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Año Jubilar y Año Nuevo

¿Corregiremos los viejos errores para renacer como patria?

Desde tiempos ya casi inmemoriales, la patria se desangra y es como que cada vez se profundiza más el proceso de degradación moral, acentuando de manera progresiva y constante el nivel de descomposición social.

Todos los vínculos que nos definen como una sociedad madura y en proceso de desarrollo, en nuestro caso, están sumamente deteriorados. Se ha roto el pacto social y democrático que, luego del trauma de la dictadura, se había instaurado como un acuerdo innegociable en pro de la salvaguarda de la vida republicana. Tal pacto había logrado trascender, incluso, los ciclos de sucesión del poder de las distintas gestiones que gobernaron la Argentina por más de cuarenta años. Ese acuerdo político, social y democrático ya no existe en el presente, vista la escalada de violencia, con incluso el intento de asesinato de una vicepresidenta, que ha hecho que el diálogo político y social en la actualidad se haya roto.

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Nos enfrentamos hoy a una sociedad fragmentada y enfrentada, que se expresa de este modo en todos los ámbitos de su desenvolvimiento, incluso institucional. La imagen más representativa que ofrecen hoy los tres poderes del Estado es decadente. El Congreso aparece como un lugar de negocios y de facciones enfrentadas, donde lo que menos destaca es la representatividad del pueblo, allí no hay debates que tengan que ver con hacer cumplir las declaraciones, las garantías y los derechos del pueblo; lo que hay es negocio y arreglos para el sostenimiento de privilegios. El Poder Ejecutivo está controlado por un "señor "y una "señora" que se creen dueños absolutos de los destinos de millones de ciudadanos, jugando a ser reyes. El Poder Judicial, bueno, aquí tenemos lo más arcaico de los tres poderes, porque parecen "intocables" y una casta "híper privilegiada", que pareciera que nadie los controla, perpetuados en el poder como ciudadanos de élite y casados con los poderes de turno, al solo fin de sostenerse en sus tronos. El poder así ejercido en la Argentina no garantiza las condiciones más básicas del diálogo y la convivencia democrática. Podríamos conjeturar que hemos llegado a este punto crítico como república por causa de una dirigencia infame, que tanto como oficialismo u oposición, no han sabido conducir los destinos de la Patria por los caminos del progreso y de la madurez democrática.

Así, la ciudadanía cansada hasta el hartazgo, por frustración y desencanto, fue forzada a buscar una alternativa política que pudiera expresarlos como propuesta y eligieron, justamente, la antipolítica. Y eso es lo que sucedió, ya que emerge en el escenario político de estos últimos tiempos, la figura disruptiva de un personaje que de manera inteligente, o quizá solo por casualidad, supo encarnar con su discurso furioso, la furia de un electorado que, cansado en extremo de una dirigencia considerada inútil para cumplir con sus anhelos, fue obligado, de algún modo, a dar un salto mortal cuyas consecuencias ignotas aún hoy no podemos avizorar. Pero esto es solo una de las caras de la moneda, ya que visto el sorprendente giro político que se ha dado en la Argentina, quizá debamos hacer un análisis más profundo acerca del comportamiento del electorado a la hora de elegir a sus representantes. Análisis que demanda una lectura exhaustiva del complejo entramado de la realidad social, cultural, emocional, y hasta tecnológico y científico del contexto en el que suceden las elecciones.

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Cuando analizamos el escenario vital actual, particular y universal en el que se dan estos ejercicios democráticos, no podemos no considerar el proceso acelerado de deshumanización en el que se encuentra la civilización. Las ideologías fundamentalistas que exacerban las ideas, bajo la excusa de ampliación de derechos, y los postulados de la ley de mercado en la que el imperio lo tienen los números y las estadísticas, sin consideración alguna de las personas que padecen estas teorías, deben ser tenidas muy en cuenta. Todo eso unido a un nuevo concepto de humanidad y de vínculos, atravesado todo por el impresionante avance científico y tecnológico que, sin códigos ni ética, está propulsando a la civilización de modo inexorable a la era de la transhumanización, también debe ser tenido muy en cuenta.

