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CARTAS DE LECTORES

Modos de vida: entre el placer y el espanto

Señor director de NORTE:

   Cuando Aristóteles indaga cuál es el fin de la vida humana, no sólo porque es lo mejor, lo más excelente para él, sino también porque lo busca y desea, contesta que es la felicidad (eudaimonía en griego), y la importancia de saber en qué consiste para poder dirigir la vida en esa dirección. De la lectura de su obra de ética más importante, la llamada Ética a Nicómaco, se llega a comprender que la felicidad es un modo de vida, no algo que se posee, y por lo tanto, como la vida misma, tiene cierta estabilidad pero también el dinamismo propio de la vida humana.

  Por eso, para que sus alumnos comprendan mejor, comienza señalando cómo, para  muchos, la felicidad es el modo de vida que llevan, lo cual puede aplicarse a la sociedad de todos los tiempos. Así, para los que viven para el placer, en especial para los placeres sensibles, que parten quizás de la comida y abarcan todos los excesos que espantan ya que el placer nunca sacia, la felicidad será el placer. Aristóteles muy claramente muestra que este modo de vida no se diferencia de los animales, que también buscan placer sensible, y lo pueden comprobar aquellos que brindan la mejor comida a sus mascotas, el mejor abrigo y atención médica, reconociéndolos como seres sentientes. 

  Pero ¿ésta es una vida propia del hombre, plenamente humana? ¿O el hombre se reduce a interpretarse como un ser sentiente más?

  Por otro lado, señala cómo otros creen que la felicidad está en los honores, como los políticos, que se presentan como buenos retóricos y conocedores de las leyes quizás. Pero resulta que los honores dependen de otros, que así como los dan también los quitan. La alfombra roja no es para los ex mandatarios. Y a su vez, hoy ya no se piensa en honores, sino en "tener imagen", "ser visto", en los medios públicos y en las redes, aunque a veces mostrando intimidades y algo más. Lo peor, podría decirse, no es el que muestra sino el que mira, como una especie de nueva desviación, ya que atrae el espanto de la exposición pública ante la mirada curiosa y ávida de miles.

  Finalmente, hace un análisis de qué y quién es el hombre, y cómo vivir según la irracionalidad de seguir sólo sus deseos, emociones y apetitos sensibles no es lo que conduce a la excelencia, a alcanzar su fin. Por lo tanto remarca que es necesario que el hombre piense, reflexione acerca de sus acciones, de su obrar, y aprenda a ser sabio para conducir su vida y alcanzar ese modo de vida en el cual consiste la felicidad. Porque sin la capacidad de pensar sobre la vida a partir de la experiencia de la vida misma y de conocerse como humano nunca podrá ser feliz. Esto implica la necesidad de que el pensamiento aconseje a esa parte irracional, lo cual es llamado también por un neurocientífico como Goleman, autodominio, y consiste en desarrollar virtudes, palabra extraña para muchos, pero necesarias ante la violencia irracional movida por celos, ambiciones de todo orden, y la exaltación de las emociones.

   ¿Cómo Aristóteles, y los estoicos, entre otros, pueden ser actuales? Justamente tratando de pensar en el espanto que producen hoy ciertas prácticas derivadas de creencias vitales que proceden de algunos modos de vida aceptados socialmente.

   El consumo de las vidas de los otros es uno de ellos, lo cual se mantiene justamente porque seguramente proporciona placer y llena algunas vidas vacías de sentido que no pueden valorar su propia vida. El derroche y el consumo que avalan algunos padres regalando dinero a sus hijos para la diversión semanal, ante la pobreza de millones, a quienes no ven, porque produce espanto tanta miseria. Son modos de bloquear la capacidad reflexiva: no ver, no pensar, excluir de la realidad. 

  Así también, la irracionalidad de defender especies depredadoras de la naturaleza y de los recursos, y proponer matar a los cazadores, como si los seres humanos tuvieran menor dignidad que un animal. Un tema que debe analizarse profundamente, con rigor científico, para ver qué es lo que conviene realmente. Pero lo que debería espantarnos es que no importa si se sigue eliminando seres humanos con misoprostol o con prácticas quirúrgicas, que sólo en Argentina suman cientos de miles, mientras se defiende de manera pasional e irracional a las especies depredadoras, que hasta podrían usarse para alimentar a muchos que pasan hambre. 

  La reflexión acerca de nuestros modos controvertidos de vida supone un esfuerzo, el primero, ser capaces de ver la miseria humana, la de los que deambulan por las calles, los adictos, los niños hambrientos, abusados, secuestrados para la pornografía, etc., por lo menos, para comenzar por dejar de consumir vidas ajenas para el placer propio y asumir la solidaridad necesaria con los seres humanos, porque nuestra dignidad lo demanda.

MARÍA ELENA RADICI

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