El drama de la pobreza
Las personas que viven en situación de pobreza no sólo sufren la falta de ingresos, sino que con frecuencia se enfrentan a barreras de todo tipo que les impiden disfrutar de derechos fundamentales, como los derechos a la alimentación y la nutrición, la vivienda, el trabajo, la salud, y la educación. Así lo advertía, antes de la pandemia, la organización no gubernamental Franciscans Internacional al presentar ante el Vaticano un documento con recomendaciones para erradicar la pobreza extrema. 
El contenido de ese documento, planteado con una perspectiva global, se mantiene vigente si se lo aplica al difícil escenario actual de nuestro país donde, según el último informe de la Universidad Católica Argentina (UCA), la pobreza alcanzó el 44,7 % de la población, es decir, afecta a casi 19 millones de argentinos. De acuerdo con esa misma fuente, un 9,6% de la población vive en situación de indigencia. Es decir que, en la actualidad, más de 20 millones de argentinos no satisfacen las necesidades básicas de salarios, salud, educación y alimentación. Pero eso no es todo. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina, de la UCA, se espera que el año que viene aumenten esos porcentajes, lo que obliga a fortalecer las redes de contención para esos sectores que se encuentran en situación de extrema vulnerabilidad.
El informe de la Universidad Católica, que lleva por título "Argentina siglo XXI: deudas sociales crónicas y desigualdades crecientes. Perspectivas y desafíos", observa por otra parte que la ayuda social, especialmente la que ofrece el Estado a través de distintos programas y planes, se ha constituido en el gran elemento de contención de la pobreza y la indigencia en el país. En ese sentido, señala que el 44,7% estimado de pobreza se habría transformado en un 49,1% si no tuviera la contención de la Asignación Universal por Hijo (AUH), así como de otros programas sociales y pensiones no contributivas. De acuerdo a los datos que aporta el informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de 2023, la tasa de indigencia habría trepado del 9,6% observado al 20,1%, si no tuviera la cobertura de planes sociales como AUH, pensiones no contributivas ni otro tipo de asistencia.
Hay que decir que estos sectores vulnerables son los que menor capacidad tienen para defender el poder adquisitivo de esos ingresos en un contexto de aceleración inflacionaria como el actual. De hecho, hay quienes advierten que esta contracción del poder adquisitivo en los segmentos más bajos de la población explica, en gran medida, el aumento de la tasa de pobreza en 2022. Pero si los altos niveles de inflación que colocan a una importante porción de la población al borde de la pobreza ya, en sí mismo, algo preocupante, más grave es el problema de esa otra amplia franja que vive en una situación de pobreza estructural, es decir, aquella de la que resulta muy difícil salir y que se reproduce entre generaciones. En ese caso, se está ante la presencia de un fenómeno que combina necesidades básicas insatisfechas, viviendas precarias, convivencia familiar en condiciones de hacinamiento y servicios sanitarios mínimos entre otros problemas muy graves.
En el libro "Por qué fracasan los países", cuyos autores son el economista turco, Daron Acemoglu y el politólogo británico James A. Robinson, se señala que la prosperidad de una nación no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas que emanan de las instituciones de cada país.
En estos tiempos en los que algunos agitan el fantasma del sálvese quien pueda, vale recordar lo que el matemático estadounidense, John Nash, especialista en teoría de juegos y premio Nobel de Economía demostró hace varios años. Según Nash, en ciertas circunstancias si las personas compiten pensando solo en obtener su propio beneficio, al final todos, o la mayoría de los jugadores, pueden perder. También explicó, mediante fórmulas matemáticas, que cuando los individuos participan de una competencia en la que el objetivo es la búsqueda del beneficio del conjunto, aumenta en forma notable las posibilidades de que el resultado favorezca a todo el grupo. Como sociedad, deberíamos aprender de esa enseñanza y buscar alternativas innovadoras para combatir el flagelo de la pobreza, sin olvidar que también serán necesarias políticas públicas y una mayor calidad en la gestión para generar más empleos con salarios dignos.
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