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La tierra resistente

En primera instancia, no fue la tierra prometida lo que encontraron los inmigrantes italianos. En dos meses de viaje por el océano, otro paisaje habrá labrado la fantasía de los labradores y artesanos.

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Llegaron 260 personas a un monte espeso que escurría la reciente inundación. El corto trayecto desde Corrientes, demandó un par de días en dos lanchones remolcados por vaporcito, torciendo el río tapado de carrizales, espantando mosquitos, con ropas invernales, desolados veían por primera vez el paisaje íntimo de su tierra prometida, el paraje San Fernando.

Por allí, se levantó mucho tiempo antes la reducción de San Fernando del Río Negro que tuvo de Corregidor al fiel cacique Ñaré. Y más cerca en el tiempo, se fundó la reducción de San Buenaventura del Monte Alto, ya abandonada a la llegada de los italianos. 

Todo había vuelto a ser monte cerrado, fauna feroz e indios bravos aunque otros, amansados junto a correntinos y paraguayos, trabajaban en los obrajes dispersos. 

Eran varios obrajes a lo largo de la costa con guardia policial dispuesta en los límites de la arboleda por derribar.

El establecimiento más importante era el del coronel José María Ávalos, militar con un brillante servicio en la guerra de la triple Alianza. Al abandonar el ejército se radicó en San Fernando, dedicado a la explotación de maderas.

Aproximadamente a la altura del 2000 de la avenida 25 de Mayo,  se levantaba el caserón de Avalos, con una decena de amplias habitaciones, galpones, depósitos; un taller de carpintería y herrería para la construcción de cachapés y alzaprimas. 

El frente estaba cercado por una empalizada de palo a pique que protegía la vivienda.

En esa propiedad asiló a los inmigrantes cuando recién llegaron y hasta que pudieron ocupar sus tierras.

Una aureola de fama lo distinguía entre los blancos: dos años antes, había defendido heroicamente el paraje San Fernando de los malones vilela rebelados por los malos tratos. Así fue la historia:

EL MALON RESISTIDO

Cuenta la leyenda, pariente de la historia que era un atardecer de 1876 cuando carreros criollos fueron sorprendidos por los indios, siendo muerto uno y quemadas las alzaprimas y los bueyes. La noticia la trajeron a la noche los fugitivos. Peones observadores anoticiaron de la columna de cien indios capitaneados por el cacique Leoncito que se acercaba a la colonia. Fueron embarcados en canoas las mujeres y niños. Ávalos decidió junto a su compañera y los peones hacer frente al malón.

Por la noche, la indiada después de saquear los ranchos que encontró en el camino rodeó la quinta y logró cruzar la fortificación de la casa, entablándose ceñido combate. Al clarear el día, abruptamente el malón desapareció. Entre los cadáveres estaba el de Leoncito, cuya muerte habría provocado la retirada.

Uno de los peones separó la cabeza del cuerpo, colocándola en un poste sobre el camino Real donde se disecó, quedando por largo tiempo la calavera expuesta. 

De esa resistencia que marcó el fin de los malones en San Fernando, el nombre de la ciudad.

UN PRECIO

La gesta inmigratoria tuvo sus tragedias Por caso, el ejemplo de la familia Lestani. Juan y Dominga y sus cinco hijos estaban en el barco junto a los otros inmigrantes. En altamar sucedió una epidemia de escarlatina y muchos niños que murieron fueron arrojados al mar. Contrajo escarlatina una hija, Emilia, que murió al llegar a Buenos Aires. En trayecto a la colonia San Fernando pernoctaron en Corrientes donde falleció el hijo mayor de 16 años, Antonio. Desconsolada prosiguió la familia su travesía. Aquí, mientras construían las primeras chozas, murió la hija menor, llamada Bienvenida. (fue la primera exhumación del campo santo). La tragedia  siguió hilando: a los 4 meses de llegar, Juan, el jefe de familia al entrar en una laguna contrajo tétanos, lo que provocó su muerte. De aquella familia prolífica que salió de Italia, quedaron en el mundo de los vivos Dominga, la madre -que supo ser fuerte-, y dos hijos. Cobraba su precio el Chaco.

Y así, entre historias tristes y otras felices de la primera hora de Resistencia, llegó una segunda camada de inmigrantes italianos, las familias comenzaron a expandirse, marcando nuevos territorios; se intensificó el trabajo, los cultivos y las pequeñas industrias empezaron a asomar. El aquerenciado a esta tierra vio el fruto de su trabajo. Y como dice Guido Miranda, cuando el labriego ñpudo levantar la vista del surco y mirar las estrellas, comenzó a escribirse la identidad que somos.

La aldea iba a dar paso a la ciudad que hoy festejamos.

(El texto pertenece a La Isla de los muertos vivos, 1992)

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