El síndrome de Jerusalén
Esta es una ciudad donde la gente vuela. Cerca de Jerusalén, subiendo desde Jericó, en medio de un gran torbellino, el profeta Elías fue arrebatado hacia la estratósfera por un carro de fuego tirado por un caballo que también era de fuego. - Por Manuel Vicent*

Algunos han visto en este pasaje de la Biblia una prueba del paso de extraterrestres por este desierto calcáreo de Judea. Vinieron a cazar ejemplares humanos de especial calidad en la época del primer templo.
Unos siglos después, desde el monte de los Olivos, frente a la hermética Puerta Dorada que preside un valle de tumbas, Jesús de Nazaret subió a los cielos con los pies desnudos impulsado solo por una energía interna. Su túnica blanca se confundió primero con una nube y finalmente quedó como un punto luminoso en el firmamento, hasta que desapareció.
También la roca del sacrificio de Abraham en la cima del monte Moriah sirvió a Mahoma para despegar hacia las esferas en un viaje nocturno, cabalgando el legendario caballo Kurak, que tenía alas, cara de mujer y cola de pavo real con arneses de oro. Eso sucedió en un terreno de dos kilómetros cuadrados, ya que Jerusalén era el Cabo Cañaveral de entonces, un lugar de lanzamiento de profetas al espacio.
Gracias a las últimas teorías de vuelo hoy se sabe que en aquel Jerusalén los frenéticos visionarios no subían a los astros con corceles. Sólo viajaban hacia el interior de su propia locura, que parecía tan alta como una constelación. Después de Copérnico ya se admite que la Tierra está situada en el cielo y que por ahí fuera no hay realmente adónde ir.
Si Elías, Jesús y Mahoma se dirigieron al séptimo cielo a la velocidad de la luz, la máxima imaginable en física, aún no habrán alcanzado siquiera las primeras estrellas de nuestra galaxia, que están a millones de años luz. Pero el universo es curvo, según Einstein. Esto hace posible que algún día Jesús y los profetas voladores pasen rozando de nuevo las murallas de Jerusalén en un vuelo hacia el cielo de abajo y atraviesen las almas de cuantos esperan algo sublime aquí en la Tierra.
En el interior de esas murallas se han instalado a través de la historia tres religiones monoteístas exclusivas, excluyentes y constreñidas, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, las tres con la misión espiritual de ocupar todo el universo, si bien sus fieles no han resuelto el problema de la vivienda y se ven obligados a fregarse los cuerpos en las callejuelas angostas, y esa fricción genera un odio que es tan sólido como los perfumes de sésamo y almizcle, de cera e incienso.
Esta es una primera sensación de Jerusalén: el odio es aquí una liturgia que huele a podrido de lámpara votiva y cardamomo, a canela y a otras especias de la cocina oriental.
La energía de estas tres religiones es más potente que el uranio enriquecido y existe un punto en la milenaria ciudad de Jerusalén donde confluyen. El Muro de los Lamentos es un residuo del templo judío que ahora sirve de contrafuerte y soporte a la explanada del monte Moriah. En ella se eleva la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca, lugares absolutamente sagrados para los musulmanes. Cerca de allí cruza la Vía Dolorosa hasta el Santo Sepulcro. Un solo Dios y tres detonantes.
Los judíos se ven obligados a rezar frente a unas ruinas que están a nivel del Jerusalén de tiempos de Herodes, mientras los musulmanes en la cima del monte Moriah exhiben un esplendor fascinante en sus oraciones sobre alfombras casi voladoras alrededor de la gran bola de oro y los minaretes. Muchas veces al día, los rezos judíos, las voces del almuecín y las campanas cristianas coinciden. En ese momento, Jerusalén parece un manicomio a la hora del recreo.
En esa lucha por apoderarse del centro del universo, los judíos acaban de abrir un túnel que arranca del Muro de los Lamentos y desemboca en la Vía Dolorosa, después de recorrer la cepa de las mezquitas del monte Moriah por el lado oeste. Los palestinos que rezan en la explanada con el rostro pegado al suelo saben que en las entrañas del monte los enemigos están escarbando y tal vez desde arriba sienten en la frente la vibración de las excavadoras de los arqueólogos y el profano rumor de los turistas. Esta penetración subterránea ha sido tomada por los musulmanes como una violación de su alma que deja además desprotegida la base de sus mezquitas. Los enemigos podrían poner ahora una carga de dinamita bajo Al Aqsa para hacerla saltar por los aires. La apertura de este túnel, llamado de los Asmoneos por la época a la que pertenecen sus sillares, produjo una explosión de violencia y fueron decenas los muertos palestinos en Ramala, en Nablus y en Jerusalén este.
