Pasala, nene
La argentinidad es una condición que aparece cada cuatro años y tiene una breve vida de mariposa. Dura un mes o menos, y coincide con los días de permanencia de nuestro seleccionado de fútbol en los torneos mundiales. Excepcionalmente, nuestro equipo logra el trofeo -como sucedió con la maravillosa proeza en Qatar- y esa inusual sensación de que todos pertenecemos a un mismo país dura un poco más.
El amor incondicional por ese juego que se las ingenia para representar a la vida misma logra, cuando los planetas quedan alineados, que nos encontremos con una felicidad desconocida. Hay abrazos entre personas que en cualquier otra circunstancia se detestarían: entre gente que lleva camisetas de Boca y gente que lleva los colores de River, entre pobres y ricos, entre veganos y fanáticos del asado sanguinolento, entre payasos y maestros de ceremonia.

El resto del tiempo, tales gestos no existen ni por aproximación. La irresistible vocación argentina por la confrontación y la intolerancia, por el desprecio hacia el otro (cuando esa otridad pasa por maneras diferentes de ver la política, la economía, la religión, las cuestiones de género o la manera de colocar la bombilla en el mate), es la inviabilidad de fondo de la Argentina.
SE HACE LARGO
Lo peor es que habitualmente tanta rabia ni siquiera tiene detrás algún fin noble. Aquí todo el mundo habla de la grandeza de la patria, pero se rasca para adentro. Entonces, la locura de una acción política en permanente guerra tiene escasos o nulos beneficios colectivos y el perjuicio voluminoso de alimentar la decadencia. Viene siendo así desde los comienzos de nuestra historia, con pausas, mejorías transitorias y una fórmula que no falla: tarde o temprano todo se pone peor.
De esto último, no hay dudas. La convivencia política de los ’80, tanto en el orden provincial como en el nacional, era notoriamente superior a la actual en ambos niveles. Y aunque es innegable que el principal aportante de esa degradación fue el kirchnerismo, con discursos de odio que atribuía invariablemente a los destinatarios de sus ataques, las demás fuerzas no hicieron demasiado por salirse del juego. Tampoco ahora Milei.
El punto es, ¿cabe esperar que esto cambie o simplemente debemos asumir que las cosas son así? La segunda parte de la pregunta puede parecer resignación, pero también es realismo. Los jugadores que tenemos son los que hay a la vista. La mentada "renovación dirigencial" de la que venimos hablando en cuarenta años de democracia es un placebo para la decepción ciudadana. Por la conducción del país ya hemos visto desfilar a varias generaciones, y no sirvió de nada. Los nuevos llegan a los puestos de poder, después de trayectorias que les fueron enseñando que cambiar no es un buen negocio. Las ansias de transformación se vaporizan a medida que se llega a las alturas. Cambiar no solo es mucho trabajo, sino que además se parece mucho a escupir para arriba.
¿SOMOS ASÍ?
Al discurso violento del kirchnerismo lo reemplazó -o se le agregó- ahora el discurso violento de Milei. De nuevo, ¿será que simplemente tenemos que funcionar así?
A comienzos de los ’80, en la heroica revista Humor, fundada y conducida por Andrés Cascioli, escribía una columna quincenal el filósofo peronista José Pablo Feinmann. Eran artículos que desmontaban la entonces historia reciente del peronismo, con una mirada crítica y un alegato constante por la democratización del PJ, que tras el golpe del ’76 y en los años finales de la dictadura militar había quedado copado por la derecha más próxima al poder militar. Pero, sobre todo, Feinmann abogaba por una sociedad más abierta, más plural, capaz de darse todos los debates.
Cuando Néstor y Cristina Kirchner llegaron al poder y pasado un tiempo la relación entre el matrimonio patagónico y sus críticos se fue tornando cada vez más áspera, Feinmann escribió en Página 12 un artículo en el que -palabras más, palabras menos- planteaba que si bien la existencia de una oposición política era esencial para cualquier democracia, en la Argentina eso quedaba bajo discusión por la calidad de la oposición local al peronismo y los intereses que Feinmann le atribuía a ésta. Expresaba un aspecto distintivo de la concepción K de lo que es un sistema democrático: la oposición sirve, merece ser respetada, solo si no es oposición. Y, en verdad, el kirchnerismo actuó siempre con un doble discurso que hablaba de pluralidad pero que en los hechos promovía la destrucción de cualquier cosa que no se alineara con su proyecto de poder.
EL AHORA
A la par, la economía y la estructura social del país se fueron desmoronando, y en lugar de hacer algo por cambiar la tendencia se hicieron muchas cosas para que se notara lo menos posible. Se manipularon o directamente suprimieron estadísticas sobre inflación y pobreza, se demonizaron medios de comunicación, se llegó a promover que niños de corta edad escupieran en espacios públicos imágenes de figuras políticas y de periodistas "enemigos".
Milei, ahora, no lo hace mejor. Su plan económico está golpeando de un modo terrible a la clase media, aunque transcurrió poco tiempo para saber si se trata de un tratamiento duro que en el mediano plazo comenzará a tener efectos positivos de fondo o si es simplemente el tiro de gracia a una sociedad que ya venía de ser amasijada lenta pero progresivamente al menos desde hace quince años. En el trazo grueso, desde hace cincuenta, cuando la Argentina dejó de ser una sociedad envidiada en la región por la solidez de sus segmentos sociales medios, por su educación, por la excelencia de su industria, por su cuatro o seis por ciento de pobreza. Faltaba mucho para que viéramos a hinchas brasileños quemando en las tribunas argentinas nuestros billetes de mil pesos, burlándose de este empobrecimiento brutal.
En lo que no hay dudas de que Milei repite la desgracia es en el estilo político. Podrá ser una estrategia, incluso hasta podrá ser una que luego se demuestre como exitosa, pero simplemente no es bueno. Y aunque el marketing y la historia siempre puedan sorprendernos cuesta imaginar que subirle la temperatura a un país que camina sobre lava sea algo colectivamente razonable y moralmente justificable. Más aún cuando esas batallas de todos los días mezclan entre sus destinatarios a buenos, regulares y malos. ¿No hay ningún consenso posible con nadie? ¿No pueden jugar a los pases estos chicos?
En "Muchachos", la película nacional sobre el Mundial ganado en 2022, hay una imagen que no dice nada pero hace pensar. En algún momento de algún partido, por un par de segundos, vemos a una mujer sentada en un estadio, con la cabeza hundida sobre su brazo, a su vez apoyado sobre una baranda. Con una mano sostiene una bandera albiceleste. No le vemos la cara. No sabemos si está llorando, si ríe, si nada. O si simplemente espera. Pero uno siente, en ese instante, que es más argentina que nunca.











