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El dios de Spinoza

En el que creían Albert Einstein y, tal vez, Jorge Luis Borges. - Por Diego Marín*

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Tiempo atrás leí que Borges había manifestado públicamente que no creía en Dios, entendido como una personalidad unitaria, un hombre sobrenatural, juez de nuestros actos y pensamientos, sino como un propósito moral o mental en el Universo. 

Ahora, la lectura de la novela "El enigma Spinoza", de Irving D. Yalom, y el recuerdo de una conocida afirmación sobre la concepción religiosa de Baruch Spinoza que alguna vez formulara Albert Einstein, me trajeron de vuelta aquellas palabras. Este cúmulo de circunstancias despabiló mi curiosidad y me estimuló a pesquisar más detalles sobre esta teoría, sin subestimar el conocimiento que me había proporcionado la novela en modo ficcional, aunque no sin rigor histórico. 

"Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela a sí mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos".

La abundante información que obtuve concuerda en que el ilustre filósofo neerlandés, nacido en Ámsterdam en 1632, en el seno de una familia sefardí de origen hispano-portugués, fue uno de los tres grandes filósofos racionalistas de su época, después del francés René Descartes y contemporáneo del alemán Gottfried Leibniz; como también en que su pensamiento fundamental se encuentra desarrollado en dos de sus obras: el "Tratado teológico-político", publicado en 1670; y "Ética" (Ética demostrada según el orden geométrico) en 1677.

De ellas surge que la idea de Spinoza de lo divino está representada por un Dios inmanente a la realidad, que es la única sustancia, y fuera de la cual nada hay. Su visión del mundo y de la fe resulta bastante similar a la que propugna la doctrina panteísta, conforme la cual el Universo, la naturaleza y la existencia es lo mismo, es decir, todo lo que fue, es y será, representado por el concepto teológico que las religiones denominan "Dios". 

En su "Tratado teológico-político" no solo especifica su posición acerca de las religiones judía y cristina y analiza en forma crítica a la Biblia. Propone la separación entre Estado y religión y señala que el  objetivo del Estado es garantizar la libertad de los ciudadanos, y dice que los líderes religiosos no debían inmiscuirse en política. También rechaza la idea de que Dios tenga características humanas y que sea distinto a la naturaleza, afirmando: "Ya sea que digamos… que todas las cosas suceden de acuerdo con las leyes de la naturaleza, o que estén ordenadas por el decreto y la dirección de Dios, decimos lo mismo", o sea, Dios es naturaleza y la naturaleza es Dios.


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En "Ética", que contiene la mayor parte de su pensamiento filosófico y teológico, rechaza abiertamente la idea de que Dios exista fuera del Universo y que haya creado el Universo por una razón, ya que, para él, Dios es el mundo natural, aduciendo que es la sustancia que comprende el Universo, que existe en sí mismo, no fuera del Universo, y que existe como lo hace por necesidad, no por razón o voluntad teológica divina, no motivado por ningún propósito específico.  

Spinoza sostiene que todo lo que existe es parte de la naturaleza y todo en la naturaleza sigue las mismas leyes básicas. Considera que Dios es la propia realidad que se expresa a través de la naturaleza. Los seres humanos son parte de la naturaleza y, por tanto, pueden explicarse y entenderse de la misma manera que todo lo demás que existe en la naturaleza. 

Este aspecto de la filosofía de Spinoza, su naturalismo, rechaza la idea de un Creador externo que actúa en forma repentina y aparentemente caprichosa, creando el mundo en un momento y de la nada. Postula un mundo de realidades: Dios y Naturaleza a la vez, dejando de lado lo sobrenatural, elevando a la naturaleza a la categoría de Dios, al concebirla como la plenitud de la realidad, como el Uno y el Todo. 

También rechaza la actitud de negar la realidad de la materia, de la mente o de Dios, sosteniendo que el sistema cósmico los comprende a todos. De hecho, Dios y Naturaleza se vuelven idénticos cuando cada uno se concibe como autoexistente, conformándose de tal manera el panteísmo spinoziano.  

