"Las fiestas pueden ser momentos que nos beneficien y nos conecten con los demás"
El fin de año se acerca y es inevitable hablar de encuentro y recuentos, balances, en ese contexto hablamos con el psicólogo sobre el tema.

Benjamín Prieto Piragine (MP 777) estudió psicología en la Universidad Nacional de Córdoba. Ejerce la profesión en Resistencia de forma presencial y virtual. Atiende a jóvenes y adultos, en algunos casos también atiende a niñas y niños o adolescentes pero si llegan acompañados de los padres.
Estamos a una semana del comienzo de las fiestas de fin de año. Cenas del 24 y del 31 de diciembre. Donde en muchos casos se arma lo que en el fútbol es un fixture, donde la agenda va de un lado a otro durante las fiestas. En esta charla telefónica con Benjamín le consultamos sobre las múltiples posibilidades de pasar las fiestas solos, solas o compartir. Para el psicólogo la idea de pasar las fiestas en solitario puede parecer atractiva pero no necesariamente es lo más saludable.
"Las fiestas, en sí misma, pueden ser momentos que nos beneficien y nos conecten con los demás. Pero lo que realmente hace la diferencia, lo que va ser que esta sea una celebración y un momento que nos beneficie a nuestra salud es con quien escogemos compartir estos momentos".
Es importante elegir un lugar
Para Benjamín "es crucial tener en cuenta los lugares y las personas con las que decidimos pasar nuestras fiestas. Si sentimos que una reunión familiar se convertirá en un peso, con preguntas invasivas sobre nuestros logros o fracasos, sobre como terminamos el año, o si percibimos que vamos a ser comparados con otros, puede ser útil reflexionar. Quizás nadie lo haga de manera explícita, pero el ambiente y las expectativas implícitas pueden generar un malestar significativo. Nos encontramos en medio de celebraciones donde los demás se pueden mostrar felices y orgullosos de lo que han alcanzado, mientras uno quizás se siente desdichado por no alcanzar lo que esperaba conseguir".
Un espacio libre de presiones
"Ante esta situación, conviene y es útil realizar un buen balance, para rescatar y valorar lo que si hemos conseguido, de manera de ganar un poco de confianza en el círculo de familiares. Además vale la pena considerar la alternativa, quizás más saludable, de compartir la celebración con amigos o con personas que, en lugar de juzgar o hacer comparaciones, nos brinden un espacio libre de críticas y presiones. Estar rodeados de personas que nos acepten tal como somos, sin medir nuestro éxito en función de estándares ajenos, puede ser una experiencia mucho más enriquecedora", concluye.
Balance de fin de año
Con Benjamín Prieto Piragine hablamos también aquí sobre si tiene o no sentido hacer balance en esta época del año. Para él, la primera palabra que viene es que hacer un balance es algo inevitable.
— Al final de toda experiencia hacer un balance parece inevitable. Ya sea al cierre de un día, de una semana, de una relación, al final de la vida o como ahora, al final del año. Es inevitable encontramos haciendo una evaluación de lo vivido. A veces lo hacemos de forma consciente, otras casi sin darnos cuenta, pero lo cierto es que, al terminar un ciclo, siempre hay un momento de reflexión. Incluso si tratamos de evitarlo, los contextos sociales –como una reunión de fin de año o una conversación casual- nos empujan a hacerlo, transformando ese balance interno en una práctica consciente difícil de eludir.
Lejos de ser una costumbre ocasional, reflexionar sobre lo que fue, evaluar logros y fracasos y proyectar hacia el futuro parece estar profundamente arraigado a nuestra condición humana. El hábito de cerrar ciclos tiene muchas dimensiones, ya sean psicológicas, sociológicas o antropológicas. Desde la necesidad de estructurar nuestra historia personal dándole un sentido lógico y significativo, hasta el impulso por resolver incertidumbres y buscar una sensación de control.
Estas reflexiones nos ayudan a integrar lo vivido y proyectarnos hacia lo que viene, algo que trasciende lo individual y también responde a rituales sociales.
