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OPINIÓN

Adoctrinamiento y mala educación

Algo que nos toca de lleno en esta campaña electoral es el uso y manipulación de la "educación" para generar algún efecto, ya sea adhesiones, o simplemente llamar la atención.

Si a alguien no le importa la educación es a la derecha, porque como sabemos, la educación –como la seguridad, como la justicia, como la salud–requiere inversión pública. Concepto que detestan quienes consideran que el Estado debe reducirse y dejar al mercado privado las actividades que generan ganancias.

Que la educación es rentable lo vemos a diario, convertida en un "servicio" se volvería inaccesible para muchos, o a lo sumo en una prestación mediocre.

Sobran los ejemplos en todo el mundo, aunque alguien podría decir que en la actualidad, aun cuando es considerada un derecho, la encontramos segmentada según regiones geográficas, según sectores sociales, e incluso según la escuela sea urbana o rural, de la periferia o céntrica.

Es cierto, son falencias que cuesta superar, dependiendo del ciclo económico –de crecimiento o de estancamiento– que atraviesa el país y de las políticas de largo plazo.

Las aceleradas transformaciones sociales obligan al docente a una permanente actualización para seguir el ritmo de expectativas del alumnado y sus familias, con ser imprescindible, no basta la formación de base, ni el perfeccionamiento individual, el acompañamiento del Estado, a través de los medios públicos, y de actividades culturales de calidad constituye un soporte invaluable para aportar ideas, propuestas, y enfoques, que garanticen criterios pedagógicos renovados y capaces de impactar en la atención, en el interés, y en los aprendizajes significativos de las nuevas generaciones.

Que una candidata prometa "no adoctrinamiento" en educación es una muestra de ignorancia que en realidad anticipa su plan: determinados temas se tocan en el aula y otros no. Sabemos que la dictadura propuso lo mismo, y terminó por prohibir hablar de matemática moderna.


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Bien dice Gabriela Gamberini que durante la dictadura"se omitían o retiraban de los planes de estudio, aquellas materias que daban posibilidad de opinión o debates sobre temas sociales plausibles de  alterar ese orden, o bien, se excluían las vertientes críticas de los contenidos a tratar. Hubo, también, un fuerte control sobre los materiales de estudio".

En este terreno compite con la ultraderecha, que en su afán de reescribir la historia y construir un presente de desconfianza social y odio generalizado, avanza sobre las realizaciones más emblemáticas en políticas públicas educativas, como el canal Paka Paka o el Conicet.

La destrucción de los consensos sobre los que se asienta la convivencia democrática –como que un candidato porteño desconozca la lucha por la independencia del imperio español y los proyectos de nuestros próceres– cumple con la doble finalidad de debilitar la conciencia nacional y habilitar la subordinación a nuevos imperios, como de hecho pretenden las grandes potencias y sus socios financieros.

La derecha ataca, sus burdos recursos encuentran terreno fértil en la confusión creada, algunos docentes en las escuelas de Resistencia la acompañan, y a contramano de lo que pregonan sus referentes, desvían los temas de sus clases para "adoctrinar" a sus alumnos con relatos banales –ojalá se animaran a generar dudas y preguntas–, lejos de proponer lecturas compartidas, imponen y machacan consignas televisivas a favor de su elección personal, sea Bullrich o Milei.  

Con su luz de ternura e inteligencia, María Elena Walsh supo definir a la Argentina de la dictadura como el "País jardín de infantes", imaginemos la vacilación de la maestra que tuviera que referir "el endeudamiento de Rivadavia con la Baring Brothers", ante el riesgo de ser acusada de estigmatizar a Macri, modelo de ambos espacios, por contraer la deuda externa más grande del mundo.

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