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Editorial

La difícil tarea de construir consensos

Las campañas electorales son solo un eslabón dentro del proceso democrático. Gobernar, en cambio, implica un grado mayor de responsabilidad en la toma de decisiones y la gestión de los asuntos públicos en beneficio de la sociedad en su conjunto.

Tener en claro los límites de cada una de esas etapas es fundamental para sumar las adhesiones y los consensos que, dentro del sistema democrático, necesitan las administraciones gubernamentales para ganar legitimidad y poder impulsar las transformaciones que se necesitan.

La decisión del Ejecutivo nacional, adoptada luego del fracaso de la Ley Ómnibus en la Cámara de Diputados de la Nación, de confrontar con los gobernadores, así como el uso por parte de un sector del oficialismo de un discurso más enardecido para cuestionar a opositores que hasta hace pocos días se mostraron predispuestos al diálogo, no parece ser el mejor camino para llevar adelante un ajuste sobre los sectores populares y medios que no tiene antecedentes en la historia reciente del país. En todo caso, se parece más a una estrategia propia de una campaña electoral.

"La política no crea las pasiones ni los odios humanos. Tampoco tiene la culpa de las catástrofes naturales o de las recesiones económicas, pero puede agudizarlas o mitigarlas. Ahí sí que la política cambia las cosas", advierte el profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Cambridge, David Runciman, en su libro "Política".

En esa misma obra, el autor observa que "la política debe preservar la paz", es decir, que la confrontación en la arena política no debe llegar a las situaciones extremas y menos aún alimentar los enfrentamientos estériles. Durante el tratamiento de la Ley Ómnibus la Cámara de Diputados de la Nación fue el presidente del bloque Hacemos Coalición Federal, Miguel Ángel Pichetto, quien tuvo que solicitar al oficialismo un mínimo de flexibilidad para poder avanzar en acuerdos sobre algunos puntos de la controvertida ley y, de esa manera, evitar el rechazo. "Les encanta seguir perdiendo", sostuvo el veterano legislador, que prefirió no profundizar las críticas a sus pares del oficialismo que dejaron en evidencia que desconocían, incluso, el reglamento de la Cámara Baja.

Como hemos señalado ya en otras oportunidades, la toma de decisiones políticas en coyunturas muy complejas y difíciles como la que atraviesa hoy nuestra sociedad, requiere que quienes nos gobiernan no se alejen del principio de realidad que es el que, al fin y al cabo, aporta una buena dosis de racionalidad al ejercicio del poder. Los deseos son útiles para mover a la acción, pero la realidad también impone sus condiciones.

Eso no significa que no se pueda cambiar. La historia de las democracias está llena de ejemplos de personas que lograron transformar realidades que parecían inmutables. Se puede citar, entre otros, el caso de la abolición de la esclavitud en Estados Unidos y los debates que tuvieron lugar en 1863 en la Cámara de Representantes de ese país para aprobar la decimotercera Enmienda.

En esa oportunidad, el presidente Abraham Lincoln logró imponer su Proclama de Emancipación para cambiar el estatus legal de millones de esclavos afroamericanos. Para ello, fue clave la intervención del senador republicano Thaddeus Stevens, un hombre extremadamente hábil para las negociaciones políticas, pero también, ante todo, consciente del principio de realidad que recuerda a quien quiera escuchar que la democracia es un régimen basado en acuerdos.

La mayoría de las medidas que pretende impulsar el Ejecutivo nacional necesita la intervención del Congreso, que es donde reside la representación ciudadana. Si lo que se pretende es lograr una profunda transformación del Estado, ese es el ámbito donde se debe debatir, negociar y lograr acuerdos. Quienes, por alguna extraña razón, creen que debe hacerse lo contrario, tarde o temprano se encontrarán con los límites que impone la realidad.

Por último, no está de más recordar que una de las enseñanzas que deja nuestra imperfecta democracia es la enorme diferencia que hay entre lograr imponerse en las urnas con un amplio e indiscutido apoyo de la voluntad popular y asumir las responsabilidades de conducir los destinos de un país marcado por fuertes asimetrías y atravesado por tensiones que genera una puja distributiva que requiere, hoy más que nunca, la construcción de nuevos consensos.

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