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Perderte es nunca hallarte

"La alegría no produce buenas historias" (Jean Luc Godard) - Por Miguel Ángel Molfino

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Candy se veía feliz. Con la capota de la coupé-cabriolet plegada, iba dando chillidos, agitando en alto las manos y sacudiendo la cabeza como para ayudarle al viento a que la despeinara más. Bajo esos anteojos de sol de marco azul, tan infantil, la blusa a lunares abierta, se veía muy bonita con sus labios carmesí bajo el sol.

Aquí parpadea la imagen y se corta el video. De esto hace ya casi quince años. Cierro la computadora.

Desciendo en la pequeña estación de ferrocarril, minutos antes del oscurecer. Las lámparas distribuidas a lo largo del andén iluminan las cuatro o cinco personas que esperan subir a los vagones. Se ven tétricos, acechantes en la oscuridad. Hay un comedor iluminado en el que toman café con leche un viejo en una mesa y un tipo de mameluco en la barra. Entro. El mozo deja de pasarle un trapo sucio al estaño y me mira. Le pregunto por un hotel. Derecho por ésta, unos tres cuadras y media. Su mano señala una pared en la que cuelga un almanaque mugriento de 1985. Estamos en 2007. Antes de irme, le pregunto si conoce a una mujer llamada Cándida Goitía. No, dice, y sigue limpiando. Le solían decir Candy, insisto. Ahora dice no con la cabeza, me da la espalda y desaparece por una abertura sin puerta. El olor a frito es insoportable.

Llego al hotel, me registro. La recepcionista es una mujer de edad indefinida, le falta un brazo y su cara se ve deformada por viejas cicatrices de quemaduras. Habrá sufrido un accidente terrible. Lee mi nombre, me mira, lo vuelve a leer y me vuelve a mirar. Me entrega la llave. Habitación 14, final del pasillo, dice. Le pregunto si conoce a Candy, a Cándida Goitía. Me mira una vez más con sus ojos gastados y responde que no. Eso de clavarme los ojos como si me temiera me llama la atención. 

Ya en el cuarto, oscuro, vetusto, de pocos muebles, sin baño y hasta dotado con una jofaina de latón y su correspondiente jarra de agua, huele a frazadas húmedas. Hojeo la Biblia que reposa en un pequeño estante. "Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor…", Pablo a los Corintios. 

Las ganas de fumar me están enloqueciendo. Malditos pulmones enfermos. Busco en mi saco mis pastillas de menta. Recuerdo la petaca de gin en mi maleta. La abro y tomo un largo, quemante trago. Me quito el saco y la remera y me dejo caer en la cama. Al ventilador de techo le falta una paleta y una buena limpieza. La pared de la ventanita tiene un gran manchón de humedad. Ya es noche plena, prendo el velador y entrecierro los ojos.

Allí está Candy, en Sierra de los Padres, haciéndose la mona, jugando a cazar mariposas inexistentes. Le digo que deje de joder, que se nos está yendo el sol, que va a ensuciar el vestuario y para la próxima toma nos quedan apenas minutos, el sol ya está sorteando el manto de nubes que lo tapó. El director de fotografía escudriña el cielo con su fotómetro. "Dos minutos para filmar", grita. Candy se sienta en su silleta, le quitan la transpiración, le retocan el maquillaje y le acomodan el pelo.

—¡Silencio! ¡Listos! ¡Acción! –grito, y siento el rumor del motor de la cámara empezando a rodar.

¿En qué jodido momento te perdí? Fue ese viaje, ese jodido viaje y esa jodida filmación en Praga que no debí hacer. 

—Erni, no me das bolilla, Erni… ¿no te gusto más?

Pero si yo te quiero, Candy, vos ya lo sabés.

¿Qué se había perdido ya? Candy, ahora te lo pregunto, tirado en este inmundo hotel de pueblo, ¿qué carajos nos estaba pasando, que no nos dimos cuenta de que todo se iba al carajo? Decido salir, buscar un bar, o lo que mierda exista en este lugar de mierda y ponerme en pedo, bien en pedo, y mañana me dedico a buscarte, Candy-Candy.

De un salto me incorporo, me pongo la remera y miro la ventanita de cortinitas ridículas. La noche es un bloque de alquitrán. Se escuchan voces que caminan, una moto, perros y el silencio de fondo asfixiándolo todo.

Me dejo caer en la única silla, cruje, está floja. No tengo fuerzas, no tengo fuerzas como para salir o caminar o chupar unos whiskies. Busco mi billetera, la abro y allí está ella, su pequeña foto, inesperadamente seria y tumultuosamente quieta. La beso como si fuera una estampita de la Virgen.

