá hasta que nosotros, y especialmente nuestra dirigencia, no cambie.   Esa esperanza esta intacta y queremos creer que germina en el seno de muchos hombres y mujeres argentinas, el deseo de servir verdaderamente al pueblo.

Argentina es la tierra prometida, donde mana leche y miel, y que en el presente no es tal, por el saqueo interno y externo de tantas décadas de administraciones fraudulentas. Creemos que lo nuevo sobrevendrá, no, sin embargo, sin que antes queden expuestas nuestras mentiras, nuestras falsedades y todas nuestras hipocresías. Y no, ciertamente, hasta que cada uno asuma la responsabilidad de su propia maldad. Solo entonces, si nos convertimos y alzamos la voz ante tantas injusticias, luego de un gran purificación como pueblo, podremos renacer como Nación.

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