Hay clásico para rato
La confrontación electoral entre Leandro Zdero y Jorge Capitanich se transformó en un clásico de la política provincial. Comenzó con los intentos del radical de llegar a la intendencia de Resistencia, que en 2015 los enfrentó directamente.
Fue una campaña en la que se pegaron duro, con un debate caliente entre ambos y un desenlace que fue favorable para el peronista, que dejaba la gobernación y "bajaba" a pelear la capital. Capitanich ya había tenido en 2011 la reelección inmediata que le permitía la Constitución de Chaco, y se vio obligado cuatro años después a dejarle el turno a Domingo Peppo, un delfín que no lo iba a ser tanto.
A Zdero aquella derrota lo frustró pero también le dio chapa de figura de peso. Quedó segundo, unos pocos puntos debajo de un Capitanich que venía de acumular poder en dos gobernaciones consecutivas, y que había llevado adelante la campaña con todas las ventajas que eso representa en una provincia como el Chaco y con una manera de ejercer el poder como la que impera en la Argentina.

Aquella batalla dejó entre ambos una rivalidad que trascendería las urnas, aun cuando hoy más de uno especula con la posible existencia de un acuerdo mutuo dirigido a ponerle límites a los cruces y las estrategias de posicionamiento. Una especie de reglamento invisible que dibuja las líneas blancas de la cancha en que se juega cada partido. Pero es solo parte de una de las tantas leyendas urbanas inconfirmables de la política.
CALENTANDO MOTORES
Lo de 2023 es reciente y lo recuerda todo el mundo. Capitanich se lanzó a la búsqueda de un cuarto mandato. Parecía un simple trámite, y el coquismo lo vivió así desde antes de que comenzara el año. Más aún porque el radicalismo, la principal oposición local, perfilaba una fisura interna importante, que acabaría plasmándose en dos precandidaturas inconciliables, la de Juan Carlos Polini -por el sector de Ángel Rozas- y la de Zdero.
También por este lado el resultado parecía cantado. Detrás de Polini se encolumnaba la parte mayoritaria de la estructura radical. Su triunfo era "la lógica". Hasta los amigos le decían a Zdero que se bajara del sueño de la gobernación y aceptara ser, otra vez, el candidato de Juntos para el Cambio en Resistencia, donde la caída de Gustavo Martínez -que terminaría ubicando a su esposa, Elida Cuesta, como aspirante a sucederlo- era fácil de predecir. Pero dijo que no, y ganó la interna. Había sido una apuesta a todo o nada que le salió bien y le dio un envión determinante para la pelea final. Ya no era ni el muchacho que llegaba a la Legislatura con el padrinazgo de aquel Rozas todopoderoso ni el dirigente que luego se mantendría bajo la sombra del cuarto de hora de Aída Ayala.
LA GRAN FINAL
La campaña tuvo una temperatura más elevada que lo habitual. Sobre todo porque el peronismo, o por lo menos una parte de él, comenzó a intuir que perder era posible. El caso Cecilia, además, había expuesto todo lo que el Chaco era y no se admitía en los discursos y las comunicaciones oficiales. Un ejercicio del poder, una manera de construirlo y consolidarlo, que había llegado a extremos asombrosos de degradación.
En los debates televisivos obligatorios, los dos se dispararon con armas pesadas, sin omitir descalificaciones personales y algunas sobreactuaciones. La polarización era fortísima, y quedaba claro que había grandes posibilidades -por eso mismo- de que la elección se definiera en primera vuelta, sin necesidad de balotaje. Fue lo que sucedió. Finalmente, Zdero se tomaba revancha de aquel 2015, pero en un partido mucho más importante.
Pese a los ataques recíprocos en los meses previos, en la noche de los comicios, ya con el cuarto mandato convertido en un sueño roto, Capitanich tuvo un buen gesto. En un mensaje en el que reconoció la victoria de su adversario, esbozó una autocrítica y habló de instrumentar una "transición responsable" con su vencedor.
MÁS DE LO MENOS
Por supuesto que las buenas maneras duraron poco. Hubo nombramientos de nuevo personal a días del cambio de mando, acomodos de funcionarios salientes, la nueva administración denunció un estado crítico de las finanzas dejadas por la gestión kirchnerista. El coquismo, a su vez, atribuyó todo a un interés del nuevo oficialismo por victimizarse para tapar limitaciones propias frente a la crisis. Es decir, el regreso -sin demasiado tiempo de espera- a la convivencia política horrible de siempre. Desde entonces, las cosas no mejoraron. Lo que sucedió semanas atrás en la Legislatura con el "crédito energético" lo dejó bien graficado.
La cuestión es que todo indica que Zdero y Capitanich serán los dos principales referentes de la política provincial por bastante tiempo más. Ambos son jóvenes para estos asuntos. El gobernador actual cumplió 53 años en enero y su antecesor llegará a los 60 en noviembre. Y ni a uno ni a otro les aparecen en el horizonte contrincantes internos que hagan pensar que podrían perder la manija de sus respectivas fuerzas. Zdero, porque está iniciando un camino en el poder al que llegó, como vimos antes, sin contraer deudas políticas notorias. Al menos no dentro del Chaco. Debería irle bastante mal en su gestión como para no poder extender su permanencia en la Casa de Gobierno hasta 2031.
Capitanich también tiene la ruta bastante despejada. Aunque en los últimos años -y mucho más luego de la derrota de 2023- crecieron las voces peronistas críticas para con él, nadie de su sector se atreve a subirse al ring. Por eso hay un acuerdo tácito para permitirle que el año que viene encabece la lista de candidatos al Senado, lo que -salvo una catástrofe- le permitiría estar en el Congreso hasta... 2031.
Diferente sucede con la candidatura a la gobernación de 2027. Para esa carrera, en el justicialismo sí se anotan varios. Pero ¿se animarán a mantener sus aspiraciones si Capitanich decide en ese momento volver a intentarlo?
No significa, para ninguno de los dos, que las opciones más probables sean las que van a suceder. La historia está llena -también la del Chaco- de hombres y mujeres que tuvieron que guardar sacos sin estrenar, después de habérselos probado por mucho tiempo. Decía alguien que el mañana nunca es la repetición del presente, y cuánta razón tenía.
Mientras tanto, da toda la impresión de que tendremos este clásico político hegemonizando la agenda provincial. No está ni bien ni mal. Lo que está mal es que es la provincia del 72% de pobreza, donde la mitad de los chicos pasa hambre y en la cual los índices de calidad educativa han venido figurando entre los peores. Lo que estaría bien es que los liderazgos no sirvan solo para inflar los egos, algo intrínseco a los periplos del poder, sino también para cambiar todo aquello que duele y devolver a los ciudadanos parte, al menos, de todo lo que vienen dando y perdiendo.
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