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Convivencia en las ciudades

La convivencia en ciudades que experimentan un crecimiento no planificado enfrenta múltiples desafíos que afectan tanto la calidad de vida de sus habitantes.

El aumento de los índices de pobreza que se registró en las grandes áreas metropolitanas obliga a invertir en infraestructura que garantice el acceso equitativo a servicios básicos y espacios públicos.

Según las mediciones realizadas por el Observatorio de la Deuda Social, que depende de la Universidad Católica Argentina, el 54,9% de la población del país vive por debajo de la línea de pobreza. En el Gran Resistencia, la cifra asciende a un preocupante 79,5 por ciento. En este último caso, si se permite la comparación, es como si en una familia conformada por diez personas que viven bajo un mismo techo sólo dos tienen recursos para atravesar los días sin mayores sobresaltos, mientras que los ocho restantes se mueven bajo las reglas de la supervivencia. Si aceptamos que la familia es la primera escuela de socialización, donde se transmiten valores, normas de convivencia y se desarrolla la personalidad de los individuos y que es en ese entorno donde los miembros aprenden a relacionarse, a gestionar emociones y a construir su identidad entonces cabe preguntar qué pasa cuando ese proceso se ve afectado por un empobrecimiento generalizado del grupo.

En Europa, a lo largo del siglo XVIII, las incipientes sociedades industriales tuvieron que lidiar con los problemas generados por el fuerte crecimiento demográfico. En ciudades como Londres, París o Viena la mayoría de la población padecía la falta de agua potable en las viviendas, el vertido de las aguas negras en las calles y la falta de espacios públicos adecuados para una convivencia razonable. Estos problemas pusieron de manifiesto que aquel desarrollo industrial y económico no fue acompañado de las reformas sociales y de infraestructura necesarias para hacer frente al crecimiento demográfico. Las ciudades se vieron desbordadas, con graves carencias en servicios básicos y hacinamiento, generando problemas de salubridad y convivencia que tardarían décadas en resolverse. Si bien la situación actual de nuestras ciudades es muy diferente en muchos aspectos, el creciente drama de la pobreza que golpea a buena parte de la población impone la necesidad de pensar alternativas para resolver los principales problemas que afectan al conjunto de la comunidad. En ese sentido, una opción válida es la de incluir a la ciudadanía en los procesos de planificación para asegurar que las necesidades de todos los sectores de la población sean consideradas. 

Por otra parte, será necesario implementar políticas que promuevan la integración social y económica, evitando la formación de guetos y barrios marginales. También es fundamental la creación y mejora de espacios públicos para promover la interacción social y la cohesión comunitaria. Espacios bien diseñados, como parques y plazas, pueden servir como puntos de encuentro para los vecinos que viven en distintas zonas de una ciudad. Y así como es necesario garantizar que la infraestructura y los servicios básicos se desarrollen de manera equitativa en toda la ciudad (acceso a agua potable, saneamiento, educación y atención médica, especialmente en áreas marginadas), también es importante promover el trabajo en red entre diferentes organizaciones y sectores de la sociedad, lo que implica la participación y colaboración entre gobiernos locales, organizaciones no gubernamentales y la comunidad para abordar problemas más urgentes. 

Ciudades de distintas partes del mundo se plantearon la necesidad de hacer frente a los desafíos que plantea la integración social con distintas medidas que, a largo plazo, dieron buenos resultados. Se pueden citar los casos de Barcelona, en España, donde se trabajó en la promoción de un enfoque intercultural con el fin de prevenir la discriminación y mejorar la cohesión social, integrando a diferentes grupos en la planificación urbana y la gestión de servicios. En Melbourne, Australia, en tanto, la ciudad eligió el camino de la promoción de encuentros culturales y festivales para facilitar la integración de los distintos grupos en la comunidad. En San Pablo, Brasil, la integración se facilitó a través de políticas públicas que alientan la participación de diferentes comunidades en la vida urbana y el acceso a servicios básicos. En Copenhague, Dinamarca, se impulsó un modelo de integración centrado en espacios públicos inclusivos donde se fomenta la interacción entre diferentes grupos culturales. Estos ejemplos y estrategias demuestran que, con un enfoque adecuado, las ciudades pueden ser espacios donde la buena convivencia es posible.

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