El túnel recorre parte del Muro de los Lamentos en su primer tramo; después sigue un camino más profundo aprovechando el antiguo sistema de cisternas; a veces pasa sobre varios pozos que son excavaciones interrumpidas y luego se adapta el camino de unos acuíferos naturales hasta terminar en una perforación artificial rectilínea que se abre en la Vía Dolorosa frente a la iglesia de la Flagelación.

Los palestinos dicen que el túnel pone en peligro los cimientos de la Cúpula de la Roca. Se trata más bien de una agresión espiritual. El día en que visité ese túnel pude ver en uno de sus recodos en penumbra un pequeño graderío lleno de soldados israelíes que atendían las enseñanzas de un guía que les explicaba con un puntero la gran maqueta del templo de Salomón que allí se exhibía. Los judíos ortodoxos sueñan con que esa maqueta se haga realidad en la cima del monte Moriah, aunque para eso haya que volar la mezquita de Al Aqsa y la Cúpula de la Roca. Recientemente, el primer ministro Netanyahu regaló al arzobispo de la Iglesia greco-ortodoxa una maqueta del futuro Jerusalén que incluía el templo judío reconstruido en la cumbre.
El túnel de los Asmoneos tiene varias derivaciones que de momento están cegadas. AI parecer, algunas de ellas conducen al centro interior del monte sagrado, donde muchos judíos creen que se halla el Arca de la Alianza, aquel tabernáculo móvil que trajo Moisés desde el Sinaí a través del desierto. Se supone que las Tablas de la Ley permanecen en la profunda vertical de la Roca de donde partió el caballo volador de Mahoma y que miles de años antes sirvió de altar para que Abraham probara su fe en Jehová obedeciendo la orden de sacrificar a su hijo Isaac, quien en el último segundo, cuando el cuchillo ya estaba arriba, fue sustituido por un cordero. Este rito de Abraham marca el momento en la historia de la cultura en que los sacrificios humanos a los dioses son sustituidos por los animales, lo que significa un paso decisivo en la civilización. No obstante, las matanzas religiosas son recidivantes, van y vienen. El nombre de Dios, Yahvé o Alá planea como un cuchillo en la garganta de cualquier Isaac al inicio del tercer milenio y pueden ser infinitos los matarifes sagrados, profetas voladores y políticos mesiánicos dispuestos a usar la piedra de Abraham.
Existe lo que se llama el síndrome de Jerusalén. En la clínica de Deir Yassin, un psiquiatra argentino atiende más de cien casos al año de gentes que se creen Isaías o Jesucristo o Sansón o Adán o Goliat y toda clase de Mesías, desde los que piden venganza hasta los que imparten misericordia.
En este viaje a Jerusalén me he hospedado primero en el hotel King David, situado en el barrio judío más elegante de la ciudad nueva. Este hotel sirvió de residencia al gobernador británico en la época del Mandato. La organización clandestina Irgum, encabezada por el terrorista Menahem Beguin, voló parte del edificio con una gran carga de dinamita que introdujo en los tarros de leche por la cocina.
Murieron 91 militares y algunos turistas. Ahora, en el vestíbulo lleno de joyerías y judíos carísimos, aquel terrorista que iba disfrazado de rabino, Menahem Beguin, aparece en una foto como huésped ilustre del hotel que él mismo derribó. El terrorista jefe de Gobierno está enterrado en el valle de Josafat, junto a la tumba de Zacarías, a la espera de la resurrección de la carne en primera fila, muy cerca de la Puerta Dorada por donde van a penetrar en la gloria de Jerusalén los resucitados que se salven en el Juicio Final. Los condenados irán al infierno, que se halla exactamente en la otra parte de la muralla en el pequeño valle de Hinnon, donde están la cinemateca, los restaurantes caros y bares de moda cuyas terrazas tienen enfrente la iglesia de la Dormición, también llamada del Sueño Eterno. Los fanáticos cinéfilos de Jerusalén creen que allí está enterrado Bogart, y hay un altar con la imagen de Lauren Bacall.
Los modernos de Jerusalén se divierten en ese barrio de Yemin Moshe, alrededor del molino de Montefiore. En el restaurante Mishkenot Sha"anamin, cuyas cristaleras se abren de noche a la muralla iluminada de la ciudad vieja, un intelectual laico ante unos palmitos con salmón me explicó en qué consistía el Torah-net, la vía pura para entrar en el Internet, la línea kosher establecida por los ortodoxos, limpia de sexo, herejías y otras impurezas.