En relación con esto, en una conferencia sobre Baruch Spinoza en la Sociedad Hebraica Argentina de Buenos Aires (1 de abril de 1985), Jorge Luis Borges, confeso admirador del filósofo, sostuvo que panteísmo era lo contrario del ateísmo, ya que "Ateísmo quiere decir que no hay Dios, y panteísmo, que todo es Dios. Spinoza usa la frase Deus sive natura (Dios o la Naturaleza). Es decir, ambas cosas son iguales. Dios o el Universo. Salvo que el Universo no es solo el Universo material, el del espacio astronómico, sino lo que llamamos el proceso cósmico. Es decir, el Universo comprende todo lo que existe. Nos comprende, por ejemplo, a cada uno de nosotros, comprende esta tardía tarde posterior a la muerte de Spinoza, comprende toda nuestra vida, lo que soñamos, lo que entresoñamos, lo que hemos hecho, comprende la Historia universal, y todo eso también es Dios".

"Rechaza abiertamente la idea de que Dios exista fuera del Universo y que haya creado el Universo por una razón, ya que, para él, Dios es el mundo natural".

En otra ocasión, en una conferencia en la Escuela Freudiana de Buenos Aires (22 de febrero de 1981), Borges expresó: "No sé qué latino acuñó aquella frase espléndida de amor fati, el amor del hado, el amor del destino, querer todo lo que es, aunque sea nuestra desdicha, aunque lo que suceda sea nuestra desventura, nuestra muerte, nuestro tormento. Tenemos que olvidarlo, o tratar de olvidar eso y tenemos que sentir el Universo o Dios, ya que Natura o Deus es la misma cosa, habría que sentir un mecanismo infinitamente complejo, que no podemos juzgar pero que debemos aceptar. Y sabemos que Spinoza dedicó su vida a ser digno de ese sistema que él explicó more geométrico, pero que fue una religión para él. Pensamos en él como un santo, sobre todo un santo porque no espera nada, ya que él descreía de la inmortalidad personal. Él pensaba que nosotros como individuos somos modos efímeros de esos dos atributos de Dios, la extensión y la consciencia, o el espacio y el tiempo. Y al mismo tiempo dice: "Sentimos y sabemos que somos inmortales, pero ciertamente no inmortales como individuos, sino inmortales por la partícula de divinidad que hay en nosotros".

Su fascinación por la teoría de Spinoza también fue reflejada en dos sonetos que dedicó al filósofo, en uno de los cuales, titulado "Baruch Spinoza", no deja dudas de la concepción religiosa de aquel, al representarlo como el inventor o artesano de Dios:

Bruma de oro, el occidente alumbra 

la ventana. El asiduo manuscrito

aguarda, ya cargado de infinito.

Alguien construye a Dios en la penumbra.

Un hombre engendra a Dios. Es un judío

de tristes ojos y de piel cetrina;

lo lleva el tiempo como lleva el río

una hoja en el agua que declina.

No importa. El hechicero insiste y labra

a Dios con geometría delicada;

desde su enfermedad, desde su nada,

sigue erigiendo a Dios con la palabra.

El más pródigo amor le fue otorgado,

el amor que no espera ser amado.

La referida afirmación realizada alguna vez por Albert Einstein, con la que trataba de explicar su creencia religiosa, fue expresada a raíz de la pregunta si creía en la existencia de Dios, formulada por el rabino Herbert S. Goldstein: "Creo en el Dios de Spinoza, quien se revela a sí mismo en una armonía de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos"; es decir, no compartía la idea de un Dios personal.


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En 1930, en una entrevista publicada en el libro "Glimpses of the Great", de G. S. Viereck, el físico alemán se explayó sobre este tema: "Tu pregunta es la más difícil del mundo. No es algo que pueda responder con un simple sí o no. No soy ateo. No sé si puedo definirme como un panteísta. El problema en cuestión es demasiado vasto para nuestras mentes limitadas. ¿Puedo contestar con una parábola? La mente humana, no importa cuán entrenada esté, no puede abarcar el Universo. Estamos en la posición del niño pequeño que entra en una inmensa biblioteca con cientos de libros de diferentes lenguas. El niño sabe que alguien debe de haber escrito esos libros. No sabe cómo o quién. No entiende los idiomas en los que esos libros fueron escritos. El niño percibe un plan definido en el arreglo de los libros, un orden misterioso que no comprende, solo sospecha. Esa, me parece, es la actitud de la mente humana, incluso la más grande y culta, en torno a Dios. Vemos un Universo maravillosamente arreglado que obedece ciertas leyes, pero apenas entendemos esas leyes. Nuestras mentes limitadas no pueden aprender la fuerza misteriosa que mueve a las constelaciones. Me fascina el panteísmo de Spinoza porque él es el primer filósofo que trata al alma y al cuerpo como si fueran uno mismo, no dos cosas separadas". 

