"Antes de entrar hay que saber cómo salir"
Nuestro catálogo de apocalipsis acaba de enriquecerse con el estreno de la estupenda película "Dejar el mundo atrás", escrita y dirigida por Sam Esmail. 

(Por Pedro Vallín*) – Esmail es el creador de la serie "Mr. Robot", y en "Dejar el mundo atrás" plantea un acabóse paulatino e indefectible, que por primera vez no cuenta con la siempre dicharachera compañía de la retransmisión televisada y de la animada conversación que tales hechos nos reportarían en redes sociales, porque la primera amputación que padecen los protagonistas es la de las comunicaciones: a las autoridades apenas si les da tiempo a colgar una pantalla azul de alerta a la población antes de la desconexión completa, diciéndoles poco más o menos que se las arreglen como puedan.
Alerta spoiler
Anuncio ahora mismo que este sermón va a ser como la anunciación del ángel Gabriel o la venida de los reyes magos: contiene spoilers. Como los sermones de la misa de 12, que antes de atraparte con el emocionante drama judicial del calvario de Cristo, ya te han contado la resurrección.

Bueno, ahora que ya estamos solo los que tenemos que estar, el caso es que el relato de Esmail, inspirado por las mecánicas narrativas de M. Night Shyamalan, se construye mediante la estructura inversa a la habitual en el género de catástrofes: la de una historia que en lugar de ir ensanchándose en lo social, lo político y lo visual, se angosta conforme avanza su metraje. De modo que no es de extrañar que, como ocurría en "Señales", del citado Shyamalan, termine desembocando en la agria salvación de un refugio subterráneo. Pero a diferencia de las pautas establecidas por clásicos como "Deep impact" o "Independence day", que hasta Shyamalan respetó, el relato no acaba cuando pasa la tormenta y salimos del refugio, sino cuando logramos abrir la puerta blindada que permite entrar en el búnker.
Hay que entender el significado de este hecho, el de enterrarse y esperar hasta salir al nuevo día para recomenzar la reconstrucción, recordando "Twister", la obra maestra de Jan de Bont. Porque hablamos de un país que tiene por costumbre levantar casas con tablones, clavos y un martillo, y que es arrasado cada año por inmisericordes tornados de categoría 5, también conocidos como "el dedo de Dios" (ya saben, el que subió a los cielos después del juicio, y que por lo que se ve se entretiene revolviendo las nubes). En ese país, la esperanza es la catacumba, el panteón, sepultarnos a nosotros mismos con una tonelada de leche en polvo y cien bolsas de arroz, como si fuéramos faraones del antiguo Egipto.

Lo elocuente de esta paranoia que aterroriza sobre todo a quienes tienen tanto que no conciben que su destino sea tan indigno como el de los que andamos con lo justo para pasar el día, es decir elocuente de los ánimos de los que no quieren morir, pudrirse y ser abono. Como en la serie de Disney Plus "Asesinatos en el fin del mundo", que aprovecha para denunciar con bastante gracia que los supuestos desvelos de Bill Gates, Elon Musk, o Jeff Bezos para idear tecnologías que nos van a salvar del apocalipsis son en realidad un señuelo con el que entretenernos, mientras ellos excavan en lo profundo de la tierra para construirse sus mansiones en medio del limo, que les garanticen la superviviencia junto a sus querubines.
El problema del búnker
El problema de la bunkerización es que hay que tener un plan para después, un plan que contemple cómo virar 180 grados y volver nuestros pasos hacia la luz. Un búnker no es más que un túnel sin salida al otro lado.

De lo contrario, la genial solución puede desembocar en la sociedad distópica de otra serie estupenda, "Silo", de Graham Josh, inspirada en una novela de Hugh Howe y emitida por Apple tv. Una de las paradojas más sugerentes de esta serie es que hay una historia oficial sobre el pasado y ninguna fuente documental previa al mundo del "Silo" para corroborarla.
De modo que puede ser cierta con los diez mil humanos de esta ciudad sarcófago que llevan enterrados 140 años, según dicen las autoridades de "Silo", o pueden llevar miles, porque 140 años es un plazo estupendo para asegurar que nadie vivo recuerda nada, y que todos, como el niño de "La habitación", ya nacieron sepultados. Todo es caverna de Platón y pudridero. La ausencia de memoria histórica, explica "Silo", es un vehículo indispensable para el sometimiento y la dominación.
La memoria

Pero cuidado: el ensayista David Rief postuló en su libro "Contra la memoria" que los excesos memorialísticos -sobre todo si se trata de un pasado violento y trágico no resuelto- no solo no han demostrado tener un efecto "vacuna" en las poblaciones, sino que bien al contrario, esa fetichización del pasado doloroso puede conducir de forma inexorable a nuevos episodios sangrientos. Rief, que aventuró esta hipótesis hace más de una década, inspirado por la guerra en la antigua Yugoslavia, se habrá estremecido por su espectacular intuición al escuchar el jueves 21 a Ayelet Shaked, la ministra israelí de Igualdad, diciendo "me siento orgullosa de ser racista, tenemos derecho a ser racistas".
Dos cosas más sobre el búnker, literal y metafórico. La primera: no me caven pozos, estropean los acuíferos y vamos a necesitar mucha agua. Y la segunda: recuerden las sabias palabras de la princesa Leia a Han Solo, cuando le dice, a grito pelado, "si se entra, hay que tener un plan para salir".
(*Publicado en La Vanguardia)










