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Modelos en pugna

Desde el retorno de la democracia, en 1983, cada gobierno nacional que puso en marcha su proyecto lo hizo planteando, con mayor o menor énfasis, una firme decisión de transformar la Argentina. Salvo el período que se abrió tras la crisis de 2001, cuando en un lapso de trece días se sucedieron presidentes y funcionarios a cargo del Ejecutivo, esa pretensión fundacional ha estado presente en todos los mandatos.

Cada gestión, a su turno, intentó sentar las bases de un modelo económico que en la administración siguiente fue reemplazado por otro de signo opuesto. Así llegamos a este difícil presente en el que, una vez más, las decisiones de políticas económicas confirman el histórico movimiento pendular entre dos modelos: de las restricciones, regulaciones y protección de la industria nacional se pasó, sin escalas, a la idea de la apertura total de la economía.

En todo caso, lo nuevo en esta oportunidad es la llegada a la Casa Rosada del primer presidente libertario o, si se quiere hilar más fino, de un anarco capitalista como se define el propio Javier Milei, quien decidió abrazar esta filosofía extrema dentro del liberalismo que plantea el ideal de construir una sociedad capitalista sin Estado. Y eso no es poco. Así lo demuestra el megadecreto de necesidad y urgencia que el mandatario presentó como la primera gran reforma de su administración, impulsando la modificación de cientos de leyes claves, en una apuesta que parece ser a todo o nada.

Pero si en las primeras horas del flamante gobierno nacional no había dudas del respaldo ciudadano que recibió en las urnas (ganó en 21 de las 24 provincias, cosechando un 56% de los votos) a medida que pasa el tiempo y avanza con las medidas de fuerte ajuste y desregulación muchos se preguntan cuánto puede durar la luna de miel y cómo serán los próximos meses para un Poder Ejecutivo que carece del suficiente apoyo parlamentario para sostener su fuerte apuesta política.  

Hace más de medio siglo que la Argentina busca un camino que la lleve al crecimiento. En esa búsqueda, se aplicaron -como se dijo- medidas opuestas entre sí (apertura y cierre de la economía, privatizaciones y estatizaciones) que no arrojaron a largo plazo los resultados esperados. Hoy es el turno de las ideas a favor del mercado y en una parte de la sociedad hay una mezcla de ilusión y esperanza: muchos creen que es eso lo que se necesita para lograr la estabilización y el crecimiento de la economía.

En "La hegemonía imposible: veinte años de disputas políticas en el país del empate. De 2001 a Alberto Fernández", de Fernando Rosso, el autor de ese libro aborda el problema de los dos modelos económicos que no terminan de imponerse en el país. "Si algo nos define a los argentinos es la persistencia de la crisis, que lejos de ser un problema patológico es el resultado de la irresolución de conflictos entre fuerzas que vienen protagonizando un largo empate", sostiene.

 También el historiador Roy Hora y el economista Pablo Gernuchoff plantean algo similar en "La moneda en el aire. Conversaciones sobre la Argentina y su historia de futuros imprevisibles", donde se observa que desde mediados de los años setenta, la economía argentina no encuentra una senda que le permita superar los alarmantes indicadores de pobreza y desigualdad y sentar las bases del desarrollo y crecimiento.

Por su parte, la economista Marina Dal Poggetto plantea que, en realidad, más que dos modelos económicos en pugna; lo que hay es un conflicto distributivo que dificulta el crecimiento a una economía sin crédito. Ese punto de vista también es compartido por sus colegas Pablo Gerchunoff y Martin Rapetti en el artículo titulado "La economía argentina y su conflicto distributivo estructural (1930-2015)", donde se sostiene que en el período estudiado el conflicto distributivo desempeña un papel clave.

"El conflicto surge de la inconsistencia entre las aspiraciones económicas arraigadas en la sociedad y las posibilidades productivas de la economía", plantean los autores de este trabajo. Si están en lo cierto, es de esperar entonces que se dejen de lado las posturas extremas y se alcancen nuevos consensos que permitan atenuar ese conflicto y apuntalar un proyecto sólido de desarrollo sustentable.

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