Un mundo donde todo está desregulado, moral y jurídicamente, creando un clima de final de tiempos, sin estrategias ni conocimiento cabal acerca de las consecuencias que tendrá un mundo con estas características, tampoco puede ser ignorado a la hora de leer nuestra realidad. En este ambiente vital particular y universal se inserta la Argentina de hoy y el colapso social y moral en el que nos encontramos los argentinos, tiene que ver con esta corriente ideológica de progresismo cruel que, justamente por la pérdida de esos valores fundamentales, se va configurando como una civilización que se caracteriza más por la cultura de la muerte que por la cultura de la vida.

Hay valores que trascienden la cultura, la ciencia y la tecnología y son los pilares en lo que debería afianzarse de manera local y global cualquier sociedad para progresar humana, cultural, espiritual y económicamente.

AÑO JUBILAR

Como civilización, sin embargo, hemos entrado hace rato a un callejón oscuro del que nos costará salir, y cada vez se nos complica más el panorama universal. La Iglesia católica ha decretado este año, como "Año Jubilar" que, tradicionalmente, la Iglesia celebra cada 25 años y se caracteriza por ser un tiempo establecido para renovar una bien fundamentada relación con Dios, con el prójimo y con toda la creación.

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El cometido del año jubilar sería enderezarnos, corregir lo que está mal, renovarnos y comenzar de nuevo. Supone entonces un año en el que todos deberíamos esforzarnos por mejorar. Usando todos los medios disponibles, deberíamos contribuir en la reflexión y en la práctica, para buscar y encontrar caminos de resolución a los graves problemas que nos aquejan como humanidad. Todos los aspectos de la vida humana en este Año Jubilar deberían someterse a un examen de conciencia para ser evaluados y mejorados, para el bien individual y colectivo de toda la creación.

El pueblo de Israel, por no haber renunciado jamás a su fe y a sus valores permanece como un pueblo testigo en la historia, ya que, a pesar de los momentos críticos que le ha tocado vivir, sobrevivió por sobre todos los demás pueblos. Nos deberíamos preguntar ¿por qué? La respuesta quizá tenga que ver con que Israel se mantuvo fiel a la alianza con Dios y con el pueblo. Ese pacto de fidelidad a Dios y fidelidad al pueblo, lo salvó de la dispersión. Es por lo menos sorprendente, desde el punto de vista histórico, que Israel haya sobrevivido a pueblos muchos más organizados y potentes que él, habiendo sido Israel, en tantos tramos de la historia borrado como pueblo.

Papel fundamental tuvieron sus líderes que con mente preclara ejercieron su liderazgo, en esas instancias críticas, con una memoria sagrada a su identidad y a su fe; y con una memoria insoslayable de los líderes del pasado. Inspirado en sus líderes, Israel siempre supo reconocer sus errores, y en las largas etapas del exilio recordaba su pasado, oraba por su presente, aprendiendo de sus fracasos, para discernir de manera inteligente el futuro.

Encontró el método para renacer una y otra vez como pueblo, fiel a su vocación, identidad y misión en la historia. Identidad, memoria, fe, autocrítica y plena conciencia de su misión salvaron a Israel del fracaso como pueblo. Desde este ejemplo podemos identificar nuestro déficit como sociedad: somos un pueblo de frágil memoria; nos damos el lujo de olvidar y banalizar los iconos de nuestra identidad como nación. Cada diez años debemos comenzar nuestra historia desde el punto cero y estamos perdiendo rápidamente la fe de nuestros ancestros, nuestras tradiciones y los valores de nuestra identidad histórica, y nuestro presente es una confusión.

Tenemos poca autocrítica y estamos siempre echando la culpa de nuestros males a otros, y no tenemos, ciertamente, una clara conciencia de nuestro rol en el concierto de las naciones. Pero lo más grave, y que hace muy difícil encontrar una salida, es que nuestros líderes no están conectados como inspiración con los líderes del pasado, viven sin pasión, sin responsabilidad histórica y sin pena ni gloria.

¿Será quizá este Año Jubilar el año del renacimiento para la Argentina?

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