En muchas culturas, el cierre de ciclos como las cosechas o los cambios de estación está acompañado por ceremonias de renovación. De manera similar, vivimos en sociedades que organizan la vida en ciclos marcados por rituales de cierre, como el año nuevo o los aniversarios. Estos momentos no solo ofrecen una oportunidad para reflexionar, sino que también fortalecen los lazos sociales y nos permiten compartir esas experiencias, renovar compromisos y proyectarnos colectivamente.
— En ese contexto, ¿es necesario hacer balances a fin de año?
— Lo que parece claro es que se trata de algo inevitable, ya sea por nuestra constitución psíquica, nuestra historia y/o demandas sociales. Que sea inevitable lo convierte en algo, se podría decir, casi necesario. El verdadero tema está en cómo hacemos ese balance, bajo qué condiciones y con qué actitud enfrentamos ese ejercicio.
— ¿Que se tiene que tener en cuenta para hacer un balance?
— Antes de responder esta pregunta, es importante detenernos a pensar cómo hacemos, en realidad, un balance en nuestras vidas. Lo cierto es que cada uno de nosotros está profundamente influido por el contexto en el que vive y por las narrativas predominantes de su familia y cultura. Por ejemplo, si preguntara: ¿cómo crees que haría su balance de fin de año una persona profundamente religiosa, un fanático de futbol, un empresario o alguien cuya vida gira en torno a tener pareja? Probablemente la respuesta sea diferente para cada caso, pero siempre estará atravesada por aquello que cada persona considera valioso según su marco de referencia.
Así pues, la persona muy católica, podrá evaluar si ha seguido los preceptos de su fe: si asistió a misa, si evito el pecado o si se comportó como un buen "cristiano". Un fanático del futbol medirá su satisfacción en función de los logros de su equipo favorito. En estos casos, el balance no es neutral, está condicionado por los valores y prioridades que cada quien adopta según los marcos simbólicos que lo determinan. Lo interesante es observar cómo se configuran estos marcos.
Desde pequeños, absorbemos las narrativas culturales y familiares que nos rodean, que nos enseñan que significa triunfar, ser feliz o tener éxito. Estas ideas, que en un principio nos son transmitidas, terminan moldeando nuestras metas, deseos y evaluaciones. Con el tiempo, las hacemos propios y las vivimos como si fueran algo absolutamente autentico, cuando en realidad son construcciones simbólicas.
Nuestros balances personales no solo reflejan nuestras experiencias, sino también los valores en nuestra sociedad: aquello que esta premia, castiga o considera digno de ser deseado. Sin embargo, es importante recordar que estos guiones no son universales ni fijos. Lo que hoy consideramos éxito o felicidad no necesariamente era lo mismo en otras épocas ni lo será en otro contexto.
Entendido esto, creo podemos ahora responder a la pregunta sobre lo que hay que tener en cuenta a la hora de hacer un balance. Una de las primeras respuestas es que necesitamos cuestionar los marcos que no determinan. Ampliar nuestra perspectiva nos va a permitir incorporar otras dimensiones, más allá de los esquemas y valores dominantes. Cuando logramos nuestras metas, rara vez nos detenemos a cuestionar nuestros marcos. Por ejemplo, si mi felicidad depende de generar dinero y lo consigo, ¿porque habría de replantearme algo? Sin embargo, concentrarnos únicamente en un aspecto puede llevarnos a descuidar otros. Tal vez, en el camino hacia el éxito profesional, hemos descuidado relaciones significativas, nuestra salud o el tiempo para reflexionar y crecer personalmente.
Por eso, aunque celebrar nuestros logros es fundamental, también lo es contemplar aquello que sacrificamos o dejamos de lado. Del mismo modo, quienes no logran sus metas principales suelen caer en l-a frustración, sin detenerse a valorar lo que, posiblemente, si ha conseguido. Quizá alguien no encontró pareja este año, pero fortaleció amistades, cuido su salud o tuvo un buen desempeño laboral. Estos logros, vistos desde otra perspectiva, son igualmente valiosos, aunque en el momento no se les de la importancia que merecen.
