Desperdicio de alimentos
Se estima que cada año, a nivel global, casi un tercio de los alimentos producidos para consumo humano va a parar a la basura. Frente a esta realidad, que también está presente en nuestro país, se impone la necesidad de promover un consumo más responsable y, al mismo tiempo, coordinar acciones entre distintos sectores para que empresas de alimentos puedan hacer llegar los productos que ya no comercializan a las familias más vulnerables.
Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cada año se desperdician más de 1300 millones de toneladas de alimentos en todo el mundo. Se estima que esa cantidad equivale a casi un tercio de la producción mundial. El fenómeno, advierten expertos en la lucha contra el hambre, está estrechamente relacionado con la cultura del descarte y el desperdicio que predomina en las sociedades actuales. El propio papa Francisco hizo referencia al problema y atribuyó el mismo a "las rígidas reglas del mercado, una cultura del descarte y del desperdicio que, en el caso de los alimentos, tiene proporciones inaceptables y determina miseria y sufrimiento de tantas familias".
Por su parte, el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) elaboró el documento "Enviado a la basura", en el que calcula que el desperdicio es aún mayor: 2250 millones de toneladas anuales. La estimación, aclara esta organización, abarca los desechos de establecimientos agropecuarios, comercios minoristas, en el servicio de alimentos y los hogares de los consumidores y el estimado de las pérdidas que ocurren en las etapas de transporte, almacenamiento, fabricación y procesamiento. Pero eso no es todo. También observa que se despilfarra una enorme cantidad de recursos naturales como agua, tierra y energía que se emplean en el proceso de producción.
La semana pasada se conmemoró el Día Internacional de la Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, a partir de una iniciativa de la ONU que eligió el 29 de septiembre para celebrar esa jornada, cuyo principal objetivo es generar conciencia y evitar que los alimentos se desperdicien, especialmente en aquellas naciones en los que buena parte de su población vive por debajo de la línea de la pobreza. Como se sabe, nuestro país no permanece ajeno al serio problema de hogares con ingresos muy bajos, lo que se ve agravado por el incremento en los precios de los alimentos, especialmente de algunos alimentos frescos, como frutas y verduras, lo que provoca cambios en los hábitos alimentarios en esos hogares. Y es que, ante la imposibilidad de acceder a productos con mayor valor nutricional, no pocas familias se vuelcan al consumo de alimentos poco saludables. Cabe recordar que para la Organización Mundial de la Salud una alimentación saludable es aquella que, basada en criterios de equilibrio y variedad y de acuerdo a las pautas culturales de cada grupo poblacional, aporta a las personas una cantidad suficiente de nutrientes esenciales.
Merece destacarse, por cierto, la tarea que lleva a cabo la Red Bancos de Alimentos, una organización que está presente en varias provincias y trabaja para reducir el problema del hambre y la desnutrición en Argentina. Esta organización remarca la necesidad de reducir al mínimo el descarte de productos alimenticios que son aptos para el consumo humano aunque no puedan ser comercializados. Si se logra ese objetivo, el resultado no será menor ya que un 13 por ciento de la producción de alimentos que se genera en todo el país se desecha, según estimaciones del Ministerio de Agroindustria de la Nación. Los datos de la cartera nacional hablan de un fenomenal desperdicio que ronda los 16 millones de toneladas de comida cada año. Se trata de alimentos que, si bien por su presentación no son incorporados a las cadenas de comercialización, todavía se conservan aptos y pueden ser empleados para alimentar a muchas personas que están en situación de pobreza. Es necesario, entonces, sumar esfuerzos para rescatar aquellos alimentos que perdieron su valor comercial pero que son aptos para el consumo humano. De lo que se trata es de evitar su desperdicio y, por consiguiente, la posterior contaminación al ambiente, para lograr que en lugar de ser descartados lleguen a los hogares más vulnerables y a las personas que más lo necesitan.










