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Cuando el sol empieza a caer

Autora: Liliana Allami. Editorial: Moglia Ediciones, Corrientes Capital.

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La escritora Liliana Allami junto a Viviana Rosenzwit, directora de la Colección Ojo Lector.

Durante la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la Colección Ojo Lector que dirige Viviana Rosenzwit para Moglia Ediciones de Corrientes Capital, lanzó un nuevo libro de cuentos: Cuando el sol empieza a caer de Liliana Allami. 

Se presentó con mucho éxito en el stand de la provincia de Corrientes, donde la autora conversó sobre el proceso de escritura, la cocina del escritor y específicamente sobre sus cuentos junto a Viviana Rosenzwit. Una hermosa velada con la coordinación general de Ramón Alfredo Blanco quien al finalizar les entregó un diploma conmemorativo de regalo. 

Con toques de humor y una mirada filosa, Liliana Allami indaga con sensibilidad en el corazón de las protagonistas de los relatos. Una mujer casada, inmersa junto a su pareja en el encierro que impone la pandemia; otra que, sin resignarse a renunciar al amor, busca abrigo en el baile; también quien, ante una cruel verdad, ve desmoronarse más que nunca su frágil equilibrio; la que, frente a un premio que había deseado siempre, duda, de repente de su propia identidad; por último, otra mujer que intenta seguir su camino entre cristales rotos.

Con una prosa en la que conviven la risa y el llanto, estos cinco relatos que hablan de amor, de ilusiones, de traiciones y de desencantos, vuelven a estas mujeres absolutamente cercanas y reconocibles. 

Liliana Allami nació en la ciudad de Buenos Aires (Argentina), donde reside actualmente. Es Licenciada en Química y se desempeñó como docente en la Universidad de Buenos Aires. Publicó los libros de cuentos Para mí que fue por eso (GEL, 1997); Un impulso escondido (GEL, 2001); Eso sin nombre (Alción, 2004); Novia que te veamos (Alción, 2008), distinguido por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; La vuelta del deseo (Vinciguerra, 2013), Segundo Premio de Literatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires bienio 2012-2013; Tres cuentos (Vinciguerra, 2016); Las cosas de fondo, premiado en el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2016, publicado en México, y Los que están solos (Colección Ojo Lector, Moglia Ediciones, 2021). Sus cuentos fueron incluidos en diversas antologías, tanto en el país como en el exterior. 

Su novela El verbo justo (Vinciguerra, 2016), obtuvo el Premio Único del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en la categoría novela inédita, bienio 2010-2011. 

A continuación, compartimos un fragmento de uno de los cuentos. 

Una lluvia de cenizas 

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Liliana Allami.

Acabo de desearle feliz cumpleaños a una muerta. Cosas de las redes. Facebook avisa y yo, por ganarme un amigo, busco y escribo en su biografía sobre un cartel de colores brillantes Que la pases muy lindo en tu día. Contenta, paso al siguiente amigo de la lista y hago más o menos lo mismo. Enseguida, un mensaje. Es del hermano de la muerta. Me agradece el haberla recordado –murió hace un par de años–, que no cerró su Face, que allí hay mucho de ella y yo digo lo siento porque en verdad lamento el dolor del hermano, pero aún más lamento mi manotón de ahogada para aferrarme al mundo del afuera y evitar que me trague este confinamiento. El gracias del hermano derrite un poco el hielo que, últimamente, cubre mi corazón. Me lo imagino allí, también encerrado entre las cuatro paredes de su casa –la pandemia avanza, no hay caso, no hay forma de atajarla– abrazado a la memoria de su hermana, más que nunca encendidas las velas del recuerdo porque la fecha trae postales de tortas cubiertas en mazapán. En ese día nublado para él –el sol de la calle no alcanza a calentar sus sombras– vaya a saber por qué aún atento a las redes de su hermana, agradece el mensaje de quien, él cree, la ha conocido y también la extraña. Ruego que no me pregunte qué fue lo que nos unía. Ruego también, que esta manera de empezar el día no sea un mal presagio. A ver si mi saludo despabila a la muerta, tira de la soga y me lleva con ella. 