En este lugar donde reside oficialmente el infierno, según el libro sagrado, no se ven judíos heradines con levitones y sombreros negros y aladares trenzados sobre las orejas. Ellos habitan en el barrio de Mea Sharim. Le pregunté a este intelectual judío qué significado tienen esos tirabuzones. Me dijo que están ordenados por el Talmud y que tal vez servirán un día para que los ángeles, tirando de esas guedejas, puedan llevarse al cielo con más facilidad a esos elegidos del Señor.
Mientras esto me contaba el intelectual laico, en la mesa de al lado unos que parecían altos ejecutivos hebreos de Nueva York hablaban de un negocio de joyería. Esa misma noche se estaba produciendo el repliegue de las fuerzas israelíes en Hebrón, ciudad palestina donde está la tumba de los patriarcas, y al día siguiente era viernes de Ramadán.
Todos los minaretes estaban erizados de llamadas a rezar y también los judíos se preparaban para el sabbath, que se inicia a la puesta del sol. Dejando atrás Jerusalén, que olía a tortas con miel, me fui esa mañana a Hebrón, y de camino, a la altura de Belén, vi que unos soldados impedían el paso a unos palestinos que se dirigían a pie por la carretera a la mezquita de Al Aqsa para la oración de mediodía. El grupo se disolvió a través de los desmontes, evadiendo los fusiles, y no hay duda de que su fe les hizo llegar a la explanada de la Cúpula a la hora exacta junto a miles de adoradores de Alá, cuyos cuerpos cubrían la tierra y sus oraciones tapaban el cielo, solo taladrado por la enorme voz de la autoridad religiosa que dirigía la plegaria.
Cuando llegué ese viernes de Ramadán a Hebrón, a media mañana, las fuerzas israelíes habían abandonado el cuartel general, un siniestro caserón cuadrangular ubicado en la cota más alta de la ciudad, en una colina desnuda. El tráfico para llegar allí lo dirigían los nuevos guardias palestinos con uniformes recién estrenados, y los viejos les besaban, los niños los rodeaban, los coches les saludaban con banderas palestinas.
En ese momento del mediodía había dos grandes concentraciones en Hebrón. La mezquita y sinagoga que contiene la tumba de Abraham, compartida por musulmanes y judíos, estaba rebosante de fieles palestinos postrados y calentados sobremanera por una arenga celestial a cargo del jefe religioso de la ciudad, cuya voz no escondía en absoluto la ira. A la misma hora había en torno al caserón militar abandonado por las fuerzas israelíes otra concentración laica, aunque no menos ferviente.
Algunos miles de jóvenes palestinos trataban de penetrar en aquel recinto para encontrarse con las habitaciones y sótanos vacíos, donde en alguna ocasión tal vez habían sido detenidos, interrogados y torturados. Por encima de las cabezas ahora pasaban alfombras, y colchonetas de espuma, y los militares palestinos entraban y salían, se abrían paso a codazos entre la multitud donde había una mezcla de odio y alegría, ambos en estado puro. Desde lo alto de la colina se oía la ardiente soflama de la mezquita en el fondo de la ciudad.
Para llegar hasta la mezquita hay que pasar por la calle que los colonos judíos han establecido como su reserva. Está guardada por el ejército israelí y por los rifles propios, con barreras y alambradas de entrada y salida sólo para peatones. Rodeados por más de 100.000 palestinos de Hebrón, estos 400 colonos armados exhiben el talante de aquellos vaqueros del Oeste cuando ponían las carretas en círculo, aunque estos pioneros son impulsados por un fanatismo religioso que no oculta una ambición terrena.
Entre esta calle y la mezquita está el zoco. En este mercado las pistolas hacen síntesis con la carga espiritual. Aquel viernes de ramadán, a la salida de la oración en la mezquita, los fieles recién alimentados por las enseñanzas del profeta se precipitaron en el zoco sobre los puestos de verduras con la idea de abastecerse para la ruptura del ayuno cuando cayera el sol, y en medio de las barricadas de alimentos sencillos se encontraron con las metralletas que guardaban a los colonos.
En ese punto donde confluyen el zoco, el cementerio, la tumba de los patriarcas y la reserva de los colonos fue donde hace unos meses el soldado tuercebotas y descerebrado Noam Friedman había disparado a mansalva contra la multitud de palestinos que se abastecía. Ahora también pudo haberse iniciado otra balacera parecida, ya que adolescentes colonos se paseaban provocando con la mirada, protegidos por las metralletas, pero sus ojos azules se encontraban en medio del gentío con otros ojos negros que tal vez pertenecían a terroristas de Hamas, llenos de odio.
