Cartas de lectores
¿No es este, acaso, el hijo de María?
Señor director de NORTE:
Cuando Jesús inició la predicación en la sinagoga de Nazareth, los judíos hacían ese comentario despectivo: "¿No es este acaso el hijo de María?", sin saber que ese Jesús, hijo de un carpintero, y su madre María, serían la base de la Civilización Occidental y la esperanza de Israel, y que en ellos se cumplirían todas las profecías y promesas dadas al pueblo elegido, Israel. Porque el ángel le dijo a María: "Él reinará sobre la casa de Jacob, y su reinado no tendrá fin".
"Cristo Jesús es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, tanto en el cielo como en la tierra, los seres visibles y los invisibles, tronos, dominaciones, principados y potestades; todo fue creado por medio de él y para él. Él existe antes que todas las cosas y todo subsiste en él. Él es también la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia. Él es el principio, el primero que resucitó de entre los muertos, a fin de que tuviera la primacía en todo, porque Dios quiso que en él residiera toda la plenitud. Por él quiso reconciliar consigo todo lo que existe en la tierra y en el cielo, restableciendo la paz por la sangre de su cruz" (Carta de S. Pablo a los cristianos de Colosas, 1,15-20. En este párrafo inspirado de Pablo se oculta el misterio de toda la creación, y los científicos, físicos, matemáticos, biólogos y cosmólogos lo ignoran).
Y la madre de ese Dios hecho hombre se llama María, elegida desde toda la eternidad en el plan del padre. En su seno virginal el verbo eterno se hizo igual que nosotros, en todo, menos en el pecado; se hizo carne humana, entró en el tiempo para rescatarnos del pecado. Pero la trinidad quiso que la madre libremente decidiera participar en el plan. Y al saludo de Gabriel, María respondió: "Soy la servidora del Señor, que se haga en mí, según tu palabra". Eva escuchó a la serpiente y comió el fruto prohibido del árbol de la vida, anteponiendo su voluntad a la voluntad de Dios, con soberbia, sin disponibilidad, sin correspondencia al amor de Dios; y con su "sí" a la serpiente arrastró a Adán y a toda la raza humana al pecado.
María se llama a sí misma esclava del Señor; corresponde al amor de Dios y se dispone totalmente a su voluntad, sin retaceo alguno. El "sí" de María nos rescató de la muerte.
¿Y cuál es el fruto de ese árbol llamado María? Es el verbo encarnado. María es inmaculada, por mérito y obra de su hijo. Ella es toda llena de gracias, y en ella brilla el esplendor de la santidad más excelsa, porque el padre la eligió para ser la madre de su hijo, y mereció ser llamada por la iglesia y los padres de la iglesia, esposa del Espíritu Santo. Ella no fue liberada del pecado original, sino que desde toda la eternidad, fue preservada de todo pecado, por los méritos de su hijo, el verbo hecho carne. "La bienaventurada Virgen María, en el primer instante de su concepción, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, por singular privilegio y gracia de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano" (Papa Pio IX, 08 de Diciembre del año 1854, Bula "Ineffabilis Deus").
Dios le dijo a la serpiente: "Pongo enemistad entre tú y la mujer…", ¿qué mujer? María, cuyo linaje te aplastará la cabeza. Por eso, el eterno enemigo, no podía tener a María, ni por un instante bajo su poder; por razón de su maternidad. La dignidad de ser la madre de Dios exige la plenitud de la gracia; y "la plenitud de la gracia que María recibió desde su concepción es absolutamente incompatible con cualquier falta moral" (Santo Tomás de Aquino).
María fue y es la nueva arca de la alianza que recibió y transportó en su seno al pan del cielo. María fue y es el templo sagrado de Jerusalén, hacia donde todas las naciones tienen vueltos sus ojos, como dice Isaías. María es la madre de Dios, es la madre de la Iglesia, es la madre de los hombres, porque en ella el verbo se hizo carne; porque el verbo encarnado es la cabeza de la Iglesia; porque nosotros somos parte de ese cuerpo místico y porque del hijo y de la madre hemos recibido la vida de la gracia. Jesús, muriendo en la cruz dijo: "He ahí a tu Madre"; y así nos ha dejado como herencia el bien más amado del padre, del hijo y del Espíritu Santo, a María, su madre, nuestra madre.
"La virgen inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de la vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo" (Conc. Vat. II, Lumen Gentium,59).
"Cristo es la primicia de los que duermen", y por la justicia de Dios, el cuerpo inmaculado de la madre de Cristo no podía sufrir la corrupción efecto del pecado, y porque de esa carne tomó el verbo su carne, por eso María está en el cielo en cuerpo y alma. El hijo redentor murió, la madre corredentora también murió. El padre no podía dejar que su santo hijo experimentara la corrupción propia del pecado; y si no convenía al hijo tampoco convenía a la madre, por eso fue resucitada, glorificada, y fue transportada a los cielos en cuerpo y alma. "El padre podía hacerlo; convenía hacerlo; por lo tanto, lo hizo".
Por eso la cabeza del cuerpo, de la Iglesia, el hijo; y la madre del hijo y de su cuerpo, que es la Iglesia, ya reinan en el cielo, como primicias del nuevo cielo y de la nueva tierra que nos esperan para cuando el señor vuelva. Esa es la prueba de que nuestra carne estaba destinada a la salvación; y en Jesús y María ya está salvada y glorificada, sólo faltamos nosotros, su cuerpo, su familia; y hacia allí vamos.
"Señor Jesús, ¿no eras acaso hijo del carpintero? ¿Y tu madre no se llama María? Jesús: "Sí, mi padre adoptivo en la tierra era José, el carpintero; y mi madre era María; ambos poca cosa a los ojos de ustedes, los hombres, pero a los ojos del padre celestial, eran lo máximo. Y a esas dos personas se les confió el fruto de la redención humana en la fragilidad de un niño; a mí, el hijo y ellos, y mis abuelos, mi familia humana. Hoy reinan junto a mí en los cielos, porque un hijo debe amar y honrar a sus padres. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores. Amén.
JORGE ANTONIO GAIT
RESISTENCIA
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