….. 

En nuestro departamento hay dos ventanales más un panel por donde el baño se ventila, más la ventana de la cocina desde donde puedo espiar a los vecinos. Supongo que también me espían. No debe ser grato para ellos verme desfilar temprano en la mañana con mi bata vieja y mis ojeras acentuadas por los restos que los sueños me dejan. No hay caso, la noche no me sienta. Una y mil veces, prefiero las horas del día. Aunque, la verdad, de tanto ir vagando por la casa, hoy mis días no dan tregua. Del baño a la cocina, de la cocina al comedor. Que sacudir almohadones, cambiar sábanas, barrer y baldear el balcón. Hay que ver cómo les gusta a las palomas esa franja de dos metros cuadrados. Y también a las hojas que caen en otoño desde el árbol que enfrenta el edificio. Hay que ver cómo se junta mugre. Y la fiel Teresa, que hacía todo como si fuera fácil, también confinada pero del otro lado de la General Paz. Cuándo podrá volver Teresa, me pregunto mientras limpio rincones, mientras pelo una papa, mientras lavo una taza y otra y otra y otra más. Miles de esos chirimbolos usamos en el día. Como si fuera sencillo llevar a la mesa, por ejemplo, un plato de fideos. Las dimensiones de mi cocina no alcanzan para albergar la olla, el colador, la tabla de picar, la sartén, los tomates, el aceite, el orégano, media alacena afuera porque no hay que olvidarse del laurel. Dos brazos me resultan pocos para lograr esa alquimia preciosa que tendría que darse al perfumar la salsa y, al mismo tiempo, rallar queso, lavar ollas, colador, cuchara de madera y volver, además, a su lugar, lo que va en los estantes de las alacenas. Apenas logro despejar un borde en la mesada donde apoyar los platos que cargaré con la pasta y llevaré a la mesa. Él, entonces, masticará con la mirada hacia adentro. Yo apuraré el bocado al recordar que, en la cocina, me espera un ejército de cosas que tendré que atender. 

¿Está rica la salsa? 

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Procesa la pregunta. Asiente bondadoso: la salsa está más sosa que nuestra convivencia. De todos modos, en los platos quedan tan solo restos que enseguida voy a barrer ayudada por la esponja, el detergente y el movimiento certero de mi brazo. Circular y repetido el movimiento. Sobre cada plato, sobre cada fuente, sobre cada tacita de café. Circular, repetido, rutinario. Quisiera dejar de hacer una y otra vez este desplazamiento que como las agujas del reloj no hacen más que pulverizar el tiempo. Mi tiempo. Las horas que se escurren tan rápido como la luz del sol. 

¿Cómo traducir esa mirada hacia adentro? Sus ojos no anclan en nada de lo que tiene enfrente. Podría zapatear sobre la mesa y a él no se le movería un pelo. El mundo que lo rodea parece haber perdido los colores, los sonidos. Sin embargo, está mirando algo fijamente. Dada la expresión de su cara, ese algo le produce perplejidad y espanto. Justo a esta hora el sol entra furioso a través del ventanal del living. Y a mí, entonces, me gustaría estar sentada allí, en el sillón, llenándome de claridad y no aquí frente a unos platos sucios y una mirada ausente. 

…..

En las noches, entonces, los paisajes tormentosos que el sueño cada tanto me trae y, además, el insomnio. Los ojos abiertos en la oscuridad esperando que el cansancio los venza y me lleve a esa franja donde el sueño es remanso. Flotar en la inconsciencia en vez de aquel desvelo lleno de la ansiedad causada por las angustias cotidianas. Que estén los ambientes ventilados, que no te estornuden en la cara, que no te rocen, por las dudas mejor que ni te miren. Y ojo con lo que hacés con tu pareja. ¿Estará permitido enredar un cuerpo con el otro, olernos, manosearnos, confundir los alientos en un beso? Aunque lo cierto es que, entre nosotros, últimamente poco y nada. 

