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La democracia en América Latina

Los acontecimientos del pasado miércoles en Bolivia pusieron al país del altiplano en el centro de la atención internacional. El intento de golpe de una facción militar contra el gobierno de Luis Arce, aunque fue rápidamente frustrado, subraya la importancia de proteger y fortalecer los pilares de la democracia en la región.

Es importante recordar que la fisonomía política de América Latina ha experimentado importantes transformaciones en los últimos 40 años. Es por eso que, en lugar de los tradicionales golpes militares, la región enfrenta en la actualidad formas más sutiles y peligrosas de desestabilización que buscan erosionar desde dentro las instituciones democráticas. En ese sentido, hay que decir que la comunidad internacional juega un papel clave en este escenario, imponiendo presión y estableciendo estándares que hacen cada vez más difícil para los golpistas sostenerse en el poder.

En rigor, los golpes de Estado ya no encuentran un terreno fértil en una región que, si bien todavía padece desigualdades y tensiones sociales, ha evolucionado hacia un mayor fortalecimiento de los mecanismos democráticos. Los militares, es cierto, alguna una vez pretendieron asumir el rol de árbitros de la política en tiempos de crisis, pero ahora se ven presionados a regresar a sus cuarteles, conscientes de que su legitimidad y rol institucional se ven comprometidos si interfieren directamente en los asuntos políticos. El arresto del ex comandante del ejército boliviano, Juan José Zúñiga, en el mismo día de su levantamiento contra la institucionalidad democrática, envía un mensaje claro y contundente: en el nuevo panorama latinoamericano, las acciones antidemocráticas tienen costos visibles y deben ser enfrentadas con determinación y responsabilidad. Esto no solo fortalece el estado de derecho, sino que también promueve una cultura de respeto por las normas democráticas que son fundamentales para el progreso y la estabilidad de los países de la región. En este siglo XXI es necesario que los líderes políticos y civiles en América Latina continúen fortaleciendo las instituciones democráticas, asegurando que las fuerzas armadas cumplan su papel constitucional de defensa de la soberanía de sus respectivos países y no de intervención en la política. La gobernanza democrática y la sucesión pacífica del poder no son logros que permanecen inalterables, sino que forman parte de un proceso en evolución que requiere un monitoreo constante y un firme compromiso con valores compartidos de justicia, transparencia y participación ciudadana.

Cabe recordar, por otra parte, que el intento de golpe de Estado en Brasil, ocurrido en enero del año pasado, desencadenó en ese momento una ola de condenas internacionales y llamados a la defensa de la democracia en la región. Líderes de América Latina, Estados Unidos y la Unión Europea manifestaron su repudio ante los violentos acontecimientos perpetrados por seguidores del expresidente Jair Bolsonaro. Ese asalto, que incluyó la ocupación de las sedes de los tres poderes del Estado brasileño, llegó a ser comparado con el ataque al Capitolio de Estados Unidos ocurrido también en enero, pero de 2021, evidenciando el peligroso ascenso del extremismo antidemocrático tanto en el sur como en el norte del continente. En esa ocasión, los presidentes Pedro Sánchez de España, Emanuel Macron de Francia, Gustavo Petro de Colombia, Alberto Fernández de Argentina y Gabriel Boric de Chile, entre otros, se unieron a las voces de condena, subrayando la gravedad institucional del intento golpista en Brasil. En términos simbólicos, los hechos ocurridos en el gigante sudamericano y en Bolivia, ponen de relieve la urgente necesidad de fortalecer las democracias en América Latina. La resistencia contra intentos de golpes de Estado debe ser firme y unificada, demostrando que las aspiraciones democráticas de toda la ciudadanía no pueden ni deben quedar comprometidas por intereses individuales o grupales. Solo a través del compromiso colectivo con la democracia podremos construir sociedades más justas, inclusivas y prósperas en América Latina, una región que, vale recordar, no es la más pobre del mundo, pero sí la más desigual.

En nuestro país, afortunadamente, hace más de cuatro décadas que la sociedad eligió rechazar la violencia y las prácticas autoritarias para vivir en paz.  Es necesario continuar por esa senda, sabiendo que es necesario llegar a acuerdos y sumar esfuerzos para que una diversidad de voces tenga oportunidades de expresarse con el objetivo de contribuir al bien de toda la sociedad.

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