Es decir, Einstein trataba de explicar su postura argumentando que la mente humana no era capaz de comprender la totalidad del Universo, ni cómo se organiza, pero sí de percibir la existencia de cierto orden y armonía; y veía con agrado en la religión de Spinoza que no había un Dios que dirigiera y castigara, sino que simplemente formara parte de un todo y que se manifestaba a través de ese todo: a través de las leyes de las naturaleza, que proporcionan un cierto orden en el caos, revelándose en esa armonía su divinidad.

Puede advertirse entonces que en la construcción de Spinoza se conceptualiza a Dios no como un ente personal y personificado que dirige la existencia en forma externa a ella, y no necesita ser adorado sino como una fuerza impersonal, exclusivamente natural, fuente de toda realidad, formado por el conjunto de todo lo existente. Este Dios no proporciona una finalidad al mundo, pero es el que da origen a todos los modos de existencia, tanto a los materiales como a los ideales. 

El Dios de Spinoza tampoco establece un sistema moral, por eso no habría actos malos ni buenos por sí, siendo estos conceptos producto de elaboraciones humanas. Su concepción es determinista: no existe un libre albedrío absoluto, solo el derivado de la razón y del entendimiento de la realidad, por ser todo parte de una misma sustancia y no haber nada fuera de ella; ni un dualismo mente-cuerpo, que es un mismo elemento indivisible, por lo cual no cabe la idea de la trascendencia en que alma y cuerpo se separan.  


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A partir de esta concepción de lo divino, de las premisas que la sustentan, algunos especialistas han elaborado preceptos que surgirían de ellas, y que hipotéticamente podrían ser los consejos que este Dios inmanente proporcionaría a los seres para el desarrollo de sus vidas, como cohabitantes del mismo espacio natural. Unos pocos de estos, según se puntualiza en la obra "Amanece, que no es poco", de Fernando Perfetti, podrían ser:

-Deja de estar rezando y dándote golpes en el pecho. Lo que quiero que hagas es que salgas al mundo a disfrutar de tu vida. Quiero que goces, que disfrutes todo lo que he hecho para ti.

-Deja de ir a templos y lugares lúgubres que tú mismo construiste y que dices que son mi casa. Mi casa está en las montañas, en los bosques, en los ríos, los lagos, las playas. Ahí es donde vivo y expreso mi amor por ti.

-Deja de culparme por tu vida miserable; yo nunca te he dicho que había algo mal en ti o que eras un pecador, o que tu sexualidad fuera algo malo. El sexo es un regalo que te he dado y con el que puedes expresar tu amor, tu éxtasis, tu alegría. Así que no me culpes a mí por lo que te han hecho creer.

-Confía en mí y deja de pedirme. 

-Deja de tenerme miedo. Yo no te juzgo, ni te critico, ni castigo.

-Deja de pedirme perdón; no hay nada que perdonar. Yo te hice, te llené de pasiones, de limitaciones, de placeres, de sentimientos, de necesidades, de incoherencias, de libre albedrío ¿Cómo puedo culparte si respondes a algo que yo puse en ti? ¿Cómo puedo castigarte por ser como eres si yo soy el que te hice?

-Olvídate de mandamientos y de leyes, son artimañas para manipularte y solo crean culpas en ti. Solo respeta a tus semejantes y no hagas a otro lo que no quieres para ti.

-Esta vida no es una prueba, ni un escalón, ni un paso, ni un camino, ni un ensayo, ni un preludio hacia el Paraíso. Esta vida es lo único que hay aquí y ahora y lo único que necesitas.

-No hay premios ni castigos, no hay pecados ni virtudes. Eres absolutamente libre para crear en tu vida un cielo o un infierno.

-No te podría decir si hay una vida después de ésta, pero te puedo decir que vivas como si no la hubiera.

-Deja de creer en mí. Creer es suponer, adivinar, imaginar. No me busques afuera, no me encontrarás. Búscame adentro, ahí estoy, latiendo en ti.

*Abogado. Autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)".

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