Cómo tarda en prender la computadora. Prefiero estar frente a la pantalla y no seguir dando vueltas en la cama. Navego. Miro Instagram, me meto en Face y sin saber por qué estoy nuevamente en el muro de la muerta. 

Hola, Abel, ¿cómo estás? 

Abel es el hermano y yo soy la que escribo. No tengo la menor idea de lo que voy a decirle pero, tal vez por la noche larga y silenciosa o porque durante las horas del día los sentidos están hartos y colmados por la peste, para buscar una salida, un interlocutor, algún desvío, de pronto tengo la imperiosa necesidad de contactarlo. Lo busco por privado. Como si los nudos que provoca el encierro se hubieran desatado, mi pensamiento vuela, mi mano atrapa las palabras.

Antes que nada, quiero decirte que tu hermana siempre hablaba de vos, ¿sabías?

Si hay que armar una ficción, al menos que esa ficción enganche y emocione. Abel, aferrado al muro de su hermana, querría escuchar estas palabras.

Sí, te nombraba. Sin embargo, a pesar de lo que te quería, hubo cosas que nunca se animó a revelarte. 

A esta altura, sorprendida, me siento una autora en busca de los distintos perfiles de la trama. Según Facebook, ella ahora tendría cuarenta y dos. Había muerto a los cuarenta. Busco entre sus posteos algún indicio que anticipe el porqué de una muerte tan temprana. ¿Enfermedad, accidente, suicidio? Además de alguna frase de autor que expresa cansancio o desengaño, solo encuentro unas fotos: figura esbelta, melena larga y ondulada, mirada casi siempre esquiva. Esto último –sus ojos vueltos hacia la página de un libro, o perdidos en algún paisaje, o detrás de los anteojos negros– reafirma mi teoría de que algo queda oculto. Es de madrugada. Abel no está en línea. 

Ella hubiera querido decírtelo. Pero viste cómo somos las mujeres, Abel. 

No sé, Dahiana, pienso. No todas las mujeres son iguales. No todas se salen con las suyas, desoyen los consejos, defienden a capa y espada sus caprichos. Más tarde, esos caprichos, igual que los tumores, se encapsulan en algún lugar del cuerpo. Tal vez permanecerán dormidos para siempre o un día, desatados, podrían llegar a provocar la muerte. Eso le habrá pasado a ella, a la hermana de Abel, me digo, y continúo.

No quiso que la juzgues. Vos no, Abel. No se animó a dejar al descubierto sus pasiones, su arrebato, sus miserias. Si querés sigo, Abel. Si no, me callo. 

Vuelvo a la cama. Somnolienta, una tras otra, imágenes coloridas, como en una película, empiezan a desfilar ante mis ojos. Dejo pasar algunas y me detengo en la que está él: erguido, serio, la templanza de siempre. Sé muy bien que papá, hace unos cuántos años, ya no está entre nosotros. Sin embargo, la alegría de verlo no está teñida de melancolía: él es de carne y hueso y, de manera fluida, retomamos la charla que abandonamos hace algunas horas. 

¿Cómo es allá, papá? –pregunto expectante anulando mis más férreas certezas de que todo se reduce a un acá. Sé, de antemano, que va a tranquilizarme. Su aceptación siempre fue sabia. Y se lo ve tan bien. Mucho mejor que en esos tiempos en que su cuerpo lo tiraba a la cama. Su imagen se va borrando lentamente pero en el aire quedan flotando su sonrisa y un bienestar que, de pronto, me contagia. No sé si es por la primera luz del día que se filtra a través de las persianas o por la conversación con él que, justo ahora, cuando la enfermedad y la muerte nos pisan los talones, viene a plantar en mí la esperanza de que no todo se termina acá. 

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