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Hasta las palabras queman

Los saqueos despertarán siempre las marcas que nos dejaron algunos de los momentos más traumáticos vividos por la sociedad argentina. Por eso, cuando episodios de esa categoría comenzaron a producirse en la semana que pasó, fue notorio el esfuerzo de autoridades, dirigentes y medios por gambetear una palabra que muchos consideran innombrable. Una palabra de esas que queman. Pero no hay manera de evitarlo: los incidentes producidos en el conurbano bonaerense y en otras jurisdicciones fueron eso. Saqueos.

Lo que sí se torna confuso es todo lo que se movió detrás de cada hecho. Un interrogante que seguramente no admite una respuesta uniforme, porque los ataques a supermercados y otros comercios no necesariamente habrán tenido una misma forma de organización ni una motivación idéntica. Pero ¿es lo central en este momento?


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Policías custodian el acceso a un supermercado en las afueras de Bariloche, en la semana que pasó.

EL ÁRBOL Y EL BOSQUE

Esa dificultad para escanear qué hubo hasta aquí detrás de los saqueos se notó en las lecturas diversas que generaron en el seno del propio gobierno nacional, donde la portavoz presidencial, Gabriela Cerruti, responsabilizó directamente a los libertarios de Javier Milei, mientras el ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, dijo carecer de datos que cimentaran tal acusación.

Es que por el momento no se ven datos objetivos que permitan hablar de una gestación partidaria de los asaltos masivos, más allá de la autoadjudicación que acerca de ellos hizo Raúl Castells, del Movimiento Independiente de Jubilados y Desocupados. Es posible que Castells alentara alguna participación de integrantes del MIJD en los hechos, pero su organización carece de una estructura tan voluminosa como la que haría falta para sincronizar movidas similares localizadas en puntos situados a miles de kilómetros de distancia entre sí. Ayer, el veterano referente (un hombre cuyas ideas se podrán compartir o no, pero que lleva un estilo de vida austero, consecuente con lo que predica) dio a NORTE su explicación sobre el punto, y se la publica en esta misma edición. Allí Castells se concentra en lo que sí es medular: lo que hay alrededor.

Ese punto, el del contexto, vuelve a ser importante en medio de todo lo que se dice por estos días. Porque, de alguna manera, el debate político se centró en si los saqueos tuvieron algún tipo de montaje o fueron espontáneos, y esa discusión pretende esconder en cierto modo -por lo menos en boca de algunos actores- la realidad de que millones de personas viven en una franja de miseria que está a medio paso, o a ninguno, de la desesperación. La vieja paradoja del árbol y el bosque.

De nuevo conviene recordar que cuatro de cada diez argentinos son pobres, y prácticamente uno de cada diez es indigente, lo que significa que no pueden comer a diario lo mínimo necesario. En números absolutos, según los datos difundidos por el Indec, había en nuestro país durante el segundo semestre del año pasado 18,6 millones de pobres, de los cuales 3,8 millones eran indigentes. El agravamiento del cuadro inflacionario hace presumir que esas variables empeorarán en los resultados sobre el primer semestre de 2023.

CALESITA ARGENTA

Los episodios de las jornadas recientes volvieron a posar la atención de los medios internacionales sobre la Argentina, el país cuya historia funciona como una calesita. En esos informes se habla de los niveles de empobrecimiento de la población, de la "inflación desbocada" y del contrasentido que -a primera vista- hay en el hecho de que las cifras oficiales reconozcan 40% de pobreza, mientras afirman que hay un desempleo de solo 6%.

La explicación, claro, está en la impotencia de los ingresos de los hogares frente a la disparada constante de los precios. La inundación progresa y cada vez son menos los que pueden dejar la cabeza por encima del agua. Días atrás, el economista Damián Di Pace difundió al respecto algunos datos esclarecedores. Por ejemplo, en 2013 el ingreso promedio en dólares del 19% más rico de los hogares argentinos era de 2932 dólares, mientras que este año el 16% mejor posicionado tiene un ingreso promedio de 744 dólares. Es una pérdida de nada menos que 75% de su capacidad adquisitiva en la última década, medida de acuerdo con la cotización libre de la moneda estadounidense.

En la franja de ingresos medios, las cosas no son mejores. El 30% de las familias tenía en 2013 un ingreso promedio de 1743 dólares, que ahora cayó a 358. Es 79% menos. Y en la franja menos favorecida, el ingreso promedio de 1096 dólares en cada hogar se redujo a 209 en 2023, una caída de 81%. Con esa involución, no hay mucho que escarbar para entender por qué las familias que antes podían pensar en expandir sus elementos de confort ahora batallan contra la maldición de que el fin de mes les aparece a las dos semanas de concluido el anterior. Muchos intentan salvar la situación "tarjeteando" o tomando otro tipo de endeudamiento. El 41% de los hogares del país tiene deudas bancarias (a un promedio de 361.000 pesos por familia) y 82% tiene tomada alguna deuda no bancaria (préstamos de financieras, créditos de comercios), del orden de los 274.000 pesos por grupo familiar.

EN ÓRBITA

Otros números ayudan a completar el retrato. Según el Indec, el ingreso promedio de las familias argentinas es de 150.258 pesos, 39% por debajo de lo que cuesta -también según las cifras oficiales- la Canasta Básica Total de un hogar tipo ($248.900) y apenas por encima de la Canasta Básica Alimentaria ($111.642). Si se suma un alquiler a la CBT, la brecha negativa supera el 60%.

Si la referencia es el ingreso promedio de lo que se considera clase media ($257.638), el monto permite cubrir tanto la CBA como la CBT, pero queda 39% en rojo si a la canasta total hubiera que sumar el costo de un alquiler, y 49% si la familia agrega el costo de mantenimiento y circulación de un vehículo.

Las remarcaciones posteriores a las PASO nacionales fueron, en materia de costo de vida, un bombazo sobre esas ruinas. La suba de precios provocada por la nueva devaluación del peso agregó, como parte del folclore nacional, el habitual factor "por las dudas", que funciona con una extraña ecuación que hace que los precios suban acoplados al ascenso del dólar pero no bajen cuando la cotización del billete estadounidense desciende.

Con todo esto, más una dirigencia que no se hace cargo de sus responsabilidades en el desastre y sigue jugando a policías y ladrones, ¿qué motivo habría para sorprenderse de que haya sucedido lo que acabó pasando? Es decir, no hay que descartar la posibilidad de que lo que vimos en la semana haya sido armado con toda la intención de perjudicar al gobierno o alguna otra finalidad ligada con las pujas de poder o delincuencia común (el ataque de encapuchados arrasando una heladería en Resistencia tiene toda la apariencia de haberlo sido), pero esa duda no elimina el dato objetivo de que el clima colectivo de frustración viene acercándose desde hace mucho tiempo a los límites.

Lo más grave, en ese aspecto, no es tanto lo que pasó sino la ausencia de una respuesta conjunta de la clase política a la angustia social, en la que se contribuya a bajar la tensión mediante señales de consenso y razonabilidad. En vez de eso, brindan la persistencia de un discurso maniqueo que antes era de dos y ahora es de tres. Porque es verdad que hay palabras que queman, pero el fuego viene por otro lado.

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