Elegir en democracia
Cómo toman sus decisiones los electores cuando tienen que elegir a un candidato? ¿Es cierto que votan luego de comparar las propuestas y proyectos políticos de cada una de las fuerzas que compiten en cada elección? No.
Eso no sucede en la vida real. Desde hace bastante tiempo que existen estudios serios que advierten que la racionalidad no es, precisamente, la que inclina la balanza en el cuarto oscuro.
Este año, además de celebrar 40 años del regreso de la democracia, vivimos un proceso electoral con primarias abiertas y elecciones generales cuyos resultados darán lugar, seguramente, a múltiples interpretaciones. Pero más allá de las preferencias o rechazos que muestran los comicios, no viene mal conocer algunos detalles sobre aquellos factores, no siempre visibles, que intervienen en el campo de batalla electoral. Actualmente, quienes se especializan en el diseño de campañas electorales y comunicación política coinciden en un punto: cuando el ciudadano está frente a la urna y tiene que tomar una decisión, el factor que más pesa no pertenece al campo de lo racional sino al terreno de las emociones. Dicho de una manera más propia de una conversación en la calle, la gente no vota con la mente, vota con el corazón. El consultor Jaime Durán Barba lo expresa con suficiente claridad. "La democracia surgió en Occidente al mismo tiempo que se desarrollaba el racionalismo. Las ideologías, los libros, la supuesta "racionalidad" estuvieron asociadas con esta nueva forma de organizar el poder. Las pasiones políticas se escondieron en los discursos teóricos. La mayoría de nuestros intelectuales militan radicalmente en alguna fe, pero pretenden que aquello en lo que creen se conforma de verdades científicamente demostradas. Cuando analizan las actitudes de los ciudadanos comunes se proyectan en ellos. Suponen que sus opciones son racionales. Han creado el mito de que los electores votan comparando programas, entendiendo cuál es la opción que más le conviene. Todo eso es falso". La cita corresponde al prólogo escrito por Durán Barba en el libro "La campaña emocional", cuyo autor es el especialista en comunicación política, Guillermo Bertoldi. En esa obra se observa que, en rigor, el cerebro humano no está, ni estuvo nunca, preparado para procesar racionalmente la información y los mensajes políticos. "El sistema emocional no sólo incide en la forma en que entendemos la realidad y cómo elegimos cuando elegimos, sino que nuestras decisiones políticas son tomadas en un plano no racional", advierte Bertoldi.
Otros observadores de la compleja realidad política, como la periodista e historiadora estadounidense, Anne Applebaum, también ponen la lupa sobre el componente emocional. En su ensayo "El ocaso de la democracia: la seducción del autoritarismo", explica magistralmente por qué los mensajes simples y radicales tienen suficiente fuerza para convocar a una buena porción del electorado en las democracias occidentales modernas, donde el auge de ciertos autoritarismos debería ser motivo de reflexión y preocupación. Desde esa perspectiva se explica, quizás, el crecimiento de la adhesión a su propuesta que experimentó en su momento en nuestro país el candidato libertario, Javier Milei, en ciertos sectores urbanos.
Por su parte, el consultor político Antoni Gutiérrez Rubí, autor de "Gestionar las emociones políticas", plantea que en la actualidad no se debe subestimar la estrecha relación que existe entre el humor social, los estados de ánimo por los que atraviesa la mayoría de la población y las propuestas políticas. Las emociones movilizan, las pasiones desbordan, remarca el experto español. No es casual, entonces, que por estos días se escuche hablar de campañas del miedo o campañas de indignación que se intentan instalar a través de las redes sociales a partir del convencimiento de que existen efectos concretos de la comunicación política emocional en el electorado. Pero hay que decir que también existen las llamadas campañas identitarias que apelan al sentimiento de pertenencia colectiva a determinado proyecto político y que, comparado con las anteriores son, de alguna manera, menos nocivas para la convivencia social.
Para algunos autores, las emociones no actúan de manera mágica, es decir no pueden cambiar preferencias electorales que están muy arraigadas en ciertos sectores de la población. Sin embargo, admiten que son un factor que tiene capacidad de crear climas de opinión que orientan la decisión en el cuarto oscuro. Es necesario hacer una pausa y reflexionar sobre estos temas para ver de qué manera se avanza en la construcción de la mejor democracia posible.










