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Cifras que preocupan

Los crecientes niveles de pobreza y de indigencia forman parte de los problemas más serios que afectan al conjunto de la sociedad. Las últimas mediciones del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina revelan que en el primer trimestre de 2024 la pobreza alcanzó a 55% de la población y la indigencia a 18%. Advierten que son los niveles más altos de los últimos veinte años.

¿Puede haber algo peor que la pobreza? Sí. Nuestra sociedad puede ingresar en un escenario mucho más difícil de revertir y extremadamente complejo si aumenta el porcentaje de la población que vive en estado de pobreza crónica, un fenómeno también conocido como pobreza estructural. Es aquella situación en la que existe una marcada deficiencia tanto en infraestructura como en ingresos. A diferencia de la pobreza coyuntural, la estructural produce un deterioro generalizado en la calidad de vida de las personas, con impactos negativos a nivel psicológico, social, laboral y de salud. Llegado a este punto, sus efectos trascienden lo individual y afectan el tejido social en su conjunto.

El titular del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, Agustín Salvia, advirtió que el fuerte aumento de los precios de los productos de la canasta básica y la caída de ingresos reales que se registraron en los últimos meses empujaron los niveles de pobreza. Pero eso no es todo. En aquellos sectores donde disminuyó o directamente se retiró la asistencia del Estado la situación es todavía más seria.

Un informe de la Universidad Torcuato Di Tella también da cuenta de lo preocupante de la situación. Según un relevamiento realizado por esa casa de estudios, la pobreza alcanzó a 48,9% de la población entre noviembre de 2023 y abril de 2024, llegando a unas 14.4 millones de personas que viven en hogares urbanos. Estas cifras demuestran la urgente necesidad de impulsar medidas que alienten la creación de empleos formales y de calidad. Si se tiene en cuenta que la mayor parte de los ingresos de los sectores de menores recursos proviene del trabajo, es crucial que se generen las condiciones para mejorar la capacidad para generar nuevos empleos y reducir la informalidad. Serán necesarias, además, inversiones en educación, salud y desarrollo de capacidades, ya que mejorar el acceso y la calidad de esos servicios básicos es un paso fundamental que se tiene que dar para poder romper el ciclo intergeneracional de la pobreza, un fenómeno que hace que los niños y las niñas nacidos en hogares de familias pobres estén expuestos a una larga lista de desventajas en su vida adulta. Y cuando más de la mitad de la población se encuentra en esa situación, el problema alcanza tal dimensión que, tarde o temprano, termina afectando al conjunto de la sociedad.

Si la percepción de la vida está estrechamente vinculada con el espacio en el que se vive, cabe preguntar entonces cómo será esa percepción en quienes desde hace varias generaciones no tienen otra opción que vivir en viviendas precarias y conformarse con trabajos informales y mal pagos por falta de formación. Como se ha señalado ya en otras oportunidades en esta misma columna, es necesario redoblar los esfuerzos para que, en este difícil presente, los adolescentes no abandonen la escuela y puedan acceder a los servicios de salud.  Es necesario revertir en forma urgente esta grave situación generada por la pobreza y así evitar que se siga hipotecando el futuro de los chicos. De lo que se trata, en definitiva, es de adoptar medidas para que no se sigan perpetuando los ciclos de pobreza a lo largo de varias generaciones. Si bien los programas asistenciales demostraron que no pueden compensar por sí solos la pérdida de ingresos laborales, son un complemento necesario para amortiguar la situación de los sectores más desprotegidos. Estos programas deben estar bien focalizados y articulados con otras políticas. Abordar la pobreza estructural requiere también promover la igualdad de oportunidades y la movilidad social. Esto implica reducir las brechas y desigualdades que limitan el progreso de los sectores más postergados. En conclusión, erradicar la pobreza estructural es un desafío que exige un abordaje multidimensional, con políticas macroeconómicas, laborales, sociales y educativas articuladas, que apunten a generar oportunidades y reducir las desigualdades de manera sostenida en el tiempo.

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