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OPINIÓN

40 años de democracia

Por Mariano Moro

Estamos en el año en el que se conmemoran cuarenta años de democracia ininterrumpida en Argentina. Esto es ocasión para que en distintos ámbitos se realicen actos conmemorativos o debates que permitan la participación al respecto. La pregunta central es si basta con mencionar la palabra "democracia" y felicitarnos recíprocamente por este logro, o si es necesario profundizar el análisis sobre la realidad socio-política argentina, y en éste último supuesto, debemos despojarnos del superficial festejo. 

Si hay conceptos ambigüos, uno es  el de "democracia". De acuerdo con cuál es el marco ideológico en el que se emplaza el análisis tendremos distintas respuestas, hasta el mismo nombre tiene distintas variables, tales como politéia, gobierno del pueblo, etc. Lo cierto, porque hay consenso al respecto, es que no hay "una" democracia, sino sistemas políticos con mayor o menor grado de valores democráticos, o para decirlo en buen romance hay democracias que de tal tienen solo el nombre por el mero hecho formal del voto, pero que en los hechos la vida de la sociedad se rige básicamente por esquemas de uso y abuso de poder de quienes articulan mejor las herramientas de gobierno y manipulación. 


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Cuando pensamos en la reciente historia argentina, digamos desde el 83 a la fecha, no podemos menos que preguntarnos qué tipo de democracia es la que lastima tanto al pueblo, porque si bien es cierto que logramos cuarenta años sin golpes militares, la democracia que  tenemos no ha hecho sino lastimar a los más vulnerables, estableciendo asimetrías y privilegios a una elite que justamente es la dirigencia político-sindical argentina. Siempre, las crisis de gobernabilidad de argentina desde el ’83 han dañado directamente al pueblo no solo por la inflación que golpea a los más pobres, sino por las angustia, el desempleo, la inseguridad, la falta de salud y educación. Así fue en la crisis del ’89, en la del 2001, en la de fines de la primer década, y ahora. La dirigencia nunca ha sufrido ni económica ni emocionalmente, siempre ha tenido mecanismos por ella misma articulados que garantizaron sus ingresos como su rol en la sociedad. Son los mismos nombres los que están hace décadas en el poder, quienes además se desentienden de la responsabilidad que les cabe en la profunda decadencia en la que nos encontramos, y que ahora sorprendentemente se alarman por la interpretación que se hace de la palabra "libertad", a pesar a alegar que respetan el derecho a la disidencia.

Los mecanismos de negación son tan férreos como evidentes a pesar de lo cual no se los puede advertir. Es paradojal como algunos dirigentes se alarman por el tema de la "libertad" pero por otro lado no se alarmaban más que discursivamente por el estado de indigencia en el que está el pueblo argentino. La falta de salud, de seguridad, de trabajo, el éxodo de profesionales al extranjero, de nuestros propios hijos que se ven obligados a desterrarse, no son de la última PASO, sino que viene de años, y todos parecen anestesiados. Ahora con el resultado de una PASO parece que cayó la ficha y el surgimiento de nuevas propuestas pone en riesgo la democracia, lo que resulta absurdo.

Es cierto que mantener el sistema de elección por el voto, llamemos generosamente a esto, mantener la democracia, es un logro, pero es muy poco ambicioso pensar que esta democracia es que la necesitamos. El pueblo argentino actual es como ha dicho Borges en algún momento,   "el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos; nuestro deber es la gloriosa carga que a nuestra sombra legan esas sombras que debemos salvar", por lo cual hoy, a cuarenta años de democracia tendría que darnos un poco de vergüenza a los argentinos la calidad de esta democracia, tenemos la obligación moral en honor a aquellos muertos que forjaron nuestra nación de hacer que la democracia que tengamos sea realmente la que garantice al pueblo un futuro mejor y no seguir beneficiando y privilegiando solamente a la elite dirigente. 

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