La última noche de Diego Mendel
"Estamos en el mundo pero con los ojos en la noche" (Jacobo Fijman) 
 Por Miguel Ángel Molfino 

Los primeros rayos de sol pintan de cobre las tierras y el perezoso río. Los árboles recobran lentamente su verde, y bajo el cielo lechoso vuelan en círculos tres caranchos. Un chalet blanco de tejas color lacre, ladeado por un túmulo de árboles excitados de follaje, parece olvidado en el silencio. La puerta principal está abierta. La madera presenta tres agujeros astillados. Son los huecos dejados por las balas de un arma de grueso calibre.
Sobre el césped del jardín del frente pueden verse dos perros muertos a tiros. Sin embargo, los caranchos sobrevuelan un cuerpo inmóvil a pasos de la ribera del río. Si nos acercamos, descubriremos que se trata del escritor Diego Mendel. Está muerto. Tiene un balazo en la frente. Diego Mendel vivía solo en las afueras de la ciudad desde que enviudó. A los cuarenta años, era un escritor que empezaba a ser reconocido, sobre todo por su última novela, titulada "Nudos".
Faltan cerca de veinte horas para que hallen el cadáver y veintidós hasta que llegue la policía. Mientras tanto, trataremos de averiguar qué sucedió durante sus últimas horas.
Mendel escribía de noche. A las veinte horas se sentó a su computadora. Había puesto el CD de "Mishima", la ópera de Phillip Glass. Prendió un habano, dio dos pitadas y dejó que se consumiera en el cenicero sin tocarlo más. Cada tanto abría un libro de tapas de cuerina verde y lo hojeaba, o anotaba en los márgenes algún comentario. A las veintiuna, alguien apagó el home theatre, cosa que sobresaltó al escritor. Se levantó, se asomó al living y alcanzó a ver o creyó ver una fugaz sombra desapareciendo por el pasillo. Volvió a activar la ópera y se volvió a sentar. Escribió unos minutos y se detuvo cuando escuchó el aullido doloroso de uno de sus perros. Se asomó por la ventana. La noche sin luna y estrellas había sepultado el planeta. "Siempre es difícil mirar dentro de la noche –pensó- es otro mundo el que evoluciona dentro de ella". Tomó una linterna y salió al jardín. El haz de luz rebotaba en el césped, en los árboles, y regresaba sobre el césped. Llamó a sus perros y sólo escuchó el ladrido de Molly.
Circunvaló su casa como un satélite torpe y ciego. Cuando se encontraba en la parte posterior, escuchó tres fuertes detonaciones que parecieron sofocarse en una madera. Quedó helado, se le resbaló la linterna de la mano. El sudor le quemaba la piel y temblaba. ¿Qué sería todo eso? Era una pesadilla que se desenroscaba muy lentamente. Como una cobra. Sus ojos podían penetrar algo de la negrura y creía ver siluetas grises que corrían, se entrecruzaban, o saltaban en una danza misteriosa. Como una danza sacrílega del medioevo.
Mendel recuperó la linterna e iluminó en abanico el escenario donde las sombras hacían de las suyas. Y nada. Un nuevo estampido le ahogó el corazón. Oyó los aullidos de Molly y un nuevo disparo la enmudeció. En más de una ocasión había pensado que comprar un revólver no estaba de más. Pero nunca se decidió. Soy un idiota, se dijo.
Sintió que sus ojos chapoteaban en el pantano de la noche. De pronto, escuchó un sollozo. Salía de una garganta de un hombre. Entonces gritó: "¡Hey, qué quiere amigo! ¡Qué está pasando!". La respuesta fueron unas ramas frotándose con la brisa.
Perdido por perdido, decidió huir, escapar de esa oquedad habitada por una muerte sin ojos. Arrojó la linterna apagada junto a la pared de la casa. Y empezó a correr en dirección al río. Imaginó que podría saltar y nadar hasta alejarse. Sentía el chasquido de sus pasos sobre la hierba. Hasta que tropezó con el cuerpo muerto de Kurt, su ovejero alemán. Cayó y siguió corriendo. La noche lo llevaba por delante, parecía un bloque de almas perdidas en la inmensa soledad.
Cuando divisó el lomo del río, la silueta negra se interpuso en su carrera. Y le metió un balazo en la frente. Antes de apagarse, sintió el crujido de su hueso frontal astillándose y a sus ojos perderse en lo más profundo de la madrugada.
Es todo lo que sabemos sobre la última noche de Diego Mendel. Aún faltan horas para que lo encuentren.










