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Buenos hábitos democráticos

Con el regreso de la democracia en 1983 y a lo largo de los años siguientes, la ciudadanía entendió que la única vía posible para el ejercicio del poder son las elecciones periódicas.

Hoy, a 40 años de la restauración del sistema democrático, damos por sentado que el ritual de concurrir a las urnas es una herramienta que, en manos del electorado, puede obligar a los gobernantes a no apartarse del camino del bien común y el interés general.

Sin embargo, a juzgar por la enésima crisis que atraviesa el país, con indicadores de pobreza e inflación que asustan, es evidente que ese sagrado ritual a través del cual se expresa la voluntad de la ciudadanía es una condición necesaria pero no suficiente para lograr un mayor bienestar para la sociedad en su conjunto y no sólo para unos pocos. Antes de avanzar y para que no haya malentendidos, hay que dejar en claro que la democracia más imperfecta siempre será mejor que cualquier sistema autoritario. Y de eso los argentinos sabemos bastante.

Como bien plantea el politólogo Adam Przeworski en su libro "¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?", la ventaja de los comicios periódicos es que si los gobernantes no quieren perder el poder deben escuchar la voz de la mayoría que se expresa en las urnas, mientras que en una dictadura nadie se toma ese trabajo simplemente porque no se respeta ningún derecho, salvo el de los grupos que la sostienen. Dicho esto, podemos entonces pasar a una reflexión que aporta el catedrático de Economía en la Universidad de Barcelona, Antón Costas, cuando observa que en las democracias occidentales en las últimas décadas se observa un fenómeno relacionado con las crisis económicas. Según Costas, la desigualdad económica produce desigualdad política y "descapitaliza políticamente a los pobres", de manera tal que sus votos pierden influencia. "Si medimos la igualdad política en términos de capacidad de acceso al poder, vemos que los políticos son más sensibles a las preferencias de los ricos que a las de los pobres", sostiene el economista español. Pero eso no es todo. Observa, además, que "los pobres, y en particular los excluidos, tienen poca propensión a votar, o no votan. Se autoexcluyen políticamente". Y agrega: la desigualdad "debilita la influencia de los votos de los que tienen pocos recursos económicos y reduce la igualdad política". En rigor, Costas no es el único que advierte sobre el peligro que representa el problema de la desigualdad extrema para las democracias.

El economista serbio, Branco Milanovic, sostiene que la concentración del ingreso refuerza el poder político de los que más tienen, y eso hace que los cambios a favor de los sectores más postergados en materia de política tributaria, de financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea mucho menos probable. Por su parte, el francés Thomas Piketty, señala que la falta de equidad creció en el mundo hasta niveles que son comparables con sociedades de hace más de 200 años, cuando la riqueza y la posición social heredadas predominaban por encima de las oportunidades universales. Según Piketty, el mundo actual enfrenta la paradoja de haber logrado un progreso material como nunca antes visto en la historia de la humanidad, pero sólo unos pocos disfrutan de las mejores viviendas, la mejor educación, la mejor atención en servicios de salud y el mejor nivel de vida. Volviendo a las ideas planteadas por Antón Costas, vale la pena detenerse en una observación que realiza.

El economista español dice que el problema de la desigualdad es tan serio que incluso instituciones como el Banco Mundial y la OCDE, además de otros actores insospechados de ser antisistema como la agencia de calificación de riesgo estadounidense en servicios financieros, Standard & Poor"s y el gigante de las inversiones Morgan Stanley publicaron informes para advertir a los gobiernos sobre la creciente desigualdad. Los economistas que coinciden con esta descripción de la realidad remarcan la necesidad de lograr un acuerdo general entre dirigentes y dirigidos para fortalecer la democracia y reducir la desigualdad extrema.

En este día en el que la ciudadanía tiene la posibilidad de ir a las urnas para expresar su voluntad, es de esperar que logremos, como sociedad, superar las divisiones y ponernos de acuerdo para que en los próximos años conservemos los buenos hábitos democráticos, para que se logre la estabilidad económica y haya más oportunidades de trabajo digno para todos.

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