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Bono demográfico

En las últimas décadas, el debate público estuvo dominado por las principales variables que impulsan el crecimiento de la economía. Y aunque existen razones válidas para que eso siga ocurriendo, muchas veces se pasan por alto las señales que envía la transición demográfica. Se trata de un fenómeno que experimentan todos los países y, por supuesto, también la Argentina. En el caso argentino, esa transición se caracteriza por una disminución en las tasas de natalidad y un aumento en la esperanza de vida.

Las pirámides poblacionales de los países se están transformando. Lo que se observa a nivel global es una caída en los índices de fertilidad y todo indica que muchas naciones, entre ellas la Argentina, llegarán a fin de siglo con sus poblaciones reducidas. Claro que el impacto no será el mismo para todas. Japón, España, Italia, Corea del Sur y Portugal son algunas de las naciones que registran los desplomes más abruptos de este indicador. En estos casos, los expertos anticipan que en los próximos años comenzarán a sentir las consecuencias de un envejecimiento poblacional, con un número creciente de personas adultas mayores y menos trabajadores jóvenes disponibles para sostener el sistema económico y social. Esto se traducirá en una presión considerable sobre los sistemas de bienestar social y servicios públicos.

Si bien la situación de Argentina tiene similitudes con el panorama futuro de esos países, el escenario no es exactamente el mismo. Nuestro país actualmente disfruta del llamado bono demográfico, que es una fase en la que la población en edad de trabajar supera a la de personas dependientes, es decir, niños y adultos mayores. Este fenómeno representa una ventana de oportunidad sin precedentes para impulsar el crecimiento económico y mejorar el bienestar de la población. Sin embargo, para que esta ventaja se traduzca en beneficios tangibles será necesario implementar políticas públicas adecuadas en función de un plan a largo plazo. Para algunos economistas, el bono demográfico argentino, que se estima culminará alrededor de 2035, ofrece una oportunidad única para incrementar la producción y los ingresos per cápita. Con una población activa en ascenso, Argentina podría ver un aumento importante en su productividad, siempre y cuando se tomen medidas efectivas para fomentar el empleo formal y mejorar la calidad de la fuerza laboral a través de inversiones en educación y salud. El problema es que la alta informalidad laboral y las preocupantes tasas de desempleo y pobreza son realidades que limitan las posibilidades de aprovechar este bono. Si a eso se añade una falta de políticas que promuevan un mercado laboral inclusivo y competitivo, el resultado a obtener es que el país deje pasar esta única oportunidad y no logre capitalizar este momento demográfico. Debe tenerse en cuenta, por otro lado, que la creciente informalidad no solo afecta la calidad de vida de los trabajadores, sino que también erosiona la base fiscal, que limita los recursos disponibles para políticas públicas necesarias.

Además, a medida que la población envejece, se intensifican los desafíos relacionados con el sistema de seguridad social. La transición demográfica que experimentan las distintas regiones del país requiere una estrategia que beneficie a todos, no solo a un sector de la población. Los expertos advierten sobre la urgencia de actuar sin demoras. Cada año que pasa sin una respuesta clara a estos desafíos nos aleja más de las posibilidades que ofrece el bono demográfico. Es fundamental que se desarrollen e implementen políticas públicas integrales que no solo aborden las necesidades actuales, sino que también preparen el camino para un futuro mejor para todos. Estamos frente a un asunto que debería ocupar un lugar destacado en la agenda pública.  En 1914, la mitad de la población argentina tenía hasta 20 años y la de 60 años y más representaba apenas el 4%. En la actualidad, la edad mediana de los argentinos alcanza los 30 años, mientras que la población de 60 años y más asciende a 14,3%. Según los especialistas, debido a que el fin del bono demográfico está cada vez más cerca, urge comenzar a diseñar políticas públicas para atenuar el impacto en una sociedad que, para entonces, tendrá tasas de dependencia más altas. Pero mientras tanto, atravesamos un período con más habitantes en el segmento de población económicamente activa. Es de esperar, entonces, que no se desaproveche esta ventaja para apuntalar la economía y sentar las bases de un desarrollo con más inclusión.

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