En medio de un grupo de periodistas, el portavoz de los colonos, un pelirrojo norteamericano llamado Noam Arnon, comentaba el acuerdo con Arafat: "Ayer fue un día muy triste para toda la humanidad, el día en que el mundo se ha rendido ante el terror". En la mezquita, los fieles aún hacían flexiones, había controles de policía, cánticos y cámaras de televisión, remolinos de gente alrededor de los fusiles. Pudo haberse producido una matanza ritual con mariposas de plomo. Sólo faltó un gramo más de locura o un simple estornudo que hiciera simpatía con algún dedo en el gatillo.
El 25 de febrero de 1994, el médico odontólogo Bamsh Goldstein, habitante ejemplar del vecino asentamiento de Kiryat Arba, roció de plomo a todos los palestinos que rezaban en la mezquita de Hebrón y produjo 29 muertos y más de 100 heridos. Murió apaleado a renglón seguido, pero su tumba contiene este epitafio: "Hombre de corazón puro y manos puras, murió santificando el nombre del Señor".
Estaba a punto de caer la tarde cuando regresé a Jerusalén, y aquí la batalla se producía no con fusiles, sino con plegarias encontradas que buscaban cada una en el cielo a un dios distinto. Grupos de judíos ortodoxos acudían al Muro de los Lamentos y esperaban rezando la puesta del sol que iniciaba el sabbath, y mientras arriba los minaretes musulmanes cantaban el Corán, abajo la explanada del muro se hacía cada vez más espesa de oraciones talmúdicas. Los alumnos de las yeshivas acudían en forma de pelotón compacto con un trotecillo de conga ritual para dar cabezazos contra los sillares que también recibían otras expresiones y el mismo sol que caía por el monte Sion: a unos cerraba el ayuno del viernes y a otros abría la fiesta del sábado, pero eran para las dos religiones idénticas las tinieblas.
También tocaban las campanas coptas, armenias, católicas, en una especie de locura general. En ese momento llegó un grupo de mulatos brasileños vestidos con joggings de colores y sombreros téjanos. Se postraron todos en el cemento del muro al estilo musulmán y comenzaron a rezar en voz alta, invocando histéricamente a Jesucristo, y eso produjo un pánico entre los judíos de alrededor, pero los mulatos rezaban hasta llegar al llanto y llamaban también a los orishas de la selva por sus nombres, cosa que sobrecogía a todos.
La gente no se mata por hambre, sino por cultura, raza, religión o patria. Cuando varias religiones viven hacinadas o superpuestas, esta fricción desarrolla violentamente las diferencias, en lugar de potenciar las semejanzas. Este es un signo del final del milenio: la tensión hacia la unidad planetaria produce explosiones cuando se oprimen distintas culturas. Esta es la historia de Jerusalén. En el Muro de las Lamentaciones, el favor judío es auténtico. En la explanada de la mezquita de Al Aqsa, el fervor es auténtico: ambos están cargados con dinamita. En cambio, la iglesia del Santo Sepulcro parece un almacén desvencijado de turistas que sorben con cámaras de video todo su espíritu. Los japoneses esperan en las colas dentro del templo devorando hamburguesas mientras van y vienen sacristanes devastados y viejos frailes con un aire de ceniza.
El Estado de Israel y los territorios ocupados forman una piel de leopardo y cada una de sus manchas es un foco de violencia. Las ciudades palestinas, Belén, Hebrón, Ramalla, Nablus, Jerusalén Este, enclavadas en medio del enemigo, están a su vez penetradas por colonos judíos armados. En ellas el odio forma distintas capas, como las ruinas. Las manchas del leopardo se superponen, se entreveran, se transforman en rifles y oraciones.
En este viaje he tenido ocasión de ver uno de los espectáculos más profundos del planeta. A la caída de la luz, un viernes de Ramadán me encontraba en lo alto del Monte de los Olivos frente a las murallas iluminadas de Jerusalén separado por el valle de Josafat. En ese momento comenzaron a sonar a la vez todas las mezquitas, cuyos ecos se multiplicaban hasta perderse en el desierto, y al mismo tiempo se oían sirenas de policía y de ambulancia y tocaban las campanas de todos los templos cristianos, y no era menos intenso el rumor de lodos los rezos hebraicos que se elevaban al cielo, donde el sol en el horizonte era absolutamente de sangre.
Después compré hierbabuena en la puerta de Damasco, por la avenida de Solimán y la calle Salah Ed-Din, donde los palestinos adquirían tortas con miel para la ruptura del ayuno, llegué al hotel American Colony, y allí me esperaba un psiquiatra argentino rodeado de muchos corresponsales de guerra para explicarme el síndrome de Jerusalén, por qué en esta ciudad los profetas vuelan, unos con caballos alados, otros con carros de fuego, algunos con dinamita y solo uno por propulsión interna.
*Publicado en "Espectros", 2000.










