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Consensos básicos

"La política no crea las pasiones ni los odios humanos. Tampoco tiene la culpa de las catástrofes naturales o de las recesiones económicas, pero puede agudizarlas o mitigarlas. Ahí sí que la política cambia las cosas", advierte el profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Cambridge, David Runciman, en su libro "Política". La observación del politólogo, que bien puede aplicarse al actual momento que vive la Argentina, está acompañada de otra sugerencia: "la política debe preservar la paz".

En un contexto de implementación de fuertes reformas estructurales no es aconsejable alentar la confrontación permanente y, menos aún, alimentar enfrentamientos extremos en la arena política. En el mejor de los casos, esa estrategia puede servir para victorias pírricas. Al menos ese no fue el camino elegido por figuras políticas que, en distintos períodos históricos, entendieron que el   consenso es vital para la gobernabilidad, ya que los acuerdos contribuyen a la legitimidad de los gobiernos. En la Antigua Roma existía una carrera política o escalafón de responsabilidades públicas que servía, entre otras cosas, para entender cómo funciona la administración de los asuntos públicos.

En febrero pasado, en un debate que se dio en el marco del tratamiento de la denominada "ley ómnibus" en la Cámara de Diputados de la Nación, el presidente del bloque Hacemos Coalición Federal, Miguel Ángel Pichetto, pidió al oficialismo un mínimo de flexibilidad para lograr acuerdos sobre algunos puntos de la controvertida ley y, de esa manera, evitar el rechazo. "Les encanta seguir perdiendo", sostuvo el veterano legislador. En esa oportunidad, algunos hicieron notar que La Libertad Avanza estaba pagando el costo de no haber dado los pasos necesarios en la carrera política y recordaron que el "Cursus Honorum" de los romanos que establecía un orden jerárquico para el acceso a las magistraturas públicas no había sido el capricho de un trasnochado, sino la necesidad de asegurar que los cargos de importancia debían ser ocupados en un orden específico, permitiendo a los ciudadanos romanos adquirir experiencia en administración y liderazgo. Además, el cursus honorum estaba diseñado para que los candidatos acumularan prestigio y reputación a lo largo de su carrera. La estructura jerárquica aseguraba que sólo aquellos con suficiente experiencia y apoyo social pudieran alcanzar los niveles más altos del poder político.

Entonces, si lo que se busca es impulsar una profunda transformación en áreas que tienen un fuerte impacto en la vida de los ciudadanos, lo que se necesita es dialogar, debatir, negociar y lograr acuerdos. A modo de ejemplo se puede citar el caso de los políticos israelíes que en la década del 80 llegaron a acuerdos básicos para controlar la suba de precios que en esos años golpeó con dureza al país. En esa época la economía israelí sufrió una hiperinflación de más del 400 % anual y luego, entre 2001 y 2003, el país sufrió una profunda crisis económica. Pero logró controlar la suba generalizada de precios a través de un proceso de reformas económicas que, con pequeñas variables, dura hasta hoy. Básicamente, el programa económico tuvo tres partes: medidas para lograr una reducción del déficit fiscal; asistencia con préstamos del Tesoro de Estados Unidos y un acuerdo de precios y salarios. En ese contexto, fue clave el acuerdo al que llegaron la oposición y el oficialismo para aplicar el programa antiinflacionario, y algo similar ocurrió entre empleadores y trabajadores. El resultado: Israel redujo el déficit y logró hacer un plan que permitió una baja de precios en poco tiempo. El programa, vale recordar, incluyó un control de precios como una medida de corto plazo. Según Michael Bruno, el economista israelí que diseñó el plan de estabilización, las políticas para tranquilizar la economía debían ser de largo plazo y afianzarse cada día con el consenso de todos los sectores. No es un camino fácil de transitar, pero es el más seguro.

Volviendo a la frase con la que comienza esta columna, se debe tener en claro que la política debe trabajar para la paz social. Cuando diferentes sectores de la sociedad se sienten representados en el proceso de toma de decisiones, se fomenta una mayor participación ciudadana y se fortalece la confianza en las instituciones. Esto es especialmente relevante en contextos democráticos, donde la inclusión y el respeto por los derechos básicos son fundamentales.

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