La prosperidad de los países
En el libro "Por qué fracasan los países", escrito por el economista turco Daron Acemoglu y el politólogo británico James A Robinson, los autores afirman que la prosperidad de una nación no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas que emanan de las instituciones de cada país. En un momento en el que el gobierno nacional impulsa medidas para establecer una especie de reinicio de las relaciones entre el mercado, los distintos actores de la sociedad y el Estado en un experimento que no registra precedentes en el mundo, es legítimo preguntarse si, en las actuales circunstancias, el camino elegido es la mejor opción.
En la edición de ayer de este matutino se hizo referencia a un asunto que preocupa, y mucho: el duro proceso inflacionario que se aceleró tras la devaluación hizo caer en la pobreza a más de un millón de argentinos por mes. La cifra impacta, por cierto. Pero golpea con más fuerza si se admite que detrás de cualquier dato estadístico que involucre la vida de las personas, hay familias que sufren. Pero eso no es todo. En materia de ingresos el problema no es sólo para los que están en la franja más vulnerable de la pirámide social. El presidente de la Nación, Javier Milei, fiel a sus ideas anarco capitalistas dijo que no está de acuerdo con que el Poder Ejecutivo (que, obviamente, está a su cargo) intervenga y suba el salario mínimo por decreto tras el fracaso de la reunión del Consejo del Salario. Pero, aunque no lo quiera admitir, esa decisión es en sí misma una toma de posición que implica dejar el sueldo mínimo a valores de diciembre pasado.
Volviendo a las reflexiones que aporta la obra "Por qué fracasan los países", allí los autores plantean también que los países que promueven una verdadera participación ciudadana en la toma de decisiones obtienen mayores ventajas para todos los sectores de la sociedad. Según el estudio comparativo que realizaron para apuntalar su teoría, cuanto más saludable es la democracia más opciones tienen las comunidades para progresar. Sostienen, además, que cuando el poder está repartido, cuando hay acceso a la justicia e igualdad de trato para todos los ciudadanos, cuando el pluralismo y Estado de derecho son palpables, se generan vínculos que conducen a un mayor desarrollo de la sociedad en su conjunto. En ese sentido, el politólogo Robinson lo señala de manera clara: "demasiada desigualdad es corrosiva para la sociedad".
Cabe entonces preguntarse: si la devaluación hizo caer en la pobreza a más de un millón de argentinos por mes, cuánta paciencia más demandará la administración nacional para impulsar medidas que muestran alguna señal de alivio y eviten que el aumento casi exponencial de la desigualdad se vuelva un factor muy dañino para toda la sociedad. Hay más datos. Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, en nuestro país criar a un niño menor de un año demanda 208.489 pesos por mes, mientras que para un chico que tiene entre uno y tres años se necesitan 248.303 pesos; si el niño tiene entre cuatro y cinco años, entonces la familia deberá destinar 211.807 pesos y si tiene entre seis y doce años, mantenerlo demandará 266.263 pesos por mes.
En una jugada muy arriesgada el gobierno nacional se propone lograr una reducción del déficit en cinco puntos. Los manuales de economía señalan que ese objetivo se traducirá necesariamente en una fuerte contracción de la actividad, lo que obligará a buscar alternativas viables para que ese efecto no conspire contra la estabilización que toda la sociedad espera y antes de caer en el sálvese quien pueda. Sobre esta última cuestión, vale recordar lo que el matemático estadounidense, John Nash, ganador del premio Nobel de Economía demostró cuando dijo que en ciertas circunstancias si las personas compiten pensando solo en obtener su propio beneficio, al final todos, o la mayoría de los jugadores, pueden perder. También explicó, mediante fórmulas matemáticas, que cuando los individuos participan de una competencia en la que el objetivo es la búsqueda del beneficio del conjunto, aumenta en forma notable las posibilidades de que el resultado favorezca a todo el grupo. Si queremos ser una sociedad más próspera, deberíamos aprender de esa enseñanza y buscar alternativas innovadoras para combatir la pobreza, sin olvidar que serán necesarias, además, políticas públicas para generar empleos genuinos con salarios dignos.