Esto no es "consuelo de tonto"; se trata de una actitud genuina que merece adoptarse a la hora de hacer un balance. Hacer un balance más integral implica valorar distintos aspectos sin abandonar nuestras metas. Se trata de equilibrar nuestras prioridades y reconocer que la vida no puede girar exclusivamente en torno a un único objetivo, ya sea el éxito profesional, la pareja, o incluso el solo crecimiento espiritual. Desde esta perspectiva, el término "balance" cobra su verdadero sentido: encontrar un punto de equilibrio. Solo a través de este ejercicio reflexivo podemos comprender de manera más completa nuestro año, nuestra vida y lo que necesitamos para seguir avanzando con mayor plenitud.
Un aspecto clave al reflexionar sobre nuestros balances y proyecciones es evitar la ilusión de que el cambio de año, por sí solo, transformara nuestra realidad. Es habitual que las personas asocien el fin de un año y el comienzo de otro con la idea de un nuevo comienzo, como si el simple paso del tiempo pudiera garantizar que las cosas serán diferentes. Sentir esa sensación es una de las cosas más atractivas de las fiestas de fin de año. Lamentablemente solo es eso: una sensación.
El cambio de calendario no opera mágicamente sobre nuestras vidas. Para que realmente haya "magia", necesitamos comprometernos con los objetivos para el nuevo año. Las fiestas, los rituales y las resoluciones que solemos plantearnos son estímulos que invitan a la reflexión, pero no sustituyen la acción. Sin medidas concretas, realistas, sin un esfuerzo sostenido, el nuevo año será tan solo una extensión del anterior. Hay una frase que me gusta mucho, que parafrasea a otra frase que escuche en una popular película, que dice: "El mayor truco del diablo fue hacer creer al mundo que el nuevo año será diferente al viejo". Este pensamiento encierra una verdad importante: no basta con desear un cambio sino que hay que construirlo. Es válido aprovechar esta etapa de fiestas y "cierres" para imaginar nuevos proyectos, pero es crucial recordar que el deseo, por sí solo, no asegura nada.

"Hay que dar lugar a las cosas que si construimos"
— ¿Qué hacer con las cosas que nos salieron mal? ¿Con las cosas que podemos sentir como deudas o el hecho de autocastigarnos por algunos fracasos?
— Este sentimiento de culpa y autocastigo no surge de la nada, sino de presiones sociales, conscientes e inconscientes, que moldean como juzgamos nuestros logros y fracasos. El problema, si tenemos en cuenta lo que venimos hablando, está en el marco desde el cual evaluamos nuestras experiencias.
Vivimos en un entorno donde ciertos logros –como los económicos, profesionales o de pareja- son altamente valorados, mientras otros aspectos, como el bienestar emocional, ciertas relaciones personales, el crecimiento interno y/o espiritual, quedan relegados. Este marco, muchas veces severo y limitado, nos lleva a sentirnos insuficientes cuando no alcanzamos aquello que se espera de nosotros, ignorando todo lo demás que, quizás, si hemos conseguido.
Pensemos en esas cenas familiares de fin de año, donde las preguntas giran en torno a si ya nos recibimos en la facultad, si compramos un auto, o encontramos pareja. Este tipo de interrogantes no solo reflejan los valores del entorno, sino que también condicionan (y distorsionan) nuestra percepción del éxito. Si nuestras prioridades no coinciden con las de ese marco, es fácil que el autocastigo aparezca, como si nuestros logros no fueran validos o suficientes.
En una sociedad capitalista, estas dinámicas se acentúan. Los balances personales se convierten en una obsesión por la productividad: ¿qué conseguiste?, ¿cuánto ganaste?, que compraste? Pero rara vez alguien simplemente pregunta: ¿te hizo bien?, Mejoraste tus vínculos?, ¿Aprendiste algo nuevo? Esta mirada nos empuja a ignorar aquello que, muchas veces, realmente podría brindarnos plenitud, reforzando la sensación de fracaso y culpa ante expectativas que, muchas veces, ni siquiera son nuestras.
Creo que lo importante para no dar lugar al autocastigo es cuestionar esos marcos limitados y aprender a valorar los logros desde una perspectiva más integral y personal. No se trata de ignorar los objetivos que no alcanzamos o de rechazar los valores "dominantes", sino de reconocer y dar lugar a aquello que si construimos, incluso si no coincide con lo que los otros consideran valiosos a sus ojos.
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