¿Vivirás todavía acá? ¿Seguirás casada?

—El día que se te ocurra dejarme, Erni, ese va a ser tu último día de vida.

Departure, esa horrible palabra de aeropuerto me persigue como un cuchillo que busca abrirme el corazón. Cuando dejé de saludarte y te di la espalda y la escalera mecánica me fue llevando rumbo a mi famoso vuelo a Praga, presentí que también algo se despedía de nosotros o que nosotros despedíamos algo.

Tu pasaje a Praga es para este viernes, ojo, no pierdas el vuelo.

Ella dijo sí, el sí más triste del mundo.

Vuelco agua en la jofaina y me mojo la cara y me la dejo húmeda, me gotea, me refresca.

Pienso en cenar y no tengo hambre. Tengo que llegar de algún modo a ese bar y a esos whiskies. Voy a fumar, necesito tabaco, humo, alquitrán, nicotina, necesito un rabioso trago de muerte.

Golpes en la puerta. Silencio. Vuelven a golpear.

—¿Quién es? –grito.

—Hernán, Erni, abrime. Soy yo.

—¿Candy?

—Sí, soy yo Erni.

De un tranco me paro frente a la puerta, me arreglo el pelo, siento que mi corazón se vació de latidos, y la abro.

Allí no hay nadie. Allí no hay nada.

Me asomo al demacrado pasillo y me alcanza a ver la conserje, está plumereando un sillón de paja tejida, me mira fijamente, hace un gesto leve, muy leve de saludo y vuelve a sus tareas.

Saludo mientras cierro la puerta lentamente.

Paso por el espejo colgado y veo a un tipo, a un yo, a un Erni Lagos que no hace mucho estuvo al sol (la piel colorada se va desvaneciendo), panzudo, de hombros caídos, su cara –que fuera algo famosa como una de las más promisorias de la dirección de cine de su generación- es una cara que tuvo su éxito entre las chicas del mundillo cinematográfico, pero… pero le pasó un tren de carga por encima, un tren que se llamaba Perdiste a Candy por no darle bola por imbécil.

Me tiro en la cama y, de rebote, me pongo de pie. Busco el saco, me lo pongo, el color naranja debe ser too much para este pueblo. Estiro la primera sonrisa de las últimas setenta y dos horas.

Me tiro dos cachetazos de Armani Code, me arreglo las dos bandas de cabello, me vuelvo a mirar en el espejo y pienso que los tres años de estudio en la escuela de teatro de Federico Luppi ayudan bastante: acabo de armar un personaje ganador, suelto, seductor, muy Fórmula 1.

La luz ámbar de los faroles de la calle me recordó que yo necesitaba un ámbito menos luminoso, me puse los Ray-Ban, y entonces distinguí a mitad de cuadra, frente a la plaza, un café-billares bajo un gran cartel de neón destruido por el viento, por la desidia o el bajo presupuesto, como en el cine.

Nadie juega al billar, suspiro aliviado. Pido un whisky doble y soda. Es un sitio limpio, bañado en una fragancia fresca, de paredes repletas de fotos y de tapas de revistas El Gráfico. Hay florcitas en algunas mesas y un suave tango remolonea al fondo, en la zona de billares.

Llamo al mozo y le jeteo un cigarrillo. Me lo da y lo enciende. Gracias. De nada señor, ya le traigo su pedido. La primera pitada llegó con tanta fuerza a los pulmones que me mareó. Siete años sin fumar. Cerré los ojos y volví a la toma aquella en la que Candy llega del brazo de su esposo –un Darín muy joven entonces- a una confitería de Praga, trayendo a sus dos hijos. La escena duró dos minutos y medio, lo que necesitaba. Sentí en ese tiempo unos celos tan perforantes que también quedé sin aire, mareado. Pura ficción, míster Lagos, pura ficción, afloje ya.

Abrí los ojos. En ese momento entró un hombre canoso que traía de la mano a Candy, y Candy arrastra a un niñito enojado que no quiere entrar al bar. Se sentaron a dos mesas. Ella me miró y solo sonrió una ráfaga, de paso. Se besaron, el padre le había dado el celular al niño caprichoso, y hablaron tranquilos, enamorados.

Llegó mi whisky doble. Lamenté que el whisky no fuera algo que me hiciera desaparecer de esa escena o de la vida. Lo primero que sucediera.

Ya no era cine, ya no podía gritar ¡CORTEN!

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