Un año de locos
Estamos cerca de comenzar el que, seguramente, será uno de los años más duros que habremos vivido los viejos y de los peores que recordarán los jóvenes cuando dejen de serlo. Todas las voces que uno considera confiables a la hora de analizar la política y la economía del país anticipan que la rudeza de este diciembre será casi un escenario amable cuando el verano esté terminando. La inflación alcanzará un pico todavía más elevado que el actual y la caída real de los ingresos de los hogares acumulará un deterioro que amplias franjas considerarán insoportable. Será el ajuste en serio, no el que cada uno imaginó cuando todavía era una figura borrosa acercándose desde el horizonte.
Lloverá sobre mojado, porque la decadencia económica que ahora llega a una zona de estallido comenzó no menos de trece años atrás. Es decir, el agravamiento de las condiciones recae sobre millones de familias que ya vienen siendo golpeadas desde hace más de una década. No se trata de un desbarajuste repentino que se derrama sobre una sociedad hasta allí bien plantada, y por consiguiente con capacidad de resistencia, como en el Rodrigazo de medio siglo atrás. No, castiga a una población demolida en cámara lenta por muchos años, demasiados, de mordiscos continuos sobre sus ingresos y su bienestar; una cansina demolición de lo que alguna vez hizo grande a nuestra nación. Hoy es como pegarle trompadas en la cara a un boxeador que apenas atina a levantar a los brazos.
Por otro lado, la aparición aluvional de medidas por parte del gobierno de Javier Milei omitió, hasta aquí, cualquier tipo de novedad por el lado de los ingresos. De momento, lo que ocurrirá con salarios y jubilaciones es un asunto que oficialmente solo recibió alusiones tangenciales y absolutamente ambiguas. La suspensión de la fórmula de recálculo de los haberes previsionales se justifica diciendo que es porque esa ecuación haría que los jubilados sigan teniendo una recomposición periódica muy detrás del ritmo inflacionario. Pero no se dice qué criterio aplicará, entonces, la actual administración para evitar eso. Por el contrario, persiste el temor a que, por enésima vez, el sector pasivo será una de las fuentes importantes de reducción del déficit fiscal.

ENTRE TODOS
Es apenas uno de los cientos de interrogantes que abre este momento de la Argentina. Cada uno de nosotros tiene los suyos propios. Comienza un año de locos, que deja atrás otro de la misma calidad. Porque una cuestión que no debe quedar inadvertida es ésa: esta locura es a la canasta. Y, en este punto, tiene indudablemente mucho más que ver con lo que han hecho los que estuvieron antes que con lo que están haciendo los que están ahora. El triunfo mismo de Milei tiene que ver con eso. Pero aun así el peronismo comienza a reaparecer en escena hablando del cuadro actual como si hubiera dejado un país y una provincia viviendo a pleno éxitos rutilantes. Y un gremialismo que recuerda de pronto que la calle existe, pese a haber apoyado de manera entusiasta el modelo que nos dejó en esta parada.
PURO VÉRTIGO
El vértigo de anuncios y las revelaciones sobre los desastres heredados tiene un doble efecto. Por un lado expone y por el otro resta visibilidad. Es una situación que varía según los casos y los momentos, pero hay ocasiones en que las manifestaciones de la crisis eclipsan las informaciones sobre deudas, desarreglos y manganetas varias dejadas por los administradores que se fueron; y otros en los que son éstos los que por un rato hacen olvidar -o atenúan- los nuevos datos sobre precios, cambios en las más diversas reglas de juego y reformas inciertas.
Progresivamente será el presente lo que irá tapando al resto. Cuando la escalada de precios pase a un estrato de mayor intensidad (varias consultoras calculan que entre diciembre y marzo habrá una inflación general del 100% o más), y la pérdida de poder adquisitivo de los asalariados (no menos de un 10% real en ese mismo período) sea aún más tangible que hoy, el pasado y el futuro se volverán imperceptibles. Será el momento crítico para Milei, suponiendo que se trate de un pico de ahogo social que luego comenzará a descomprimirse ante una hipótetica aparición del rebote económico que llegaría promediando el otoño. Si es que llega, claro.
Porque la clave es cómo será la curva del padecimiento y hasta qué punto se mantenderá en pie la tolerancia al dolor de la ciudadanía. Una encuesta de Jorge Giacobbe, realizada entre el 18 y el 23 de diciembre, le planteó a 2500 personas cuánto tiempo más cree que podría soportar las condiciones actuales de la crisis. La opción "no puedo resistir nada" fue elegida por el 34,7%; un 17,5% dijo creer que puede aguantar seis meses más; el 14,6% estimó que todavía puede apretar los dientes un año; un 10,8% situó el límite en tres años; y un escaso 2,0% calculó que su umbral del dolor recién caería en 36 meses. Un 19,4% respondió que resistiría hasta cuatro años (posiblemente, la mayoría votantes convencidos de Milei y situados en las franjas sociales más acomodadas). Aunque la pregunta se refiere a cuestiones difíciles de medir, el sondeo da una referencia: más de la mitad de la población no se siente capaz de soportar la situación presente más de un semestre.
PAPEL MOJADO
Lo que confirma ese estudio de opinión es algo que ya era fácil de intuir: la paciencia social, hoy, está hecha de papel mojado. Es el hartazgo que dio a luz a la presidencia de Milei y que ahora, intacto pero plastificado con una capa de esperanza, mira la escena a la espera de resultados. De resultados que se vean pronto. Consciente de que el reloj de arena, ya fue dado vuelta, el gobierno libertario trata de meter en un par de semanas reformas y medidas que abruman y ponen patas para arriba a casi todo lo conocido.
En el Chaco, Leandro Zdero sabe que baila con la más fea. Casi que con la más fea de todos los tiempos. La copartipación -una medicación fiscal que para nuestra provincia es la vida misma- ya cayó un 20% en términos reales, y la elefantiásica masa salarial del Estado no tardará en meterle presión. Pronto llegará, por ejemplo, la negociación con los gremios docentes. A la par, no dejan de aparecer compromisos que se suman a una deuda flotante sideral.
Acerca de lo anterior, lo que sucedió en la transición provincial y en la de la Municipalidad de Resistencia deja una lección: la Legislatura debe abocarse a una normativa que impida todo lo que sucedió en los tiempos recientes y se está verificando ahora. En los últimos años de cualquier gestión deben bloquearse por completo los ingresos de personal -a menos que fuesen incorporaciones transitorios y de plazo definido-, la contrataciones de obras públicas y servicios que vayan más allá del mandato en curso (a menos que sean aprobadas por mayorías legislativas especiales) y otras medidas que terminen con la costumbre de convertir cada salida del poder en una réplica del éxodo jujeño de 1812.
No puede ocurrir que se destruyan administraciones, que se dinamite a las nuevas gestiones, y que eso se asuma como una cuestión política no judicializable. Los que hacen eso deben pagarlo, y no solo en las elecciones. También en los tribunales. ¿Qué sentido tiene llenar cárceles con ladrones de celulares si quedan sueltos los que, dilapidando y convirtiendo cada compra del Estado en una oportunidad de negociar sobreprecios, crean las condiciones de exclusión y marginalidad que luego desembocan en la inseguridad cotidiana, en la pauperización de la educación y de la salud?
Se va un año terrible, comienza otro que da esperanza tanto como da miedo. Que Dios nos tenga piedad.
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