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"Dirijo de acuerdo con lo que el partido me pide"

Señor director de NORTE:

Cualquiera puede pensar que la persona que lo dijo tiene un gran poder de adaptación a los acontecimientos del momento, en cualquier ámbito de su vida. Sin hablar de su capacidad para hacer frente a cualquier cosa que suceda en un partido de fútbol, en este caso, y él como árbitro.

El domingo 24 de septiembre jugó Joaquín, uno de mis nietos al que le gusta el fútbol, que es hincha de un equipo, está enamorado de otro y juega para el eterno rival de estos dos. ¿Cómo se entiende esto? Tiene 11 años y está formando su personalidad como deportista, no solo eso, es arquero y es conocido lo que puede pasar en el arco, es la última persona que debe evitar un gol.

Al final del partido, el árbitro pasa a mi lado cuando me retiraba de la cancha y se me ocurre preguntarle si lleva tiempo en esto. Un año y medio, dice, y le pido permiso para hacerle otra pregunta. Como me autorizó, quise saber si algo le impedía correr y fue allí donde dijo la célebre frase: «Dirijo de acuerdo con lo que el partido me pide».

Miré sus ojos, su rostro y al parecer, estaba convencido. Volví a preguntar si alguien le había enseñado ese concepto, y aquí la sorpresa: «No, es lo que yo decido dentro de la cancha». Con esto último, alguien podría terminar el diálogo en ese instante, sin embargo, me dice si tenía algún consejo para darle. Mis canas delatan que, tal vez, pueda saber algo que él no tenga en cuenta a sus veintitantos años. Es joven, se expresa bien, escuchó mis preguntas y contestó de buena manera.

Es evidente que conoce la reglamentación del fútbol, entonces, qué o quién hace que tenga ese tipo de pensamiento. En este caso con el deporte, no conozco el resto de su vida, pero aquí hay personas que lo vieron parado en el círculo central, con el brazo derecho doblado cruzando su cuerpo por delante de su cintura y el izquierdo apoyado sobre este otro brazo, y con la mano izquierda acariciando su mentón. Como si estuviera analizando algo, o pensando quién sabe qué cosa. Parado, sin moverse. Como si le diera lo mismo lo que sucedía.

Hasta que un niño del otro equipo cae al piso, desde lejos no pude escuchar ni ver a ciencia cierta si le dolía algo. Hay varios metros del centro de la cancha hasta el área, al menos treinta y pico, este campo de juego es grande. Es la cancha oficial, donde juega la primera de Don Orione.

El árbitro, desconozco su nombre, comenzó a caminar hacia el jugador que estaba en el suelo. La doctora que asiste a los niños en los partidos corrió al costado del campo, esperando la orden de ingreso. El que autoriza es el árbitro.

¿Cuántos pasos puede dar una persona normal en treinta y pico de metros? ¿Cuánto tiempo puede tardar? No mucho, pero había un niño que necesitaba asistencia no era un soldado que fue a la guerra o algo parecido que no necesitaba atención. Era un jugador defensor de once años, la misma edad que Joaquín y que todos los jugadores allí. Algunos compañeros se acercaron rápido para ver qué le pasaba, el árbitro seguía caminando como queriendo mostrar calma y control de la situación. Me cuesta pensar en otra cosa, o tal vez, no quiero hacerlo. Mientras dure el partido, el que está a cargo de esos niños es él, como autoridad.

Hoy pienso que, si dirige de acuerdo con lo que el partido le pide, ¿ese niño en el suelo tenía algo que ver con ese partido? ¿O era un hecho fuera de contexto metido en un encuentro de fútbol de dos clubes amateurs que intentan darle valor a un juego justamente infravalorado?, porque si no las canchas en los torneos de la liga chaqueña estarían llenas de público.

No sé cuánto tiempo tardó el árbitro en llegar hasta el lugar donde estaba el niño golpeado, creo que podría dar lugar a escribir un capítulo entero de una serie de televisión. Si los padres de este niño estuvieran en la cancha, podrían llegar a preocuparse, y con justa razón, no creo que a alguien le guste ver a su hijo así y que no atiendan. Mientras tanto, la doctora seguía esperando la orden de ingreso al campo.

Por fin llegó el árbitro, desde arriba, sin agacharse, algo parece decirle al jugador, levanta el brazo y llama a la doctora. Ella corre para ver al niño, la doctora no parece entrenar mucho, pero se mueve con rapidez, sabe que tiene que hacerlo. Vemos que coloca aerosol para golpes, antes revisa la gravedad de la lesión y ayuda al niño a incorporarse. Por suerte, no era para tanto.

Lo que invita a pensar que, si el árbitro dirige de acuerdo con lo que el partido le pide, será que tiene su intuición tan agudizada que puede saber lo que le pasa a cada persona dentro de la cancha, o como para darse cuenta de que la lesión del niño no era grave. Es posible, tal vez se dedique a lo mismo que la doctora y tenga conocimientos que las personas en la tribuna desconocen. Pero no le dio la importancia al momento.

La comparación entre cómo reaccionó la doctora y qué hizo el árbitro ante el mismo hecho invita a sacar conclusiones que nos acercan a la ética profesional, pero sin llevarlo a un plano filosófico podemos hablar de respeto hacia su trabajo, o hacia los niños que tiene a su cargo en ese momento, o a los padres que van a disfrutar del juego, o a los entrenadores que bien o mal los preparan y enseñan, o hacia la dirigencia de la liga que le permite ejercer esta función. Al menos, lo básico, respeto ante todo y ante cualquiera.

Es cierto que hay muchas cosas más en esta situación, no digo en juego porque eso lo dejo a los niños y su ilusión de ganar un partido, hablo de valores. Si alguien le enseñó el oficio, ¿se puede decir que es responsable por lo que hace cada persona como árbitro de fútbol? O en cualquier deporte, porque también se aprecia este tipo de conductas en el vóley y en el básquet.

Quién obliga a alguien estar en el centro de las miradas en un partido de fútbol, creer que tiene las respuestas a todo y con un año y medio de experiencia. La práctica exige que tiene que dirigir divisiones inferiores, aprender, seguir estudiando las reglas para entender con exactitud en qué momento del encuentro aplicarlas. Y formar el criterio justo cada vez que hace sonar el silbato. Sin embargo tiene ejemplos en otros con más años que hacen lo mismo, y se torna recurrente en nuestro ámbito.

Parece sencillo, pero no lo es. Y sí, un consejo puedo darle si quiere seguir con esta actividad, que piense cada vez que se vista de árbitro. El hábito no hace al monje, es cierto, pero lo obliga a ser coherente y respetuoso si elige estar a cargo de personas, por más que sea un partido de fútbol, o solo niños jugando, tiene que impartir justicia.

Después de todo, esos jugadores van a crecer y los encontrará en primera división, se supone que es alguien preparado para administrar justicia con la menor cantidad de errores posibles, pero con valores de persona de bien.

Miguel Quiña

DNI 14.224.068

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